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LOS “BRIOCHES” DE MARÍA ANTONIETA


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Cada vez estoy más convencido de que los gobiernos analizan la realidad como si fuera el Test de Rorschach; ya saben, ese en el que te presentan un papel con una mancha de tinta. Como cada uno lo interpreta a su modo, hay quien intuye a su madre preparando unas migas en la misma mancha que a otro le recuerda al expreso de Andalucía atravesando la campiña a media tarde.

Pero el día a día de muchas familias españolas no es una mancha en un papel. Quien no sea consciente de la difícil situación en la que viven peca de algo muy grave y nada nuevo, indiferencia. Como la que dibujó Gregory la Cava en una deliciosa película ambientada en plena Gran Depresión y probablemente desconocida para muchos, La muchacha de la Quinta Avenida. Un empresario casi en la ruina, Mr. Borden – Walter Connolly – llega a casa el día de su cumpleaños y la encuentra vacía. Su esposa cena con un playboy; su hija está de fiesta y su hijo no acude a trabajar al negocio familiar porque prefiere jugar un torneo de polo.

Mosaico de la Estación del Metro de la Place Bastille. París (Francia).

Mosaico de la Estación del Metro de la Place Bastille. París (Francia).

El pobre hombre abandona airado su mansión y llega desolado a Central Park, donde conoce a Mary – Ginger Rogers -, una jovencita hambrienta carente de trabajo, casa y dinero como tantos otros. La invita a cenar y descubre en ella la auténtica realidad social. Al igual que hoy, la crisis convirtió el desempleo más que en una forma de vida, en un modo de sobrevivirDe los cinco millones de parados, sólo tres perciben prestaciones, contributivas o asistenciales y en diciembre, pueden ser más de dos millones y medio los que carezcan de ingresos. Es muy triste comprobar como la profundidad de la crisis hace que cada vez sea mayor el número de ciudadanos que reciben subsidios porque han agotado la prestación contributiva que se genera cotizando al menos un año. Ya es mayor el número de ayudas asistenciales que el de contributivas.

Ante este panorama sorprende que a muchos de nuestros dirigentes la realidad no les quite el sueño. Es posible que desde los ventanales de sus lujosos despachos se otee un brillante horizonte de futuro, tras los esfuerzos y ajustes actuales, pero si no se mira hacia abajo, ni se ve la calle, ni se advierten las necesidades de los ciudadanos, que somos todos los que trabajamos obligatoriamente para el estado sin necesidad de ser funcionarios y además, aunque paguemos los coches oficiales, si no compramos el bonobús tenemos que ir andando, sea a trabajar o a buscar trabajo.

La indiferencia de muchos de nuestros dirigentes, que siguen dilapidando los fondos públicos en partidas innecesarias, recuerda a la de los Borden quienes, ciegos a la realidad social, seguían disfrutando de la riqueza de la Quinta Avenida, como si no hubiera pasado nada. Y ha pasado, y mucho.

Lógicamente surge una pregunta: ¿cómo es posible que aún no se haya roto la paz social? La desesperación podría empujar a algunos a salir a la calle a destrozar unos cuantos escaparates e incendiar un par de coches aunque fuese, tan sólo, por una inmadura necesidad de desahogo.

Las razones son meridianas. La primera, la extensa economía sumergida de mera supervivencia. Las chapucillas permiten a muchas familias llegar a fin de mes y el trabajo como cuidadoras o limpiadoras por horas se ha disparado. El miedo a perder el empleo ha obligado a la clase media a incrementar sus horas de trabajo debiendo recurrir a terceros para atender a los suyos.

Otra muy importante es la fortaleza de lo que algún prosista administrativo definiría como red de asistencia social extragubernamental, es decir, la familia y la habitualmente denostada Iglesia Católica sobre la que ahora llueven muchísimas menos descalificaciones y ataques que en tiempos de bonanza. Las pensiones y las casas de los abuelos están siendo soporte financiero y refugio de miles de españoles desahuciados y sin trabajo y las parroquias han incrementado su labor social asumiendo la de los desbordados servicios sociales públicos, carentes de fondos y personal.

El estado de bienestar aporta, lógicamente, su granito de arena. Hasta hoy, educación y sanidad no han constituido una preocupación en ninguna familia. Veremos ahora.

Pero volvamos al cine. Al fin y al cabo fue la indiscutible válvula de escape durante la Gran DepresiónLa Cava se burló de los ricos pero desveló también las contradicciones de los pobres, denunciando la ambición de ganar dinero como único objetivo vital del american way of life. Incluso se atrevió a incluir a un chófer comunista arengando al servicio y alentando la revolución aunque, en el fondo, su intención última fuera convertirse en lo que criticaba.

Esa es la última razón del porqué no estamos con los guardias en la calle. Aunque la economía sumergida, la familia, las iglesias y los servicios públicos puedan, a este ritmo, colapsar en algún momento, es claro que no hay, todavía, nadie con legitimidad suficiente para liderar las protestas. Pero quien gobierna no debe olvidar que el descontento social hace aflorar líderes con la misma fuerza que nacen las setas tras la lluvia.

Se puede reducir gasto público innecesario en todas las administraciones; concentrando municipios, eliminando Diputaciones, televisiones y empresas públicas pero, en cambio, se ha optado, a todos los niveles, por subir impuestos y reducir servicios.

Existe una clara ausencia de gestión y eficiencia en las administraciones públicas y su desconocimiento de la realidad recuerda la insolvencia intelectual de María Antonieta a quien se le atribuye la frase si no tienen pan, que coman brioches dirigida, con real gracia y simpatía, a la multitud hambrienta que protestaba frente al palacio de Versalles.

Puede que no lo dijera, pero su vida no desmiente la anécdota y como el pueblo tenía un sentido del humor menos exquisito que el de su reina, le devolvió la gracieta, como en las historias de Gila, con una broma más popular y un poquito bruta: la encerró en la Conciergerie y luego la guillotinó. Pero esa es otra historia.

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