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TRAGEDIA Y FARSA DE LAS CAJAS DE AHORROS


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Los celos y la irracionalidad son los auténticos protagonistas de Otelo: el moro de Venecia, que por la pasión que desprende se cataloga como una tragedia meridional. No es una novedad que para los europeos del norte, tipos serios imbuidos de la estricta moral luterana, los que vivimos a las orillas del mediterráneo somos algo exóticos en nuestra forma de entender la vida y la escala de valores que informa nuestras decisiones es – para ellos –  incomprensible. Ya decía Churchill que los italianos pierden las guerras como si fueran partidos de fútbol y los partidos de fútbol como si fuesen guerras.

Teatro Cuvilliés. Residenz. Munich (Alemania)

Teatro Cuvilliés. Residenz. Munich (Alemania)

El acto quinto de Otelo nos recuerda a la crónica más negra de cualquier periódico sensacionalista. Shakespeare, antes de que el protagonista mate, ciego de celos, a Desdémona, narra como Yago apuñala por la espalda a Casio – lugarteniente de Otelo – y remata a Rodrigo que había sido herido por Casio. Para evitar que se descubra su juego, pues fue el instigador de los celos de OteloYago mata a su propia esposa. Entonces Otelo, desquiciado por la muerte de Desdémona, acaba con la vida de Yago y se suicida.

Quizás por influencia del tópico, aún vivo, sobre los meridionales, el público británico, tan flemático y puritano, siempre ha considerado esta explosión sentimental un tanto repulsiva. No entiende que tal efusión de sangre no genere para nadie, beneficio alguno. Hay actos reprobables pero comprensibles. Que el rey Claudio envenenara a su hermano – padre de Hamlet -, y se casara con su viuda Gertrudis para conseguir el trono danés es un crimen que se explica por la obtención de la corona. Aun así Shakespeare lo reprueba poniendo en labios de Marcelo – fiel amigo de Hamlet – el famoso algo huele a podrido en Dinamarca.

Los partidos se hicieron con la gestión de unas entidades cuya actividad bancaria no sólo era tradicional, sino muy conservadora. Nacieron en el siglo XV con la creación de los primeros Montes de Piedad a iniciativa de los franciscanos, preocupados por los altísimos intereses que los bancos cobraban a los particulares. A esos tipos de interés, el crédito estaba vedado para agricultores, artesanos o pequeños comerciantes.

Al igual que Desdémona abandonó a su padre, deslumbrada por las promesas de Otelo, las Cajas se rindieron ante los encantos de los partidos. Abandonaron su tradicional negocio, centrado en las clases populares y buscaron un futuro de alta banca muy lejano de aquellas operaciones generadas alrededor de los Montes de Piedad y de los préstamos a particulares que aportaban a sus Obras Sociales poca, aunque muy segura, rentabilidad.

Se ha certificado su defunción como consecuencia de una gestión politizada y de una sucesión de despropósitos trufados de celos localistas e intereses espurios. Con muy pocas excepciones, aquel panorama modesto pero eficiente se ha convertido en un páramo yermo que va a generar graves consecuencias sociales en el crédito a particulares y pequeñas empresas y sobre todo, en la labor ingente de la Obra Social. El Registro de Entidades del Banco de España de mayo de 2012, solo recoge dos Cajas de Ahorros, Pollensa y Onteniente. El resto son ya, directa o indirectamente, bancos.

¿Qué ocurrirá ahora con las Obras Sociales? Da igual lo que manifiesten políticos y dirigentes de todo pelaje. Están en su mayoría, heridas de muerte, puesto que su vía de ingresos o se ha visto muy mermada o ha desaparecido. Y a medio plazo, sus fondos dependerán de los beneficios que obtengan los bancos en los que se han integrado, ya que las antiguas Cajas son hoy, simples accionistas de entidades bancarias, cuyo patrimonio y rentabilidad estará sujeto a las fluctuaciones del mercado y a las políticas de reparto de dividendo que se decidirán cada año en las Juntas Generales de Accionistas.

El fin de las Cajas, es el de una forma de hacer y entender la banca minorista. Si analizamos la gestión de tanto político metido a banquero y la situación financiera en la que han quedado estas entidades, es muy posible que cambiemos de opinión. En la más clásica tradición hispánica, más que al grandilocuente, solemne y trágico final del Otelo shakesperiano, remeda a la farsa del don Mendo de Muñoz-Seca.

Si la amada Magdalena de don Mendo ignoraba que a más de una hora, señora, las siete media es un juego, muchos políticos elevados a las más altas cimas de la dirección de las Cajas, adolecían de una supina ignorancia financiera. El negocio bancario no es un juego pero se lo tomaron como don Mendo las siete y media y ha resultado ser un juego vil, que no hay que jugarlo a ciegas, pues juegas cien veces, mil, y de las mil, ves febril que o te pasas o no llegas. Y el no llegar da dolor, pues indica que mal tasas y eres del otro deudor. Más ¡ay de ti si te pasas! ¡Si te pasas es peor!

Las Cajas – dejémonos de eufemismos – se han arruinado financiando proyectos urbanísticos más orientados al lucimiento de los diversos caciques locales que a la búsqueda de la rentabilidad. La burbuja inmobiliaria ha sido para ellos el maldito cariñena que se apoderó de don Mendo y le hizo perder honra y fortuna.

¡Ved cómo muere un león cansado de hacer el oso! Sabed que menda… es don Mendo y don Mendo… mató a menda.

Sobre las Cajas de Ahorros, cayó el telón.

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