EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

Inicio » Prensa » BREVIARIO DE ECONOMÍA DOMÉSTICA

BREVIARIO DE ECONOMÍA DOMÉSTICA


Publicado en Andalucía Noticias y en las ocho cabeceras provinciales del grupo:

Almería Digital. Cádiz  Digital, Córdoba Digital. Granada Digital.

Huelva Digital. Jaén  Digital. Málaga Digital. Sevilla Digital.

Escuchar que no hay diferencias de fondo entre la forma de gestionar la economía de un país y la de una familia cualquiera se ha convertido en una especie de mantra. Y es una idea tan cierta como que la propia etimología de la palabra no significa en griego otra cosa que administración del hogar. Lo que originalmente nombraba al ama de casa – oikonomiá – acabó denominando al administrador, pues oikos es casa, en el sentido patrimonial de la expresión y némein, administrar.

Quesería en la Île de Saint Louis. París (Francia).

Quesería en la Île de Saint Louis. París (Francia).

Gestionar correctamente una familia, una empresa o un país, requiere plantearse con antelación dos cuestiones fundamentales: con qué dinero se cuenta y en que pretendemos gastarlo. Cuando hemos reunido todos los datos, se anotan en un papel – o, si son muchos, en una libreta – para obtener algo tan importante como un presupuesto. Es decir, una lista más o menos compleja en la que apuntamos los ingresos y los gastos para después hallar la diferencia entre ambos y poder prever si tendremos o no fondos suficientes para abonar todo lo que tenemos intención de adquirir. Si nos sobra dinero tendremos superávit y podremos destinarlo a compras o inversiones, o guardarlo en previsión de tiempos más duros. El caso contrario es más preocupante puesto que el déficit – sobre todo si aparece cuando no disponemos de ahorro – nos va a exigir buscar financiación para poder cumplir con nuestras obligaciones y hacerlo, además, con la diligencia propia de un buen padre de familia, en añeja expresión de nuestro veterano Código Civil.

Nadie encarna mejor esa figura que Alberto Closas en La gran familia. Película que forma parte de nuestro imaginario popular. Supongo que la recuerdan: años sesenta, matrimonio feliz con marido pluriempleado, encantador abuelo (Pepe Isbert) y quince hijos, entre los que no se puede olvidar al inefable Chencho; el que se pierde en la plaza Mayor de Madrid en Nochebuena mientras corretea junto a los puestos del típico y tradicional mercadillo navideño.

Los gastos siempre son ciertos. Sabemos qué obligaciones asumimos y cuanto cuestan. Aquel padre de familia numerosa tenía perfectamente claro que en su casa se gastaba, lógicamente, una barbaridad en comida, ropa y demás necesidades básicas.

En cambio, los ingresos no son más que una mera previsión, en definitiva una opinión, a veces un deseo que puede o no, convertirse en realidad. Parafraseando el famoso soliloquio de Segismundo en La vida es sueño de Calderón de la Barca, podemos decir que los ingresos presupuestados son como la vida, un frenesí, una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son. Pero soñar los ingresos convierte la realidad económica en una pesadilla.

Para un estado la situación es idéntica. Mantener el delicado equilibrio del presupuesto familiar no es menos complejo que hacerlo con el de un país, una región o un ayuntamiento. La única regla de oro es gastar menos de lo que se ingresa. Ahorrar es la mejor forma de reducir los déficits y amortizar las deudas y se consigue gastando menos o ingresando más. Y aquí ya no son tan iguales estados y familias.

¿En qué se diferencian? En la capacidad de cada uno de ellos para generar ingresos. El estado ostenta un poder coercitivo del que no dispone el personaje de Alberto Closas. La ley permite a los poderes públicos detraer parte de la renta de los ciudadanos mediante impuestos, pero lo veta a los particulares. Igualmente, el estado tiene mayor capacidad de endeudamiento puesto que puede obligar, convencer o sugerir a determinadas entidades, por ejemplo el Fondo de Reserva de la Seguridad Social, a adquirir su deuda, algo fuera del alcance de cualquier particular.

En las familias, para aumentar los ingresos sólo hay un camino, trabajar más y mejor, lo que no siempre es posible. El trabajo es un bien escaso y no nace exclusivamente, como por desgracia sabemos, de la mera voluntad de quien quiere trabajar. En cambio, los impuestos sólo requieren para exigirse la decisión, publicada en el BOE, del gobierno de turno.

Esa es la razón de que las familias apliquen la austeridad con mayor asiduidad que el endeudamiento. Una cosa es que el padrino búfalo, – interpretado por José Luis López Vázquez – propietario de una confitería y con posibles – en expresión muy de la época – acuda al rescate de un amigo con necesidades inmediatas de liquidez y otra muy distinta es pretender que los mercados internacionales actúen con el cariño, la lealtad y la ternura de un padrino búfalo. ¿O se imaginan ustedes a un bróker de Wall Street con la pinta de buenazo de José Luis López Vázquez?

La austeridad familiar se traduce en que los hermanos pequeños heredan la ropa de los mayores; los padres renuncian a salir los fines de semana o dejan de fumar; se hacen croquetas con el pollo que sobró del cocido y las dos semanas de vacaciones de otros años se convierten este, en diez días.

La austeridad pública se concreta, casi siempre, en subida de impuestos y exigencias al ciudadano para que pague bienes o servicios que ya financió con sus impuestos, ante la supuesta imposibilidad de eliminar determinados gastos.

Como es más duro ganar dinero trabajando que conseguirlo mediante la recaudación coercitiva, la eficiencia de las familias para ahorrar es muy superior a la de las administraciones públicas.

Plantear recortes sustanciales o incluso la desaparición de partidas de gasto cuya utilidad es de muy difícil justificación – cargos de confianza, coches oficiales, patrocinios deportivos o subvenciones ocultas a equipos de fútbol y caprichos variados como las televisiones y radios públicas, auténtico sumidero por el que desaparecen cantidades ingentes de dinero de nuestros impuestos – suele calificarse por parte de ciertos dirigentes como demagogia.

O sencillamente se recurre a la vieja metáfora del chocolate del loro. Pero en España, estos loros comen caviar beluga en vez de chocolate y hay tal cantidad de fauna que podríamos disponer en cada municipio de un Loro Parque como el de Santa Cruz de Tenerife.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: