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CAMBALACHE PERONISTA


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Fue Gardel, la voz del tango, – ¡che, Carlitos, cada vez cantás mejor! – quien popularizó Cambalache, aquel tangazo en el que Enrique Santos Discépolo describió con sarcasmo su pesimista visión de un siglo veinte, cambalache, problemático y febril. Nos avisaba el poeta de que el mundo fue y será una porquería, concluyendo con desparpajo que el siglo en que vivió fue un despliegue de maldá insolente y ya no hay quien lo niegue pues vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo, todos manoseaos.

Carlos Gardel, "La voz del tango".

Carlos Gardel, “La voz del tango”.

El gobierno de la Presidenta Cristina Fernández – ¡qué antiguo queda ese de Kirchner! – nos ha regalado una nueva versión del cambalache, eso sí, del siglo veintiuno. Parece que a su gobierno le resulta indiferente respetar las normas y la buena fe contractual, que no hacerlo y ha decidido expropiar el cincuenta y uno por ciento de YPF. La imagen desvaída de Evita Perón ha sido el imprescindible e intemporal telón de fondo de una nueva algarada de los descamisados peronistas y de su trasnochado intervencionismo nacionalista.

El añejo planteamiento del gobierno argentino deslegitima las razones que pudieran justificar su decisión. Quienes creemos en la libertad somos reacios a estas explosiones populistas. Sabemos que expropiar no supone per se mejoras de los servicios o de la rentabilidad, sobre todo porque la gestión estatal no asegura, ni mucho menos, la eficiencia. Es más, no suele ocurrir y es una falacia que acaben beneficiando al ciudadano.

Un gobierno puede decidir que una actividad concreta es de interés nacional y poner las trabas legales oportunas para que no se gestione por empresas extranjeras arguyendo razones de soberanía. Pero cualquier expropiación requiere respetar la legalidad vigente y abonar el correspondiente justiprecio.

Cantaba Gardel en Cambalache que el que no llorá no mama y el que no afana es un gil. Siguiendo esta premisa, el gobierno argentino le ha birlado – disculpen el término, pero creo que es el más apropiado – YPF a Repsol. Y es así porque no se ha expropiado YPF, ni siquiera una participación significativa de la empresa. El estado argentino se ha apropiado de las acciones suficientes para obtener el control de la firma expropiando a un solo accionista, no a todos proporcionalmente.

No sé si hay causa plausible para ello, pero desde luego las formas, son inadmisibles. Los argumentos patrioteros son siempre peligrosos, pero mucho más en períodos de crisis económica. YPF, como cualquier otra empresa multinacional es siempre un objetivo apetecible pues es fácil canalizar el rechazo ciudadano a los problemas económicos dirigiéndolo hacia todo tipo de chivos expiatorios. No olvidemos el lema de la campaña que llevó al poder al general Perón en 1946: Braden o Perón. Para quién no lo sepa, Braden era el Embajador de los Estados Unidos. Parece que siempre funciona el viejo argumento facilón de anteponer el bien de la patria a los explotadores extranjeros.

Pero lo más deplorable es el hecho de que se produzca la toma de control de la compañía por parte de las autoridades argentinas cuando la presidenta estaba presentando la Ley de Utilidad Pública, que ni siquiera se había debatido en el Congreso de la Nación. Cuando miembros de un gobierno acceden por la fuerza a la sede de una compañía expulsando a sus ejecutivos no puede hablarse de expropiación, si no más bien de expolio. Ni siquiera se han querido guardar las formas.

Repsol, que no hace mucho, recibía los elogios de esta Evita rediviva no le valen milongas, ni siquiera aquella Milonga sentimental que escribiera Homero Manzi y cuya letra quejosa – tu amor se secó de golpe, nunca dijiste por qué, yo me consuelo pensando que fue traición de mujer – debe reverberar en la cabeza de sus directivos, hoy tratados casi como delincuentes. No olvidemos que fue un gobierno peronista quién vendió YPF a Repsol en 1999 y es otro quién se lo expropia en 2012.

La actitud del gobierno argentino atenta contra los principios básicos de una sociedad libre pues antepone la mera razón de la fuerza a la más civilizada de la ley y, por tanto anula la seguridad jurídica mínima que cualquier inversor internacional exige para arriesgar sus fondos en otro país. Nuestro gobierno debe apoyar a Repsol en este asunto y, probablemente, tenga que hacerlo con más empresas españolas porque no hay visos de que amaine el viento que impulsa el rumbo populista, intervencionista, nacionalista y demás “istas”, pergeñado por el peronismo gobernante en Argentina.

Pero el mayor riesgo que se adivina en un futuro inmediato es el que se deduce de las posibles represalias comerciales. No debemos caer en el mismo populismo que censuramos cerrando nuestras fronteras a los productos argentinos y demonizando a todo un país. Las empresas argentinas y europeas que comercian libremente arriesgando sus recursos no son responsables de la expropiación de YPF y es injusto que sean ellas quienes paguen, en primera instancia, las consecuencias de los actos ilegítimos del gobierno argentino. Además, sería una actitud profundamente estúpida ya que perjudicaría a empresas eficientes, encarecería los precios a los que los ciudadanos adquieren los productos con los que aquellas comercian y alimentaría el victimismo de los responsables, dándoles razones que les permitirán continuar la ola de expropiaciones que, probablemente, pretenden realizar.

Desgraciadamente las guerras comerciales no se diferencian de las convencionales y los grandes perjudicados no son quienes las declaran o las dirigen, si no quienes los que las sufren, los ciudadanos.

El gobierno argentino tendrá que esforzarse para buscar nuevos socios que sustituyan a los que estarán planteándose desinvertir mientras se dilapida el crédito exterior del país. Ese nacionalismo económico tan caro a algunas ideologías como la peronista es uno de los grandes enemigos del crecimiento y es muy probable que Argentina pague muy cara su euforia expropiadora aunque la gran mayoría de los ciudadanos la apoyen. Parece que los argentinos sensatos, o callan o están en el extranjero.

Empezamos con Gardel y terminamos recordándole porque parece casi una broma macabra del destino que haya sido Colombia –donde falleció trágicamente en un accidente de aviación – el lugar donde otro presidente, Juan Manuel Santos, se haya postulado como sustituto ante los inversores obteniendo una sonora ovación al proclamar ante nuestro presidente Mariano RajoyNosotros no expropiamos.

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