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EL RITO DE LA PERSIANA


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Día de huelga general. Faltan unos minutos para la apertura de un centro comercial cualquiera. Un grupo de piquetes se congrega siguiendo el ritual establecido: ondean banderas, la mayoría rojas, por supuesto, y alguna rojinegra; hacen sonar los silbatos, explota algún que otro petardo y se corean los eslóganes de rigor. Se levanta la persiana, los gritos y pitidos arrecian. Tiene mucho éxito el de ¡esquirol, esquirol! que, por cierto, deberían saber que se refiere al trabajador que sustituye a otro que ejerce su derecho a la huelga y no a quien decide no secundar la convocatoria. Ante la presión o los argumentos – escoja el lector -, se bajan las persianas. Aplausos, emoción en los rostros y sensación de triunfo. El piquete decide informar o coaccionar – también son libres de elegir el verbo – a otros trabajadores y otea en busca de nuevas persianas. Se hace un denso silencio y, minutos más tarde, tímidamente, alguien se asoma a la calle. ¿No hay piquetes? se abre la persiana. Quizás lo hagan muchas veces.

Tienda en el Barrio Gótico. Barcelona (España).

Tienda en el Barrio Gótico. Barcelona (España).

Mediodía. El telediario recoge las opiniones del gobierno: seguimiento desigual y las de los líderes sindicales: éxito abrumador.

La tarde siempre es más tranquila. En el telediario de la noche nos informan de las manifestaciones de la jornada. ¿La participación? Millones según los convocantes, unos pocos miles para el gobierno de turno.

Al día siguiente, las valoraciones: unos creen que el sentir del pueblo es claro y obliga al gobierno a cambiar su política. Este, en cambio, declara que no va a hacerlo porque dispone del mandato popular expresado en las urnas.

Una vez que se han cumplido todos los ritos propios de la liturgia de la huelga general es cuando el ciudadano de a pie se pregunta ¿y ahora, qué? Pues si todo sigue igual, la huelga no ha servido para nada, en caso contrario podría hablarse de éxito sindical aunque lo único importante es que la economía remonte y volvamos a la senda del crecimiento y del trabajo.

Cualquier manifestación de este tipo es legítima en democracia, pero si no genera consecuencias positivas para los ciudadanos, se queda únicamente en un conjunto de anécdotas que se difuminan y exageran con el paso del tiempo. Ya saben que si hiciéramos caso a lo que nos cuentan muchos, el legendario mayo francés habría tenido más participantes que el censo de población de Francia.

Y es que este no es un invento de los movimientos obreros, es mucho más antiguo. Les cuento: en 509 a. C. se expulsó a Tarquino el Soberbio, último rey de Roma y se proclamó la república convirtiéndose las conocidas siglas SPQRSenatus Populusque Romanus – El senado y el pueblo romano – en la divisa que sacralizaba los dos grandes poderes que gobernaban la ciudad: el Senado de patricios, y la Asamblea de ciudadanos, la plebe.

Pocos años después, – 494 a. C. – amenazada Roma por ecuos y volscos y en plena crisis económica, el Senado decidió reclutar un ejército. Los plebeyos estaban fuertemente endeudados y como el impago convertía al deudor en esclavo del acreedor, la plebe romana se negó a integrarse en las legiones salvo que se cambiara la ley. Puede que algo de esto nos suene, ¿o no?

La propuesta se aceptó pero, una vez abortado el peligro, los patricios se negaron a respetar lo pactado. Coincidirán conmigo en que es poco habitual que un gobierno incumpla sus promesas, ¿o no? Así que los plebeyos se retiraron a la colina del Aventino. Abandonaron tierras, talleres y comercios y proclamaron que no volverían al trabajo hasta que se acatara el acuerdo y se reconocieran sus derechos. Los patricios enviaron mensajeros, primero con amenazas, después con ruegos, pero los ciudadanos se mantuvieron firmes y Roma quedó sumida en el caos. El Senado hubo de capitular.

Estas retiradas, pues fueron varias, se conocieron como Secessio plebis y la última, la del 287 a. C. obligó al Senado a reconocer fuerza de ley a las decisiones de la Asambleas de la Plebe – Plebis scitum, de ahí nuestros plebiscitos – y admitió que prevalecerían sobre la voluntad del Senado.

La consecuencia es lógica, un gobierno con un país paralizado se ve abocado a aceptar las exigencias planteadas, pero no como fruto de la coacción – pues pasada esta se volvería al estado anterior – sino de la necesidad. Los ciudadanos o trabajadores son imprescindibles. La pregunta es si un mundo tecnificado puede paralizarse como se hacía antes. La respuesta es no. Se cerrarán oficinas pero los sistemas informáticos seguirán funcionando. Los bancos no abrirán pero es el día de la banca electrónica. ¿Significa que el trabajador ya no es necesario o carece de fuerza? En ningún caso, solo que los medios son otros. Ya no valen los sindicatos de clase, porque no hay clases ni las asociaciones empresariales tradicionales porque son las pymes la base del tejido productivo y no las grandes corporaciones.

La tensión capital-trabajo y la mutua necesidad de ambos para obtener beneficios han sido, son y seguirán siendo, el motor que posibilita el avance social. Porque este nace, permítanme el latinajo, del viejo “do ut des” romano, que como define la RAE indica que la esperanza de la reciprocidad es el móvil interesado de una acción. En definitiva, “te doy para que tu me des”. Es más importante el resultado que el ruido de la huelga, no lo olviden. Y son más duraderas, en todos los ámbitos, las reformas pactadas desde la necesidad que las impuestas desde la fuerza.

Por eso, Maquiavelo, analizando las Secessio Plebis escribió que quienes condenan los tumultos entre los nobles y la plebe atacan lo que fue la causa principal de la libertad de Roma pues se fijan más en los ruidos y gritos que nacían de esos tumultos que en los buenos efectos que produjeron. En toda República hay dos espíritus contrapuestos, el de los grandes y el del pueblo, y todas las leyes que se hacen en pro de la libertad nacen de la desunión de ambos.

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