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SIN MIEDO AL FUTURO


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La guerra ha terminado y un avión del ejército estadounidense aterriza en un pequeño aeropuerto. En la mente de los supervivientes la alegría pugna con un intenso miedo al futuro, y esa lucha ansiosa se refleja en los rostros de tres veteranos; el sargento Al Stephenson (Fredric March), el capitán de bombarderos Fred Derry (Dana Andrews), y el joven marino Homer Parrish (Harold Russell).

La esperanza de volver a casa compensó las privaciones del frente y les mantuvo con vida en el fragor de la batalla, pero el fin de la guerra les arroja a una difícil encrucijada personal. Acodados en la barra de un bar, los tres desconocidos que han compartido el vuelo de vuelta a casa, se sinceran y se preguntan si podrán reunir el coraje necesario para recomponer su mundo. Fred dejó su puesto en el bar de unos grandes almacenes; Al no sabe qué le espera en su banco y Homer vive atormentado desde que la explosión de un torpedo le arrancó las manos. Quieren escribir su propio futuro. Ese futuro que, según Víctor Hugo, tiene varios nombres; inalcanzable para los débiles, desconocido para los temerosos y oportunidad para los valientes.

Llano de la Perdiz. Granada (España).

Llano de la Perdiz. Granada (España).

Con Los mejores años de nuestra vida (1946), William Wyler consiguió hacernos partícipes de los temores, anhelos y esfuerzos de quienes tienen que renacer desde la nada.

Hoy vivimos inmersos en una crisis que no es sólo económica sino también de valores e ideas. Como estos personajes, muchos trabajadores de toda cualificación deben volver a empezar y han de comprender que los esquemas del pasado están caducos y son inútiles. El esfuerzo de guerra perdió todo valor una vez conseguida la paz y de igual modo, en la debacle colectiva de la crisis, las aptitudes profesionales que antes eran válidas, se difuminan. La realidad del entorno nos obliga a asumir en solitario la tarea de readecuarnos y además, debemos hacerlo en un ambiente mucho más hostil del que hubiéramos esperado.

Todos sufren problemas de adaptación. Al tiene un buen empleo y aún así, choca con los criterios de la dirección y debe luchar para volver a conseguir el prestigio olvidado. Fred, que volvió convertido en un héroe, pierde el trabajo porque no soporta que aquel aprendiz que no luchó en el frente sea ahora su jefe. Y Homer sufre, por su incapacidad física, por el dolor de sus padres y por el miedo a que su novia lo rechace. Es consciente de que nunca volverá el mundo que dejó. Sabe que tiene que aprender a usar esos fríos ganchos de acero que los cirujanos de la Armada le han implantado para sustituir sus manos y teme lo peor.

Esa misma desorientación la sufren hoy quienes después de haber ocupado puestos especializados en un sector concreto de la economía se resisten a creer que su futuro no puede construirse sobre la ilusa esperanza de que retornen viejas formas de trabajo y empresa. Como Homer, saben que los ganchos nunca sustituirán a sus manos pero deberán aprender a valerse de ellos si quieren seguir adelante. El mismo sentimiento que embargó al condecorado capitán Derry mientras paseaba por un desolado paraje entre cientos de aviones listos para el desguace lo han experimentado muchos profesionales viendo edificios a medio terminar y grúas que se derrumban.

El mensaje es claro, el mundo anterior ha muerto y jamás va a resucitar. El futuro debe construirse desde la realidad. Las habilidades de Fred como piloto de combate le valieron honores y condecoraciones pero eran tan inútiles en la vida civil como lo pueden ser hoy las de quienes en pleno boom inmobiliario recibieron jugosas remuneraciones de un mercado en expansión que va a tardar muchos años en levantar cabeza, en caso de que lo haga.

Pero tiene algo muy claro; en el silencio denso del inmenso cementerio de chatarra exclama: sé una cosa, sé aprender. En otro momento desgarrador, Homer, – interpretado por Harold Russell que realmente había perdido las manos en la guerra – enseña a su prometida las limitaciones a las que van a enfrentarse y el momento es tan emotivo, vívido y personal que, más de sesenta años después, nos sigue conmoviendo, al igual que la escena final de su boda cuando coloca el anillo a la novia sin ayuda, utilizando los ganchos. Después de la película, Wyler le aconsejó que volviera a estudiar porque no había muchos papeles para actores sin manos. Este siempre se lo agradeció y se graduó en la Universidad de Boston.

El capital humano e intelectual es fundamental. Lo más valorado es el conocimiento, de eso no cabe la menor duda. Para adquirirlo hay que esmerarse y aprender continuamente; mejorar nuestras capacidades y descubrir aquellas cualidades que no conocíamos en nosotros mismos. Y para explotarlo debemos ofrecer al mercado aquello de lo que los demás carecen. Como Fred Derry, si algo sabemos, es aprender.

Nadie va a luchar por nosotros; esta guerra es nuestra, de cada uno. Como Homer, debemos aprender a usar los ganchos porque no tenemos otra cosa. Que nadie espere que los estados, los gobiernos o las empresas nos van a resolver el futuro creando trabajos que nos gusten o satisfagan si no los necesitan. Quien quiera un trabajo tendrá que inventarlo aportando un conjunto de actitudes, aptitudes, conocimientos y capacidades que deberá hacer valer en el mercado, sobre todo, si no quiere ser una simple pieza de un engranaje.

Por eso, somos nosotros, cada uno de nosotros, los que debemos saber invertir nuestro patrimonio, que no es otro que nuestro saber hacer. Quien gana un premio de lotería busca la mayor rentabilidad adquiriendo lo que le asegure mayor beneficio. De igual modo hemos de tener claro que cada uno de nosotros es dueño de un producto que debe rentabilizar. Hay que olvidar viejos esquemas de pertenencia e identificación ciega con la empresa. Cuando un trabajador no interesa, es despedido. En consecuencia, los trabajadores deberán actuar con la misma mentalidad y buscar el lugar donde obtener la mayor rentabilidad convirtiéndose en empresarios de su talento y mercaderes de su trabajo.

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