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EL ALEGRE MES DE MAYO


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Las causas perdidas son las únicas por las que merece la pena luchar. Esa frase, pronunciada por el idealista senador Jefferson Smith – un grandioso James Stewart – en Caballero sin espada, retumba en nuestros oídos del mismo modo que lo hizo en los de los espectadores de la época. La corrupción política no era un tema nuevo en Hollywood, pero hasta Capra, nadie había hurgado tanto en la herida ni había mostrado tan claramente como la podredumbre se había instalado en determinados niveles de la democracia estadounidense. El objetivo del director fue influir en la sociedad y aquí lo consiguió mejor que en ninguna otra obra de su carrera. El mensaje era poderoso y dejó claro que la comedia es un vehículo excelente para polemizar y tratar argumentos tan serios como éste.

La libertad guiando al pueblo. Eugene Delacroix. Museo del Louvre. París (Francia).

La libertad guiando al pueblo. Eugene Delacroix. Museo del Louvre. París (Francia).

Cuando hace un año amanecimos con las plazas de España llenas de quienes se autodenominaron indignados no creo que nadie se sorprendiera. Como tantas veces a lo largo de la historia, sea el mayo francés o las marchas por los derechos civiles en los Estados Unidos de los sesenta, las democracias requieren, de vez en cuando, una cierta catarsis que las saque de su adormecimiento.

El mensaje de Capra se dirigía a una sociedad que acababa de sufrir uno de los períodos más difíciles de su historia económica y a esos sacrificios va a sumar, no mucho después, el esfuerzo bélico que supuso la Segunda Guerra Mundial. El mayo francés nació tras un decenio de prosperidad que se agotaba a pasos agigantados. Ambas situaciones tienen claros paralelismos con la situación que atraviesa España. Tras años de desarrollo, el paro es insoportable; la juventud tiene un futuro más que incierto; lo que antes mostraba solidez aparece hoy agrietado y todos los esfuerzos necesarios para salir de la crisis se exigen a unos contribuyentes, a los que se trata más como súbditos que como ciudadanos.

Las propuestas del 15-M son en muchas ocasiones utópicas y sólo a veces sensatas, pero nadie puede negarles que son sinceras y bienintencionadas como las del senador Smith de Capra. Si la realidad económica o política es compleja, los líderes democráticos tienen la obligación de ser didácticos y explicar a los ciudadanos con detalle cuales son los problemas reales y las soluciones propuestas. Lo contrario, suponer que la ciudadanía es menor de edad, es más propio del despotismo que de la democracia y recuerda aquella pintada del Grand-Palais que contaba como De Gaulle empleó tres semanas para anunciar en cinco minutos que iba a emprender en un mes lo que no pudo hacer en diez años.

Jefferson Smith es un idealista, como lo somos la mayoría de los ciudadanos, un hombre que cree en los valores de la democracia y de la libertad, que admira a los Padres fundadores, que se emociona cuando llega a Washington y contempla extasiado los símbolos de la democracia americana. Capra nos muestra la representación de esos valores supremos para, inmediatamente, enfrentarnos con la sucia realidad que se esconde bajo las alfombras de los lujosos despachos del poder.

Capra, católico sincero y conocido republicano se le tachó, ridículamente, de pro-comunista por su denuncia de las corruptelas de los políticos eternizados en sus cargos. Desprestigiar a quien denuncia las propias miserias es una técnica totalitaria y poco inteligente utilizada con demasiada frecuencia.

Es más fácil demonizar a los que protestan en las plazas de España y a los muchos que no lo hacen pero coinciden en lo fundamental de su crítica, tildándolos de antisistema – aunque los haya – que asumir por parte de nuestros dirigentes que hay mucha razón en sus quejas.

El personaje de James Stewart denuncia una corrupción de la que se benefician unos pocos a costa del resto de la sociedad y quiere acabar con ello. ¿Es tan difícil entender que muchos españoles estén indignados, se manifiesten o no? Cada día pierden su casa familias enteras, la pobreza aumenta, el futuro parece cada vez más lejano y la mayor utopía no es levantar los adoquines para comprobar que debajo está la playa – como anunciaba una pintada en la Sorbona – sino encontrar un puesto de trabajo, sea o no digno, porque la necesidad de sobrevivir es cada vez más acuciante,

Extirpar la corrupción es hoy más importante que acabar con el cotidiano sobresalto de la prima de riesgo. Los inversores internacionales, como todo el mundo, son temerosos con su dinero y llevan años comprobando como los escándalos de corrupción se destapan en pequeños municipios o en los mismos umbrales de la Corona y es difícil encontrar un lugar donde no existan, al menos, sospechas. Los dirigentes de una democracia deben ser ejemplo y guía de los ciudadanos, ser la solución y no el problema. En estas circunstancias, nadie va a financiar a quien no le aporta la mayor garantía que puede ofrecer un deudor: la solvencia moral.

El descontento se acaba canalizando de alguna manera. Es obligación de los gobernantes que lo haga dentro de los cauces democráticos y en el ámbito de los valores por los que merece la pena luchar: la libertad, la justicia, la igualdad, o la solidaridad. En caso contrario, siempre habrá aventureros que capitalicen la desesperación. Ahí está el ejemplo de Grecia.

El final catártico de Caballero sin espada nos enseña que no hay heroicos vencedores solitarios sino ciudadanos. El sincero discurso del idealista Jefferson Smith consigue que al corrupto senador Paine (Claude Rains) le remuerda la conciencia hasta el punto de confesar públicamente sus delitos. Así que no es el héroe popular quien acaba con la corrupción sino la fuerza de los ideales que nos unen a todos. Quien ha malversado el apoyo ciudadano, recuerda que aquellos principios fueron también los suyos y se arrepiente.

Sólo generaremos confianza cuando el dinero se haga con el trabajo y el esfuerzo y no con sobornos, favores o influencia política; cuando se recompense la honradez y no la corrupción. Ese día, no habrá prima de riesgo.

 

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