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LOS MOZART PERDIDOS


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No creo que ninguno de los pocos privilegiados que tuvieron la fortuna de escuchar los recitales ofrecidos por Mozart en el palacio de Schönbrunn en 1762, albergara la más mínima duda respecto a la genialidad de aquel niño de apenas cinco años. Comprobaron que un fenómeno como Mozart queda para siempre – en palabras de Goethe – como un milagro que no se puede explicar.

Monumento a W.A. Mozart. Burggarten. Viena (Austria).

Monumento a W.A. Mozart. Burggarten. Viena (Austria).

En Amadeus (Miloš Forman, 1984), un sencillo cura es el involuntario testigo de la confesión del moribundo Antonio Salieri (F. Murray Abraham), que malvive desquiciado y atormentado en un manicomio, creyéndose el asesino de Mozart (Tom Hulce). El asombrado sacerdote quiere reconfortarle y arguye que todos los hombres son iguales ante Dios. El anciano responde con ironía: ¿todos? Salieri recuerda a Mozart y afirma solemnemente que sólo es un genio quien Dios decide. No cabe duda de que el azar interviene en nuestras vidas pero no es la única ni la mayor influencia que recibimos. En la dicotomía entre determinismo y libertad, sólo quienes eligen la libertad pueden escribir su propio futuro.

El pequeño Wolfgang y su hermana Nannerl eran unos genios musicales innatos cuyos conciertos asombraron a las cortes de Europa. Pero ese ingente capital intelectual, ese tesoro oculto, se habría dilapidado de no ser por la atenta dedicación de su padre, un profesor experimentado y exigente. Cuando Nannerl cumplió siete años, Leopold Mozart empezó su instrucción y descubrió como Wolfgang, cuatro años menor, atendía embelesado. Inició su formación como si fuera un sencillo juego y le enseñó a interpretar en el teclado. Años después, aquel niño era definido por Haydn como el compositor más grande que he conocido, ya sea de nombre o personalmente.

Debería atormentarnos pensar cuántos Mozart han podido malograrse a lo largo de la historia porque su pérdida nos afecta a todos. ¿Cuántos genios no han tenido siquiera la posibilidad de desarrollar sus cualidades innatas porque no ha habido cerca nadie que las descubra? ¿Cuántos no han sido convenientemente formados? ¿Cuánta innovación no vio jamás la luz? ¿Cómo sería el mundo que conocemos si la educación llegara realmente a todos y no fuera, para muchos, un lujo inalcanzable?

Educarnos contribuye a mejorar nuestra propia vida y la de los demás y es la única inversión en la que ningún estado serio debe escatimar ni un sólo céntimo, puesto que es la base fundamental para el desarrollo social y económico de un país. Educación y libertad están indisolublemente unidas porque la libertad se ejerce desde el conocimiento. Siempre es más fácil manipular a los ignorantes. Quizás por eso, los poderosos, en todo tiempo y lugar, le han puesto trabas. Saben que la cultura es lo que nos permite ser libres y seremos más libres cuanto más sepamos, porque la libertad no se proclama, se ejerce.

Y aún así, cultura y educación no pueden impedir la maldad o la locura de los hombres. Los mismos nazis que gaseaban judíos en los campos de la muerte podían deleitarse escuchando, a pocos metros de los barracones, delicadas piezas de música de cámara. Pero, al menos, nadie puede negar su eficacia como antídoto.

Tan claro es que Mozart era un prodigio como que su padre tuvo la inteligencia de cultivar los dones musicales de su hijo. Es más, se sintió obligado a ello. Y así deberían actuar los gobernantes que administran los recursos, por definición escasos, de las sociedades que les han elegido. Me abruma comprobar que Europa, inmersa en la crisis, olvide que la educación ha sido la principal razón de nuestro desarrollo. En un momento de la conversación con el sacerdote, Salieri confiesa su envidia infantil por Mozart, envidia que sentía, no de su genio prodigioso, sino de su padre que, a diferencia del propio, le enseñaba todo. Esperemos que las nuevas generaciones no se vean una situación similar. Descuidar la formación de nuestros jóvenes es quebrar la esperanza en un futuro mejor.

Vivimos una época de turbulencias económicas y sociales, una más de las que han contribuido a diseñar la Europa y la España que conocemos. En el siglo XIX, la educación permitió reducir la miseria y la delincuencia provocada por aquella. Como escribió Víctor Hugocada escuela que se abre cierra las puertas de una cárcel.

Renunciar a la educación es renunciar al futuro. Hay decisiones económicas de efectos inmediatos pero no es el caso de las inversiones a largo plazo, sean en educación, investigación, desarrollo o innovación. Al principio no notaremos efecto alguno en los recortes anunciados. En cambio, con el paso de los años, comprobaremos nuestro retraso y entonces tendremos que recuperar a marchas forzadas el tiempo perdido.

Hemos de buscar la eficiencia de los recursos dedicados a la formación, que debe ser  continua y para todos. Es imprescindible alentar la cultura del esfuerzo porque cada euro que gasta o invierte un estado es fruto de la exacción tributaria. Pero no debemos caer en la trampa dialéctica de quienes atacan la gratuidad de los servicios públicos. Nada es gratis, todo lo que un ciudadano recibe del estado, o lo ha pagado ya, o lo va a pagar en un futuro. Por eso, debemos exigir que la gestión de nuestro esfuerzo no se dedique a gasto inútil o innecesario sino a inversión. Hay centenares de partidas donde eliminar gasto que no generará ingresos jamás – estructura del estado, empresas y televisiones públicas, etc. -, antes que hacerlo en la educación que es la única garantía de futuro de un país.

Los gobiernos deben diferenciar lo principal de lo accesorio. Eliminar o reducir lo que es primordial a la vez que se mantienen estructuras públicas improductivas es una actitud profundamente estúpida. Cuando nos demos cuenta de las consecuencias, será tarde y entonces, recordaremos las palabras que Shakespeare – en Mucho ruido y pocas nueces – puso en los labios del fraile franciscano: jamás estimamos en su valor el bien de que gozamos; pero si lo perdemos, entonces es cuando apreciamos su mérito, que no estimamos mientras nos perteneció.

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