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MÁS O MENOS … LA MITAD


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Con ocasión de una visita a Roma, un insigne político fue recibido en audiencia privada por Juan Pablo II. Supongo que la conversación que se mantiene en una reunión como esta debe ser breve y cordial. Así que, no sé si por cortesía, por mera curiosidad, o porque no se le ocurrió otra cosa, el ilustre visitante preguntó al Papa: Santidad ¿cuánta gente trabaja en el Vaticano? El Santo Padre, con aquel gesto sonriente que conquistó al mundo y cierta dosis de ironía le contestó: Más o menos, la mitad….

Guardias Suizos en la Ciudad del Vaticano.

Guardias Suizos en la Ciudad del Vaticano.

El Papa no solo se refirió a quienes confiesan con harto afán / y sentimiento profundo / que son lo más holgazán / que Dios ha puesto en el mundo, porque estoy seguro de que alguien tan inteligente como él sabía que una organización mal gestionada genera más vagos que la propia indolencia.

El Santo Padre era el más indicado para detectar los defectos organizativos de la Curia Romana, que gestiona miles de diócesis a lo largo y ancho del mundo y cuya eficiencia o ineficiencia depende de los mismos elementos que la de cualquier otra organización.

Ese más o menos, la mitad es la constatación palmaria de una errónea asignación de recursos, sean humanos, materiales o financieros. La otra mitad reduce la eficacia del conjunto. Sea porque no hace nada, porque duplica trabajos, porque su labor es innecesaria o poco rentable o porque sólo se dedica a conspirar. Actividad esta atribuida, desde tiempos inmemoriales, a la Curia Romana y a la que no es ajena ninguna administración pública o empresa privada.

Las pequeñas empresas suelen ser poco eficientes; unas veces desperdician recursos al no poder darles utilidad y otras, en cambio, el trabajo se hace con más voluntad que capacidad. Las decisiones son rápidas pero la celeridad no garantiza el buen tino. Un empresario o profesional autónomo es como un párroco. Sus niveles de eficiencia son bajos ya que asumen todas las funciones posibles. Hacen de todo y lógicamente, no pueden hacerlo correctamente.

Aunque parezca paradójico, pues un crecimiento bien gestionado suele aumentar la eficiencia, las grandes organizaciones no siempre son un ejemplo de ello. Sus taras son otras: exceso de especialización y procedimientos, burocracia y falta de agilidad en la toma de decisiones.

La ineficiencia afecta por igual a la Curia y al párroco y eso lo sabía el Papa por propia experiencia. Igualmente, contamina a las grandes corporaciones y a los negocios familiares y, por supuesto, a la administración del estado en todos sus niveles. Muy a menudo el tamaño esclerotiza a las organizaciones y el paso del tiempo consolida el mantenimiento de estructuras anticuadas e inútiles y a veces, muy costosas.

Lo único positivo de una crisis económica es que nos obliga a tomar decisiones empujados por la necesidad. En épocas más bonancibles seríamos incapaces de hacerlo, tan sólo porque es más cómodo dejar las cosas como están y el inmovilismo acaba siendo algo inherente a la gestión de estados y grandes empresas.

En marzo pasado, el Consejo de Ministros decidió reducir el número de empresas y fundaciones públicas y a partir de entonces, la idea se está extendiendo a las Comunidades Autónomas y Ayuntamientos. Este tipo de decisiones son las que ayudan a conseguir un estado mucho más eficiente. Colaboran, además, a reducir el gasto público sin afectar al bienestar de los ciudadanos y, sobre todo, liberan fondos que pueden dedicarse a devolver deuda o a invertir para generar riqueza siendo ambas cosas muy necesarias. Nada hay que objetar: el estado venderá acciones, extinguirá sociedades, y agilizará la liquidación de otras además de reducir el número de fundaciones.

El plan es una excelente idea, pero la lectura de los anexos que detallan las sociedades en cuestión sorprende y se constata, una vez más, que el sector público se comporta de modo similar a los gases nobles y como estos, tiende a ocupar íntegramente el volumen del recipiente que los contiene, en este caso, España. Así que al igual que estos, debe comprimirse para obtener el mejor rendimiento. Nuestra administración pública padece de cierto anquilosamiento y esa realidad reafirma la idea de que es imprescindible modernizarla, aplicándole criterios de rentabilidad, economía  y eficiencia.

Porque, ¿cómo es posible que aun existan sociedades vinculadas a la Expo 92 y a los Juegos Olímpicos de Barcelona? Hablar de agilizar su proceso de liquidación resulta jocoso. Son sociedades cuya actividad finalizó hace veinte años y se crearon exclusivamente para un acontecimiento concreto.

Ahora bien, son procesos con la rapidez, elasticidad y dinamismo de un volatinero si se comparan con los casos del Ferrocarril Central de Aragón y de la MZA (Madrid-Zaragoza-Alicante). Estas dos empresas fueron nacionalizadas como todo el sector ferroviario en 1941 dando lugar a la creación de RENFE y ahora se pretende apresurar su liquidación. Un dislate. Así que no me extrañaría que aún estén sin auditar las Cuentas del Gran Capitán.

Como señala el documento de presentación del Plan de reestructuración y racionalización, una empresa pública se justifica porque desarrolla actividades de interés general que no cubre la iniciativa privada o porque ejecuta políticas públicas de inversión. Pero en cambio, se reconoce que la proliferación de empresas y fundaciones no ha buscado optimar la prestación de servicios sino que responde a motivos tan poco edificantes como huir de los controles jurídicos exigidos por el derecho administrativo o evitar el cómputo como déficit público de determinadas inversiones. Es digno de alabanza reconocer los errores, lo es reparar el daño, liquidando estructuras obsoletas y hacer propósito de enmienda, en la confianza de que no vuelva a ocurrir.

En definitiva, nuestras empresas públicas recuerdan al grafito, que tiene la misma composición que el diamante pero vale mucho menos. Por eso es difícil convencer a los ciudadanos de que son necesarias. Y si no, intenten persuadir a su esposa de que un diamante no es más que otra de las formas alotrópicas del carbono y regálenle un lápiz del dos para su aniversario.

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