EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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POR FAVOR, QUÉ VENGA PEPE ISBERT


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Por fin hemos conocido el proyecto de Presupuestos Generales del Estado y hemos constatado que es duro y restrictivo como todos esperábamos. Es claro que una ley tan importante y compleja como esta exige un estudio detallado para poder atacarla o defenderla sea parcialmente o en su totalidad. Pero a mí, lo primero que me ha venido a la cabeza tras leer sus ideas principales es la escena final de Bienvenido Míster Marshall, esa joya cinematográfica que nos legó Luis García Berlanga. Los españoles estamos como los habitantes de Villar del Río, endeudados a causa de la flamante fiesta que iba a ser la envidia de la comarca y que acabó con las banderitas de papel navegando medio hundidas a lo largo de una acequia.

Como recordamos todos, el alcalde – interpretado por el gran Pepe Isbert – y el pillo de su asesor – Manolo Morán, representante artístico de una folclórica de segunda fila -, proponen a las fuerzas vivas hacer de Villar del Río un típico pueblo andaluz ya que – como dice la archiconocida canción de la película – los yanquis han venido, olé salero, con mil regalos y si son recibidos con alegría, olé mi madre, olé mi suegra y olé mi tía, dejarán en el pueblo los parneses del Plan Marshall que llega del extranjero pa nuestro avío. Cuando por fin está todo preparado, la comitiva americana pasa de largo a velocidad de vértigo. El jolgorio previsto se torna en duelo y una enorme deuda atenaza el futuro de los ya desilusionados habitantes de Villar del Río, cuya miseria se recrudece mientras vuelven a una normalidad con cierto sabor a frustración.

Plaza Chica. Zafra (España)

Plaza Chica. Zafra (España)

Nuestra aparente riqueza de estos años también ha sido, en parte, un decorado hortera de cartón-piedra diseñado desde la visión esnob propia de un nuevo rico y lo más grave, es que seguimos debiendo ese atrezo en ruinas que vamos a tener que pagar entre todos hasta el último euro. De hecho, uno de los capítulos más sangrantes de estos presupuestos se refiere al coste de la deuda. Ni siquiera a su amortización, que no se puede empezar a plantear sino a medio plazo. Tan sólo estamos comprando tiempo para pagar más tarde, pero es claro que no hay otra posibilidad para acabar con el endeudamiento del estado. A final de año, la deuda no sólo no será menor, sino que habrá aumentado en una cantidad muy parecida al déficit generado en el ejercicio.

Quizás esta crisis consiga que aprendamos, definitivamente, que es mucho más fácil endeudarse que devolver los préstamos recibidos, incluso los que se han destinado a inversiones productivas y no a mero gasto. Es una perogrullada, lo sé, pero parece que más de uno de nuestros dirigentes políticos no es capaz de discernir que para lo primero no se requiere casi tiempo y en ningún caso esfuerzo, en tanto que para lo segundo hacen falta ingentes cantidades de ambos.

Financiar el gasto es una iniquidad porque supone condenar a las futuras generaciones a pagar con su esfuerzo aquello que disfrutaron otros y eso, en román paladino, se llama engaño o incluso, estafa. En cambio, si la deuda se solicita con el objetivo de crear estructuras productivas capaces de generar por sí mismas ingresos suficientes para devolver el capital recibido y los intereses exigidos en un plazo inferior al de su vida útil, endeudarse no sólo no es un lastre sino que se convierte en un impulso para la economía de un país. Esa es la diferencia entre financiar el gasto, que provoca ruina o la inversión, que produce riqueza.

Al no tener clara esa crucial diferencia, España ha acabado sembrada de lo que algunos de nuestros dirigentes autonómicos y municipales denominan espacios emblemáticos – que realmente son aeropuertos sin tráfico, estadios deportivos en ruinas, parques temáticos en bancarrota o museos vacíos – y servicios públicos básicos – ya saben, medios de comunicación gubernamentales sin crédito alguno, ni profesional ni bancario, conciertos gratuitos, fiestas propias del maharajá de Kapurthala y centenares de empresas públicas en quiebra – cuyo único objetivo ha sido la mayor gloria de sus iluminados creadores. En definitiva, no nos han demostrado mucha perspicacia a la hora de diferenciar los caprichos de las necesidades.

Por eso, no estaría de más recordarles que, como escribió Benjamin Franklinquien compra lo superfluo no tardará en verse obligado a vender lo necesario. El pago de la deuda generada por tanta tontería inútil es una de las razones que nos están obligando a reducir aquello que sí es imprescindible para los ciudadanos de un país moderno: seguridad, justicia, educación y sanidad.

No podemos obviar que devolver los préstamos contraídos es inevitable si queremos seguir siendo considerados un país serio. Así que sería muy conveniente que, de cara al futuro, cada vez que un responsable político, se plantee endeudar a la Administración que, gracias al voto de sus conciudadanos, dirige temporalmente, se asome al balcón del Ayuntamiento y remede el genial y antológico discurso del bienintencionado y sordo don Pablo encarnado por Pepe Isbert.

Y así, cuando los ciudadanos escuchen su propio vecinos de Villar del Río, como alcalde vuestro que soy os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar… puedan, como el hidalgo don Luis – un impagable Alberto Romea – exclamar ¿Y tú qué clase de alcalde eres? ¿Qué te propones? ¿De dónde ha salido el dinero para comprar esto y esto? De nuestros bolsillos, de los bolsillos de los contribuyentes. ¿Y qué creéis que vais a conseguir con esta piñata? Hacer el indio…mequetrefes.

Una democracia consolidada requiere mucho más que convocar a los ciudadanos cada cuatro años a las urnas. En ella, los gobernantes deberían responder día a día ante quienes les han encomendado la misión de dirigirles, en su calidad política de votantes y en la económica de contribuyentes, porque son los ciudadanos quienes con su esfuerzo sostienen al país.

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