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LA GRAN DEPRESIÓN VISTA POR EL CINE, UNA LECCIÓN PARA HOY


Publicado en el número 5 de CUADERNOS DE COMUNICACIÓN.

Resumen:   Todas las crisis tienen causas comunes. En este artículo analizamos el tratamiento que el cine de la época dio a la Gran Depresión. Comparamos ambas crisis y obtenemos enseñanzas para hoy. Además comprenderemos porque no sufrimos algunas de aquellas consecuencias.

Abstract:   All crisis have common causes. This article analyzes the treatment that the cinema of the period given to the Great Depression. We compare both crises and obtain lessons for todayAlso understand because we do not suffer some of those consequences.

Palabras clave: crisis, crack del 29, cine, consecuencias sociales de la crisis.

La inversión debe ser más como esperar que la pintura se seque o que la hierba crezca. Si quieres emoción, toma ochocientos dólares y ve a Las Vegas.

Paul A. Samuelson. Premio Nobel de Economía en 1970.

Si en algo coinciden hoy la mayoría de los analistas es en que la Gran Depresión de los años treinta es la última gran crisis global. Por tanto, parece interesante volver la vista atrás para comprender las causas que la produjeron y las soluciones, acertadas o no, que se aplicaron y obtener de esa visión enseñanzas para estos atribulados tiempos.

Pero además, si la Gran Depresión quedó grabada a fuego en el imaginario popular lo fue, en parte, porque a través de un medio tan joven como el cine, la población pudo ser consciente de que su realidad era la de muchos otros conciudadanos con los que compartieron angustias, preocupaciones y críticas que fueron plasmadas por magníficos cineastas. La idea de este artículo es analizar la crisis desde su génesis hasta sus consecuencias a través de las películas que se realizaron en plena crisis y en los años inmediatos.

No es difícil encontrar paralelismos entre la Gran Depresión de 1929 y la crisis actual, denominada ya por algunos autores como la Gran Recesión. En principio es interesante destacar que aunque las crisis económicas puedan parecer distintas entre sí, es posible colegir que todas las debacles financieras tienen características comunes. Así lo han hecho respecto a la actual Rogoff y Reinhardt, en su libro Esta vez es diferente[1] igual que lo hicieron antes Galbraith [2] y Kindleberger [3] en sus ya clásicos estudios históricos. Y lo más curioso es que no aprendemos ni siquiera de los errores, o mejor, aprendemos poco. La realidad es que las crisis se repiten porque lo hacen sus causas aunque las consecuencias son diferentes ya que sí aprendemos a situar cortafuegos para minimizar las consecuencias.

Rogoff y Reinhardt han estudiado sesenta y seis países de los cinco continentes y durante los últimos ochocientos años llegando a la conclusión, casi esperada, de que esta vez, tampoco es diferente. Su tesis es terrible en su simplicidad: se han vivido innumerables crisis y todas ellas obedecen a causas muy similares dando lugar a consecuencias sociales muy parecidas. La base teórica de su tesis es tan clara como nuestra incapacidad para reconocer lo evanescente de un concepto fundamental en la economía: la confianza.

De todos modos, esta no es una postura general puesto que otros autores defienden que no existen procesos recurrentes y que cada crisis es distinta en sus causas y desarrollo lo cual es lógico al ocurrir en momentos históricos y en sociedades diferentes. Pero no puede negarse que hay características comunes y al final, siempre se repite lo principal aunque varíe lo accesorio. Es claro que todos reconoceríamos la melodía de El Danubio Azul de Johann Strauss, hijo, sea interpretado voluntariosamente por una banda infantil de cornetas y tambores o magistralmente por la Filarmónica de Viena en su tradicional Concierto de Año Nuevo de la Musikverein.

Aunque no sea santo de la devoción de los mercados, ya que suele ser calificado como keynesiano radical, o quizás por ello mismo, vamos a seguir para ordenar el artículo a Hyman Minsky cuya línea principal de investigación se centró en la fragilidad intrínseca de los mercados financieros y en la comprensión de sus crisis. Lord Keynes ya había abordado la inestabilidad de los mercados afirmando que pueden permanecer irracionales más tiempo de lo que uno puede mantenerse solvente. Suya es también la conocida comparación de la Bolsa con los concursos de belleza[4]. Pero fue Minsky quien mostró cómo evoluciona esa inestabilidad y cómo interacciona con la economía. En síntesis, Minsky defendía que en tiempos de prosperidad se desarrolla una euforia especulativa a la vez que aumenta el volumen de crédito, hasta que los beneficios producidos por los activos adquiridos son incapaces de pagar el crédito obtenido llegando el impago y con él, la crisis. Dado que la concesión de préstamos se contraerá independientemente de cual sea la calidad de los posibles prestatarios, la economía pasa de la crisis a la recesión. Últimamente se ha repetido hasta la saciedad esta frase escrita por Minsky en 1974: Una característica fundamental de nuestra economía es que el sistema financiero oscila entre la robustez y la fragilidad, y esa oscilación es parte integrante del proceso que genera los ciclos económicos.

Minsky estudia los ciclos de prosperidad tratando de definir qué factores provocan la expansión y cuales desencadenan la crisis y la contracción de la economía. Basa su análisis en la descripción de la situación financiera de las empresas, que reduce a tres tipos: la empresa cubierta, que es aquella cuyos flujos de caja son suficientes para pagar el principal y los intereses de las deudas que ha contraído; la especulativa, que, aunque es capaz de hacer frente al pago de los intereses no lo es de devolver el capital y requiere una reestructuración urgente de su deuda y la empresa Ponzi [5] cuyo flujo de caja es tan reducido que es incapaz de hacer frente, ni siquiera a los intereses y que se encuentra, técnicamente, en quiebra.

La clasificación es aplicable a empresas, particulares o estados ya que se basa en la capacidad de devolución de deuda que es una característica común a todos ellos.

Es claro que un sistema financiero formado por empresas del primer tipo será un sistema sólido que sólo empezará a hacer aguas si sus miembros se convierten en empresas especulativas y aumentará su vulnerabilidad si la calidad de sus agentes se degrada hasta la fragilidad que representa el tipo Ponzi.

En una situación de tipos bajos de interés y facilidad de crédito, las empresas tienden hacia el tipo Ponzi y por tanto degradan el sistema financiero. Para Minsky, cualquier sistema solvente evoluciona de modo natural a su degradación. La contundencia de la tesis es algo excesiva pues parece más cercana al determinismo calvinista de la predestinación que a la libertad predicada como cualidad inherente de los mercados. Financieramente es recomendable que el volumen de deuda sea acorde con la capacidad de devolución del prestatario pero la financiación barata genera grandes incentivos para el endeudamiento y aunque lo razonable sea utilizar los tiempos de bonanza para reducir deuda, esta crece.

En estos últimos años y en los previos a 1929 los tipos de interés fueron bajos y en ambas ocasiones alimentaron la burbuja, – en particular, la inmobiliaria – crearon demanda, dieron lugar a la revalorización de los activos, a las compras con alto endeudamiento y a las rápidas compraventas que generaron beneficios porque siempre había alguien dispuesto a pagar más, aunque fuera poco más. Siguiendo a Minsky, el aumento del crédito acaba generando desconfianza en los prestamistas que incrementan los tipos hasta que la mera especulación no es suficiente para pagar los costes y surge el credit crunch o contracción del crédito.

Y es en ese momento cuando aparece la volatilidad de los valores que afecta incluso a las empresas solventes llegando la crisis a todos los sectores. Evidentemente, las burbujas se pinchan cuando alguien, en un rapto de racionalidad, descubre que no tiene sentido pagar el precio que le piden por un bien determinado puesto que cree que el precio es excesivo y nada lo justifica. En ese momento, el último comprador que financió la adquisición se queda al descubierto y el mercado se inunda de una oferta de bienes sobrevalorados que acaban perdiendo todo su valor.

De hecho, el conocido jueves negro de Wall Street – 24 de octubre de 1929 – se hizo tristemente famoso porque se pusieron a la venta trece millones de acciones que no encontraron contrapartida.

Vamos a analizar la Gran Depresión a través de una serie de películas contemporáneas o inmediatamente posteriores que narran episodios concretos que hoy ya hemos vivido o esperamos no vivir: la burbuja inmobiliaria, la crisis bancaria y las consecuencias sociales que, de modo recurrente generan una tentación totalitaria y que se traduce en el intento de responsabilizar a la democracia o al mercado del problema cuando los auténticos responsables son quienes, actuando dentro del sistema de libertades, han malversado estas. Es una simpleza tal que recuerda la del cocinero que habiéndose cortado un dedo tiró el cuchillo al que consideró culpable de su herida y obvió su evidente torpeza.

El cine ha usado como escenario la Gran Depresión y sus consecuencias y creo que es muy instructivo analizar la forma en la que ese cine, que acababa de dar el paso al sonoro convirtiéndose en un auténtico espectáculo de masas, la plasmó y por tanto, cuáles fueron las ideas fuerza que recibieron los espectadores estadounidenses desde la descripción de la sociedad, la crítica política o las posibles soluciones. De hecho Darryl F. Zanuck, productor de la Warner, pensó que la mejor manera de obtener buenas ideas y plasmarlas en un guión era leyendo las noticias de los periódicos y así surgieron una serie de películas que trataban sobre los perdedores y los más desamparados de la sociedad norteamericana.

Es interesante revisitar aquellas películas surgidas en un país que aún estaba muy cercano a una fase final de formación y que había vivido durante el medio siglo anterior la enorme transformación que iniciada tras la Guerra de Secesión (1860-1865) había concluido con su configuración como potencia mundial que se convertiría en hegemónica tras el fin de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). El período de producción cinematográfica comprendido entre 1929 y 1945 pertenece a la denominada Edad de Oro de Hollywood (1910-1960), época en la que surgió el cine entendido como arte e industria y designa a su vez un estilo visual y un modo de producción propio de la industria cinematográfica estadounidense.

El cine pasó de ser un espectáculo de barraca a un arte y en Estados Unidos se convirtió además en un proceso industrial. Los estudios imitaban la estructura de producción de las cadenas de ensamblaje creadas por Henry Ford que buscaban la eficiencia industrial. Charles Chaplin lo retrató de forma muy dura en su magistral película Tiempos Modernos[6], ejemplo de filme de crítica social en el que un obrero metalúrgico – interpretado por Chaplin – debilitado hasta la extenuación por el agotador ritmo de trabajo que se le impone en la cadena de montaje acaba perdiendo la razón. El propio autor reivindicó en aquel momento que su película era un impulso de decir algo sobre el modo en que la vida se está uniformando y canalizando y en que se está transformando a los hombres en máquinas.

Aunque el filme de Chaplin es el más conocido en esta oposición al taylorismo,[7]ya en 1931, René Clair había realizado en A nous la liberté[8], una poderosa crítica de la deshumanización producida en la era industrial. Pero no sólo se denunciaban las condiciones de la industria, sino de todos los sectores; Michael Curtiz trata la explotación de los recolectores de algodón del profundo sur en Cabin in the cotton, y en Employees entrance [9], Del Ruth estudia las relaciones entre empleados y jefes en unos grandes almacenes y tiene como protagonista principal a un jefe de personalidad obsesiva que desquicia a sus subordinados.

Ese sistema no producía dos películas iguales, pero todas eran susceptibles de clasificar gracias a los denominadores comunes de género: western, cine negro, melodrama, musicales, etc. Además, los filmes eran realizados por equipos creativos consolidados y contratados por el mismo estudio que controlaba toda la cadena del producto al tener en nómina a centenares de personas – actores, productores, directores, escritores, especialistas, mecánicos y técnicos – y disponer, al mismo tiempo, de la distribución por ser los propietarios de las salas de exhibición.

En los años veinte, Estados Unidos era una economía desarrollada que había generado un clima de gran prosperidad pero había sustentado su expansión productiva en la financiación crediticia – lo que nos resulta muy cercano. Además, la sensación de un crecimiento indefinido y seguro era tal que el presidente Calvin Coolidge declaró al final de su mandato[10] que el Congreso puede considerar el presente con satisfacción y encarar el futuro con optimismo, ya que la fuente principal para esta bendita situación sin precedentes reside en el carácter del pueblo norteamericano.

La expansión del crédito y el acceso al mercado financiero fue tal que como cuenta Groucho Marx en sus Memorias[11]: Muy pronto, un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención y la de mi país. Era un asuntillo llamado mercado de valores […]. Si uno compraba ochenta mil dólares de acciones, sólo tenía que pagar en efectivo veinte mil, el resto se le dejaba a deber al agente […]. El mercado seguía subiendo y subiendo […]. Lo más sorprendente […] era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar […]. El fontanero, el carnicero, el hombre del hielo, todos anhelando hacerse ricos arrojaban sus mezquinos salarios –y en muchos casos los ahorros de toda la vida– en Wall Street […]. Un buen día el mercado empezó a vacilar. Algunos de los clientes más nerviosos fueron presa del pánico y empezaron a vender […]; al principio las ventas se hacían ordenadamente, pero pronto el pánico echó a un lado el buen juicio y todos empezaron a lanzar al ruedo sus valores […] y los agentes empezaron a vender acciones a cualquier precio […]. Luego, un día, Wall Street tiró la toalla y se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada porque para entonces todo el país estaba llorando.

Al fin y al cabo, lo que nos narra Groucho Marx no es más que el desarrollo de una burbuja en la que se abusa de la compra a crédito. En esa modalidad de compra de acciones solo hay que desembolsar una pequeña parte del precio de lo adquirido y el beneficio se obtiene por la diferencia entre el precio de compra y el futuro precio de venta, lo cual no es difícil en un mercado claramente expansivo.

Aunque sea una idea ampliamente extendida la de que todo el mundo invertía en bolsa no es más que una verdad aparente que a fuerza de repetirse se ha convertido en una certeza. Para alguien como Groucho Marx y su círculo social que disponía de saneados niveles de renta era natural acabar invirtiendo en la bolsa sobre todo en un momento tan expansivo, pero como explicó Galbraith [12]existe más peligro de exagerar el interés popular por el mercado que de infravalorarlo. El tópico de que en 1929 todo el mundo “jugaba en la bolsa” no es ni mucho menos literalmente verdad. Entonces, como ahora, el mercado de valores era para la gran mayoría de obreros, agricultores y empleados – es decir, la gran mayoría de los norteamericanos -, algo remoto y vagamente siniestro. Entonces, como ahora, pocos sabían cómo había que arreglárselas para comprar títulos; la compra de valores a plazo y con fianza era en todo caso un hecho tan alejado de la vida real de la masa de población como el Casino de Montecarlo. […] De modo que sólo un millón y medio de personas – de una población de unos ciento veinte millones – participaron activamente de alguna manera en el mercado de valores.

Igual que hoy, la crisis financiera fue precedida por una burbuja inmobiliaria que en el caso de los Estados Unidos concentró la especulación en Florida. Los geniales Hermanos Marx, primero en Broadway y después en el cine, nos presentaron con su peculiar visión surrealista la irracional escalada de precios del suelo y sus consecuencias en Los cuatro cocos [13]que fue su primera película, rodada en 1929. Aunque es una comedia musical y no tiene una visión crítica militante como otras que mencionaremos, no podemos olvidar que George S. Kaufman, autor de la obra original siempre se caracterizó por incluir en sus textos afiladas referencias satíricas sobre la actualidad a través de suaves pinceladas críticas que eran muy del agrado del público de la época.

La obra de teatro original se estrenó en Nueva York en diciembre de 1925 y fue Kaufman quien tuvo la idea de basar la trama en la repentina prosperidad del negocio de la venta de terrenos y es que si hay un mercado en el que la compra a crédito y la especulación acaba obligando a vender hasta los activos más solventes para poder devolver los préstamos utilizados para su adquisición, ese es el inmobiliario.

En la película y en la obra de teatro, Groucho Marx es el señor Hammer, dueño de un hotel semivacío. Para aliviar su situación económica decide vender los terrenos adyacentes al hotel y hacerlo por parcelas, dando lugar a una situación tantas veces repetida que si no fuera porque es un musical en blanco y negro nos parecería una película de actualidad.

Cuando se está en plena burbuja inmobiliaria, el valor real de un bien es indiferente si se cree que va a seguir subiendo. Los argumentos del señor Hammer son, ochenta años antes, similares a los que hemos visto en el inicio de la actual crisis: fabuloso porvenir de la zona, supuesta cercanía y excelente transporte a los centros de población o exclusividad de la residencia. El discurso con el que pretende convencer a la millonaria señora Potter – interpretada por la inefable Margaret Dumont, la quinta hermana Marx – parece sacado de la publicidad de muchas urbanizaciones de la costa española: Dentro de poco voy a celebrar una subasta en Los Cocos, la zona residencial del fabuloso porvenir. […] Aquí está, Hacienda Los Cocos, a cuarenta y dos horas de Nueva York en ferrocarril, mil kilómetros en línea recta y mil quinientos en línea quebrada. Ahí está, Hacienda Los Cocos, lo mejor para descansar y para volver a descansar. Es la zona residencial más exclusiva de Florida. No vive nadie. Y el clima, pregúnteme por el clima. Atrévase.

La única diferencia entre este discurso y algunos folletos publicitarios de estos últimos años es el sarcasmo destilado por el cómico, que añade lo que los compradores acabaron comprobando, entonces y ahora: que esas urbanizaciones no llegaron a construirse o quedaron a medio realizar. Vemos al señor Hammer subido en un estrado bajo cuatro palmeras diciendo: esto es el corazón de la zona residencial. Todas las parcelas están a tiro de piedra de la estación. En cuanto hayan tirado suficientes piedras construiremos una estación. Ochocientas magníficas residencias se construirán aquí, y es como si estuviera en España hace no mucho tiempo.

¿Hay algo de nuevo en la venta de macrourbanizaciones sobre los planos? Desgraciadamente, no. Al final, la venta masiva de terrenos genera una espiral bajista del mercado – a mayor oferta, menos precio – que nos lleva a una demanda ingente de liquidez y entonces se produce lo que se conoce ya como momento Minsky.[14] Esta situación, definida para el mercado financiero, es muy clara en el inmobiliario que supone un paradigma. Cuando el comprador de una casa recibe sólo el ochenta por ciento de su valor y además tiene que demostrar su capacidad de devolución, el riesgo de los bancos es muy bajo. Pero si los precios suben, – y entonces y hoy han subido desmesuradamente -, aparecen los especuladores y como crece el valor de la garantía, los bancos relajan los criterios de riesgo. En el momento del estancamiento y sobre todo, cuando los precios bajan, – bajaron y están bajando – llega el problema. En la situación previa, el banco podía soportar una caída de valor del veinte por ciento e incluso más, ya que si el prestatario había devuelto un diez por ciento del capital prestado una caída de precios del treinta por ciento sería indiferente pues garantía y deuda estarían equilibradas. Es muy diferente si la cartera de préstamos está constituida por operaciones financiadas en su totalidad ya que una simple bajada del dos por ciento equivale a la quiebra del prestamista.

A lo largo de los felices veinte el nivel de consumo aumentó de manera importante pero cuando en octubre de 1929 la bolsa cayó estrepitosamente,[15] miles de accionistas fueron conscientes de que su riqueza solo era aparente, sobre todo porque la bolsa siguió cayendo. A mediados de noviembre ya había perdido la mitad de su valor y siguió bajando dos años y medio hasta que marcó su mínimo histórico el 8 de junio de 1932 [16]. Como nos recuerda Galbraith [17] el martes 29 de octubre fue el día más devastador en la historia de la Bolsa de Nueva York y, posiblemente, el más devastador en la historia de todos los mercados. Todo lo peor de todos los días anteriores se dio cita en él. El volumen de contratación fue inmensamente superior al del “Jueves Negro”; la degradación de los precios alcanzó profundidades sólo superadas el lunes. […] Tan pronto como abrió el mercado, se empezó a vender con enloquecida urgencia. Se ofrecían grandes masas de valores al precio que quisiesen dar; de haber continuado todo el día el ritmo de venta de la primera hora el volumen total habría sido de treinta y tres millones de transferencias.

El pánico desatado en la Bolsa se trasladó a los bancos y la crisis financiera se transformó en bancaria. Los especuladores, acuciados por sus agentes de bolsa, que habían comprado títulos en descubierto, retiraron el dinero de las entidades para poder cubrir las deudas. Como era imposible hacer frente a tales reintegros masivos y simultáneos muchas entidades quebraron, arruinando a empresarios y particulares, aunque no hubieran invertido en Bolsa.

En la situación actual, no se ha producido ningún pánico pero si múltiples quiebras bancarias reales que se han impedido mediante aportaciones de capital por parte de los estados ya que los créditos impagados, sobre todo los del sector inmobiliario han degradado el balance de las entidades. La participación de los estados se negó inicialmente, pero se aceleró tras la caída de Lehman Brothers. Esta responde básicamente al esquema que hemos planteado. En 2007, sufrió un fuerte varapalo en razón de la crisis generada por las hipotecas subprime, un nombre nuevo para algo tan viejo como el prestatario tipo Ponzi de la clasificación de Minsky. En 2008 la acumulación de pérdidas fue ya tan alta que en el segundo trimestre fiscal ascendieron a 2.800 millones de dólares y se vio obligada a vender 6.000 millones en activos tras haber perdido en los primeros seis meses del año el 73% de su valor en bolsa y el 15 de septiembre fue a la quiebra presentando un pasivo de 613.000 millones, la mayor quiebra de la historia.

Sin duda alguna, entonces y ahora, la responsabilidad de la espiral de crédito es tanto de los prestatarios que arriesgaron más de lo razonable como de los bancos prestamistas que actuaron con absoluto desprecio de la prudencia natural en la concesión de operaciones de préstamo que, por algo, reciben el nombre de riesgo bancario. La banca tradicional basa el análisis del prestatario en los factores que influyen en el riesgo de crédito, conocidos como las Cinco Ces, por sus iniciales en inglés: Carácter (character),  que es la integridad y honradez del cliente que es determinante para valorar una operación; Capacidad (capacity), posibilidad del prestatario para generar fondos y devolver el dinero; Patrimonio (capital); Garantía (collateral), si es necesaria para afianzar la operación y Situación (conditions) o entorno del prestatario. Curiosamente, en cada crisis la banca olvida aplicar el manual y acaba teniendo una enorme cartera de préstamos degradados, Ponzi o subprime; cambia el nombre pero no la realidad de los mismos.

Un magnífico retrato del pánico nos lo da Frank Capra en ¡Qué bello es vivir! [18] su clásica fábula. Cuando George Bailey – el personaje que interpreta James Stewart – se dirige a la estación para iniciar su luna de miel se produce el crack y vemos a la gente que corre hacia los bancos para reintegrar su dinero. Ante la perspectiva de que los impositores de su pequeña compañía de empréstitos acudan a solicitar sus fondos, abandona el taxi que le lleva a la estación y se enfrenta a sus asustados inversores y depositantes.

El contrapunto de George Bailey es el señor Potter, dueño del banco, de los periódicos y de cualquier negocio rentable de la ciudad que, aprovechando el pánico, está comprando deuda con grandes descuentos, algo parecido a lo que algunos fondos de inversión[19] – están ofreciendo en este momento. Su padre creó la compañía de empréstitos y su objeto era realizar préstamos a quienes por sus bajas rentas quedaban fuera del circuito bancario. La escena en la que George Bailey se enfrenta a sus impositores es la más excepcional lección de banca que hemos visto en el cine. Cuando le reclaman el dinero contesta que no está allí sino en la casa de cada uno de aquellos que las financiaron gracias a la compañía y les recuerda como abandonaron las viejas casas de alquiler de Potter para vivir en casas mejores. A la hora de cierre sólo hay dos dólares en caja y la compañía se salva, ya que no se ha producido la temida crisis de liquidez.

Y es que George Bailey representa al banquero solvente que es aquel que confía en sus clientes y en el que estos confían. Una figura que hoy casi ha dejado de existir; si un banquero no tiene eso tan etéreo que se denominada tradicionalmente solvencia moral es difícil entender que dejemos en su poder nuestros ahorros. Pero es esa solvencia moral, esa buena fama comercial la que le permite a George Bailey salvar la compañíacuando el señor Potter exige, como accionista, su disolución tras la muerte del padre de George. Convence a los accionistas pero estos le piden que debe dirigirla él o la empresa se disolverá, ya que es plena la confianza que les genera.

Potter, en cambio, representa al tiburón de las finanzas, al banquero que únicamente se mueve por el beneficio y no tiene sentido ético del negocio; y parece que el nombre escogido por Capra no es casual ya que el verbo to potter significa en inglés desperdiciar el tiempo y se utiliza para referirse a aquellas personas que no hacen nada de provecho.

Todos recordamos como George Bailey intenta suicidarse y es salvado por Clarence – un ángel enviado por San José para salvarle – que le muestra como hubiera sido el mundo sin él. Y aquí, Capra incluye una irónica referencia a la realidad de la Gran Depresión con la desoladora visión que ofrece de la ciudad. Como George no nació, las casas que ayudó a construir con sus empréstitos nunca se construyeron y la mayoría de la gente vive en las míseras casas de Potter. Incluso la ciudad ha dejado de llamarse Bedfordfalls y ahora se llama Poterville, nombre que recuerda mucho a las Hooverville que cita Arthur M. Schlesinger, Jr.[20] cuando analizando la situación social posterior al crack nos cuenta como sin dinero para el alquiler, los hombres sin trabajo y todas sus familias comenzaron a levantar barracas donde encontraban tierra desocupada. A lo largo de los terraplenes de los ferrocarriles, al lado de los incineradores de desperdicios, en los basureros de las ciudades, aparecieron poblados de cartón embreado y hojalata, cajas viejas de empaque y carrocerías de automóvil inservibles. […] Símbolos de la Nueva Era, esas comunidades recibieron muy pronto un nombre sardónico: se las llamó Villas Hoover, y de hecho en muchos casos solo los afortunados podían encontrar refugio en ellas.

Su situación era miserable, más de un millón de personas vivian de la caridad privada y aun así, la ceguera de algunos continuó mucho tiempo. Como cuenta André Maurois en Chantiers américains [21] el presidente Hoover no sabía hacer otra cosa que repetir: “la crisis habrá pasado antes de sesenta días; aprovechad el momento para comprar”. Pero en 1930 y en 1931 mientras que Hoover, romántico incorregible, proclamaba: “la prosperidad nos espera a la vuelta de la esquina”, Steel caía a 100, a 50 y a 30. En 1932, pude oír a una norteamericana que llegaba a París que musitaba con tono lúgubre: “Steel está a 22…esto es el fin del mundo”.

El crack bursátil provocó cien mil despidos en tres días y el país se vio abocado al desastre económico. Un sinnúmero de fraudes emergió de pronto, hubo familias enteras arruinadas, suicidios masivos y quiebras bancarias, más de 4.200 bancos dejaron sin fondos a sus depositantes. Hubo inversores que pasaron en pocas semanas de ser recibidos por el maître de Delmonico’s [22] a compartir las inmensas y abarrotadas colas de los comedores de beneficencia del Ejército de Salvación con miles de parados sin cobertura social a los que el crack había dejado sin trabajo.

El paro fue una pesadilla, en 1932, los Estados Unidos tenían trece millones de parados, más del diez por ciento de la población total, algo parecido a la actual situación de España. Si no se ha generado aquella tragedia humana es porque aprendimos la necesidad de crear una estructura de seguridad pública como el seguro de desempleo.

La crisis social es tan fuerte en aquellos años que afecta a todas las clases sociales y en Wild boys of the road [23] William Wellman retrata el fenómeno de los hijos de buenas familias que se echan a la carretera con la idea no ser una carga para sus empobrecidos padres. Wellman nos transmite un retrato de polizones desarraigados e inestables que viven una realidad de robos, violaciones y asesinatos fáciles en un mundo en el que nadie protesta. Pero es también la época de la solidaridad privada ya que no existe una red pública de asistencia que es fruto del New Deal roosveltiano. En La oculta providencia, [24] un pianista de fama mundial se queda sordo cuando, estando en París, estalla una bomba cerca de donde se encuentra. Aunque al principio la lesión le lleva al ateísmo, evoluciona hacia la filantropía y termina ayudando a parejas afectadas por la depresión que encuentra habitualmente en Central Park.

Y esta realidad se plasmó en infinidad de cintas. Gregory la Cava lo narró elegantemente, en una deliciosa película, La muchacha de la quinta avenida [25] en la que Mr. Borden, un empresario al borde de la ruina – interpretado por Walter Connolly –, abandona airado su mansión el día que cumple años, al comprobar, después de mantener una breve conversación con el mayordomo, que su esposa ha salido a cenar con un conocido playboy, su hijo en vez de acudir a su trabajo en la empresa está participando en un torneo de polo y su hija está en una reunión social. Desolado, llega a Central Park, donde conoce a Mary Grey Ginger Rogers, una chica famélica, que carece de trabajo, casa y dinero a causa de la situación económica por lo que la invita a cenar, acogiéndola en su casa.

El desempleo se convirtió en una forma de vida para una parte importante de la población activa del país pero había quienes, como la familia de Mr. Borden, seguían disfrutando de la riqueza de la Quinta Avenida, símbolo de la prosperidad americana, y eran ciegos a la realidad social. La Cava consigue burlarse de los ricos pero desvela también las contradicciones de los pobres y denuncia la ambición de ganar dinero como objetivo principal de la vida en el american way of life y se atreve a incluir, en plena sátira, y con el terrible fondo de la Gran Depresión a un chófer comunista que arenga a los miembros del servicio y les instruye en el materialismo dialéctico que, en el fondo, sólo aspira a convertirse en aquello que critica.

La crisis que fue muy dura en la ciudad, lo fue aún más en el campo. La caída de los precios agrarios llevó a la ruina a muchas pequeñas explotaciones y las ejecuciones hipotecarias realizadas por los bancos lanzaron de sus casas a miles de ciudadanos. La alarma social creada, similar a la actual con millares de desahucios, creó una clase social marginal que deambulaba por los campos buscando trabajo de temporeros que si esta vez aún no ha aparecido es gracias a la existencia de amplias redes de asistencia social, pública y privada.

Si hay una película que refleje el caos social provocado por la crisis es Las Uvas de la ira [26] del maestro John Ford, que adaptó la magnífica obra homónima de John Steinbeck que también nos ofrece un retrato limpio y veraz de la crisis social con su novela de 1936, De ratones y Hombres llevada al cine por Lewis Milestone como La fuerza bruta [27] – donde conocemos a dos de esos trabajadores errantes, Lenny, deficiente mental, y el pícaro e ingenioso George, dos hombres que sólo buscan sobrevivir con cualquier trabajo.

Con Las uvas de la ira – basada en varios artículos periodísticos publicados en San Francisco, Ford realizó un soberbio trabajo cinematográfico. Cuenta el éxodo de los Oakies, denominación que se daba a los originarios de la empobrecida Oklahoma y que acabó convirtiéndose en sinónimo de vagabundo. Familias de agricultores emigraron en un auténtico éxodo bíblico hacia la soleada California buscando trabajo en las grandes plantaciones. Tom Joad – el protagonista interpretado por Henry Fonda – monta en su viejo Ford a toda su familia y se encamina a lo que creen que es un paraíso de trabajo pero realmente acaban siendo vapuleados y trabajan en condiciones de semiesclavitud junto a otros campesinos. La enseñanza del filme es el descubrimiento del valor del compromiso social y la lucha por los derechos de los más desfavorecidos.

Conclusión:

La crisis económica golpeó al mundo industrializado tras la estrepitosa caída de la Bolsa de Nueva York que marcó el fin de una era de prosperidad y el inicio de la Gran Depresión. Como entonces, una crisis financiera basada en la expansión del crédito fruto de una orgía especulativa basada en la errónea idea de que todo iba a seguir subiendo acabó generando quiebras y una grave crisis social.

Los paralelismos de la gestación son evidentes, gracias a lo que aprendimos, aun no lo han sido las consecuencias sociales, pero algunas de ellas están presentes, en particular el desempleo y los desahucios inmobiliarios.

El exceso de deuda, ahora pública y privada va a ser difícil de digerir pero si conseguimos rectificar el rumbo está crisis no será tan grave como aquella y obtendremos nuevas enseñanzas.

Es claro que la crisis generó críticas al capitalismo que se consideró inmoral, tanto desde la derecha, que fue tentada por los totalitarismos nazifascistas, como desde la izquierda a quien atrajo el comunismo. Hoy, gracias a la experiencia histórica, esa tentación está más en el populismo que en el totalitarismo y creo que quedará ahí.

Esperemos que el cine actual también nos deje un puñado de clásicos para su estudio.

 

Bibliografía:

Galbraith, John Kenneth, Breve historia de la euforia financiera, Barcelona, Ariel Sociedad Económica, 1991.

Galbraith, John Kenneth, Historia de la economía, Barcelona, Ariel Sociedad Económica, 1991.

Gazier, Bernard, El crac del 29. La convulsión material y humana que marcó el comienzo del siglo, Madrid, Globus, 1985.

Kindleberger, Charles P., Manías, pánicos y cracks, Historia de las crisis financieras, Barcelona, Ariel Sociedad Económica, 1991.

Vázquez de Prada, Valentín, Historia Económica Mundial, Madrid, Ediciones Rialp, 1978.

Marx, Groucho, Groucho y yo, Barcelona, Tusquets, 1992.

AA.VV. John Ford, Madrid, Filmoteca Española, 1991.

Bogdanovich, Peter, John Ford, Madrid, Ed. Fundamentos, 1983.

Coma, Javier. Diccionario de films míticos, Barcelona, Plaza & Janés, 1993.

Eyles, Allen. Todas las películas de los Hermanos Marx. Barcelona, Odín ediciones, 1994.

Torres, Augusto M., El Cine norteamericano en 120 películas, Madrid, Alianza Editorial, 1992.

Urkijo, Francisco Javier, John Ford, Madrid, Cátedra, Colección Signo e Imagen/Cineastas, 1991.


[ 1] Kenneth Rogoff & Carmen Reinhart. This Time Is Different:Eight Centuries of Financial Folly (2009).(Esta vez es diferente: Ocho siglos de locura financiera)

[ 2] John Kenneth Galbraith. Short History of Financial Euphoria. (1994). (Breve historia de la euforia financiera).

[ 3] Charles P. Kindleberger. Manias, Panics and Crashes: A History of Financial Crises. (1978) Manias, pánicos y cracks. Historia de las crisis financieras.

[ 4] En The General Theory of Employment, Interest and Money (1936). (Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero), Lord Keynes escribe: Las inversiones profesionales se asemejan a esos concursos del periódico en los que los concursantes tienen que elegir, entre cien fotografías, las seis caras más bonitas. El premio lo gana el concursante cuya elección se acerque más a la media de las preferencias del conjunto de concursantes; de modo que cada concursante tiene que elegir tiene que elegir no las caras que más le gustan a él, sino las que considera más probable que les gusten a los otros, los cuales están enfrentándose al mismo problema desde la misma perspectiva. No se trata de elegir las caras que a juicio de uno son realmente las más bonitas, ni siquiera las que la opinión media considera sinceramente las más bellas. Hemos llegado al tercer grado, donde dedicamos nuestras inteligencias a prever lo que la opinión media espera que sea la opinión media.

[ 5] Minsky toma el nombre de Carlo Ponzi (1882-1949), delincuente italiano especializado en estafas financieras que dio nombre al esquema Ponzi conocido en España como estafa piramidal.

[ 6] Modern times. (1936) fue dirigido, escrito y protagonizado por Charles Chaplin.

[ 7] El taylorismo es un conjunto de métodos de control de tiempos y movimientos para aumentar la productividad del trabajo promovidos por Frederick W. Taylor (1856-1915).

[ 8] A Nous la Liberté. (1931). Viva la libertad.

[ 9] Cabin in the cotton es de 1932 y Employees entrance de 1933.

[10] Calvin Cooligde fue elegido Vicepresidente en las elecciones de 1920 y se convirtió en Presidente a la muerte de Warren Harding (agosto de 1923). Ganó las elecciones de 1924 y cedió el cargo a Herbert Hoover en marzo de 1929

[11] Groucho and Me. (1959) Groucho y yo.

[12] The Great Crash, 1929. (1954). El crack del 29.

[13] The Cocoanuts fue producida por Paramount Pictures y dirigida por Robert Florey y Joseph Stanley. El guión de Morrie Ryskind estaba basado en la obra teatral de George S. Kaufman.

[14] Fue Paul McCulley, de Pacific Investment Management Co. (PIMCO) que es la mayor gestora de fondos de renta fija del mundo, quien lo bautizó así para describir la crisis financiera rusa de 1998.

[15] La Bolsa de Nueva York cayó un 13% el jueves 24 de octubre de 1929 y a pesar de los esfuerzos del gobierno que intentó estabilizar el mercado volvió a caer otro 11% el siguiente martes, 29 de octubre.

[16] A mediados de noviembre había pasado de 415 a 224 puntos. El mínimo del 8 de junio de 1932 fue de 58 puntos.

[17] Op. Cit.

[18] It’s a wonderful life. (1946)

[19] En el argot financiero se conocen como vulture fund, fondos buitre o carroñeros y su objeto es adquirir con fuertes descuentos a los prestamistas, los derechos de cobro futuro de una deuda impagada para, posteriormente, ejecutar las garantías y obtener beneficios.

[20] The Crisis of the Old Order:1919-1933 (The Age of Roosevelt, Vol. I). (1957). La crisis del orden antiguo 1919-1933.Arthur M. Schlesinger Jr. (1917-2007) es un conocido historiador y crítico social estadounidense.

[21] Chantiers américains (Obrasamericanas) se publicó inicialmente en el semanario Marianne en agosto y septiembre de 1933 y en el mismo mes lo editó en libro Gallimard. Narra el viaje del autor a Nueva York en junio y julio de ese año y aborda el estudio de los Estados Unidos en el momento de la elección de Roosevelt y la puesta en marcha del New Deal a través de cinco capítulos, el primero de los cuales, Las ruinas, analiza las causas de la crisis financiera.

[22] El más antiguo y famoso restaurante de Nueva York, fundado en 1837.

[23] Película de 1933 no estrenada en España.

[24] The Man Who Played God (The Silent Voice). (1932). Dirigida por Jon G. Adolfi y protagonizada por George Arliss es el primer papel protagonista de Bette Davis.

[25] Fifth avenue girl. (1939). Producida por RKO con guión de Allan Scott.

[26] The grapes of the wrath (1940). Dirigida por John Ford con guión de Nunnally Johnson basado en la novela de Steinbeck, fue producida por 20th Century Fox y obtuvo dos premios Óscar: Mejor director – John Ford – y actriz secundaria –Jane Darwell – y siete candidaturas.

[27] Of Mice and Men (1939)


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