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UNA RULETA EN WALL STREET


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Alexei Ivanovich llegó al casino con tanta esperanza como agitación. Entró tarde, cuando en torno al tapete únicamente quedan los que juegan de la mañana a la noche, los que sólo van al balneario por las salas de juego. Cuando el croupier anuncia Les trois derniers coups, messieurs arriesgan en aquellas tres últimas jugadas todo lo que tienen en los bolsillos y es a esa hora cuando se dan las mayores pérdidas.

No calculaba, ignoraba que números habían salido y ni siquiera se informó. Leyó passe, sacó lo poco que tenía y apostó. El croupier dijo: ¡Veintidós! y Alexei Ivanovich ganó. Arriesgó todo y volvió a ganar. Pasó del infierno a la gloria, una y otra vez, ganó y perdió hasta que le anunciaron que había conseguido treinta mil florines y la banca sólo respondía hasta esa suma. Recogió el dinero y se sentó en otra ruleta. Siguió jugando al límite y nunca supo qué le salvó. De la ruleta pasó a la mesa del trente et quarante, jugó fuerte y ganó. Salió del casino de madrugada, con cien mil florines y entre murmullos de admiración.

Holland Casino. Amsterdam (Países Bajos).

Holland Casino. Amsterdam (Países Bajos).

Harvey Cheyne era un niño rico y malcriado que cayó por la borda de un paquebote de lujo, arrastrado por una ola. Habría muerto de no rescatarlo Manuel, un pescador portugués de una goleta bacaladera, la We’re here. El capitán Troop no se creyó que fuera multimillonario y le ofreció – aunque sé que no lo vales, dijo – diez dólares y medio por mes y una parte del beneficio, pagaderos al final del viaje. Una miseria para Harvey.

La pila de pescado a popa era un chorro de plata líquida. Los bacalaos pasaban como si estuvieran vivos y los barriles se llenaban en minutos. El ruido de la sal al frotarla sobre los lomos se combinaba con los hachazos contra la mesa, la caída de las cabezas al suelo y de los hígados al cesto, el ¡craash! del cuchillo que arrancaba las espinas de cuajo y el golpe sordo que producían los pescados abiertos cayendo en el barril. Al cabo de una hora, Harvey hubiera dado toda su fortuna por un poco de descanso. Le dolía la espalda de pinchar pescado. Pero por primera vez en su vida se sintió un hombre, parte de un grupo dedicado al trabajo, y se enorgulleció por ello.

Comparemos estas dos escenas. Dostoievski – que hubo de huir de Rusia por causa de sus elevadas deudas de juego – narra en El jugador la angustiosa persecución de la fortuna que Alexei Ivanovich busca, apostando con altísimo riesgo en el casino. Rudyard Kipling nos introduce en el duro día a día de un armador – el capitán Troop – que rentabiliza la inversión en su barco, junto a su tripulación – que recibe parte del beneficio – gracias al esfuerzo continuado de toda una campaña. Quien no haya leído la novela, quizás recuerde la versión cinematográfica de Capitanes intrépidos donde Freddie Bartholomew interpretaba al jovencito multimillonario y un excepcional Spencer Tracy al pescador portugués.

Visto así, la diferencia entre la casualidad propia del juego y la evaluación sensata de una inversión coherente es meridiana. Aunque el azar influya en las inversiones, lo hace como parte, idealmente mínima, de un riesgo analizado previamente y no como su único componente. Por otra parte, la calificación moral que merecen ambas actitudes es tan evidente que no merece la pena siquiera entrar en consideraciones al respecto. El juego sólo es un mecanismo de transferencia donde lo que unos pierden lo ganan otros, una vez deducidos los beneficios del gestor del sistema, sea el casino o el estado, en tanto que una inversión genera riqueza.

Sin embargo, en ocasiones no es tan fácil diferenciar el juego de la inversión o el casino de los mercados. Cuando leemos que Deutsche Bank ha creado un Fondo de Inversión donde el beneficio está referenciado a la esperanza de vida de un grupo de ancianos, no podemos menos que quedarnos boquiabiertos. Llamar inversión a un producto que basa su rentabilidad en una apuesta es sorprendente, pero si esta se refiere a la duración de una vida humana se convierte en indigno, a la par que macabro. No son seguros de vida ni fondos de pensiones sino certificados basados en estadísticas referentes a la vida de unos quinientos ciudadanos estadounidenses de entre setenta y noventa años de edad.

Igualmente siniestra es la titulización de seguros de vida conocida en Wall Street como Bonos de la Muerte. Que alguien venda su seguro de vida con descuento para obtener liquidez es legítimo. Quien lo adquiera, pagará las primas restantes, cobrando la cantidad asegurada a la muerte del titular. Lógicamente, cuanto antes muera el asegurado, mayor será el beneficio obtenido por el comprador. El problema surge cuando se tituliza y se traslada el riesgo a terceros como ocurrió con las tristemente famosas hipotecas subprime; en ambos casos, quien compra los bonos no conoce su composición real.

¿Qué podría ocurrir si la gente vive más de lo previsto? Los bonos perderían valor. ¿Qué harían los tenedores? Perder dinero, aunque a los amantes al cine negro no nos sorprendería que alguno de ellos contratara a la mafia para, nunca mejor dicho, liquidar la inversión. Es proverbial la falta de escrúpulos que han demostrado muchos brokers a lo largo de los años así que con dos o tres tipos como Gordon Gekko – el personaje de Michael Douglas en “Wall Street” – la hipótesis de que se encargue a los Corleone la liquidación anticipada de la inversión no resulta aventurada.

Una inversión que no responde a una realidad productiva desvirtúa y prostituye el propio concepto y lo iguala a un juego de riesgo. Algo similar ha ocurrido con muchos derivados financieros. Son útiles si cubren un riesgo real del contratante e incluso, en el caso de ser especulativos, si se basan en una actividad propia de la economía real. En caso contrario, es mejor ir al casino. Fue Warren Buffett quien los calificó como armas de destrucción masiva para la economía. Señaló que ni los contratantes, ni a veces, sus propios creadores comprenden muy bien su funcionamiento y por eso pueden endeudar a todo el sistema financiero, magnificando así, los efectos de la crisis.

Recuerdo para finalizar una frase del Nobel de Economía Paul Samuelson, cuyo manual ha ilustrado a varias generaciones: La inversión debe ser como esperar que la pintura se seque o que la hierba crezca. Si quieres emoción, toma ochocientos dólares y ve a Las Vegas.

 

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