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LOS ARQUEROS DE AGINCOURT


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Arropada por un flamante ejército, la flor y nata de Francia observó displicente, desde la atalaya de sus imponentes monturas ricamente enjaezadas, como una banda de desharrapados ingleses, protegidos tan solo por unas toscas estacas clavadas a tierra, les provocaban soezmente.

Confiados en su clara superioridad numérica – seis franceses por cada inglés – y militar – caballeros y ballesteros frente a sencillos arqueros – atacaron frontalmente. Poco después, una mortífera lluvia de flechas había sembrado de suntuosos pendones el embarrado campo de batalla, ahora convertido en nutrido panteón de hombres ilustres de Francia.

El arquero. Llano de la Perdiz. Granada (España).

El arquero. Llano de la Perdiz. Granada (España).

El arco largo – longbow – y la pericia de sus arqueros, capaces de disparar con una cadencia de doce flechas por minuto, hicieron estragos entre las tropas francesas y fueron la ventaja decisiva que dio a Enrique V la crucial victoria de Agincourt.

El campo de batalla de las empresas es el mercado y al igual que en una guerra no siempre vence el más poderoso, en un mercado libre, el tamaño no garantiza la rentabilidad. Por eso, extraña la obsesión de muchos directivos que centran su estrategia en el crecimiento y no en la rentabilidad.

La primera lección de Agincourt se resume en un lema muy simple: No es más, es mejor y es básico en la gestión empresarial. La batalla del mercado la gana quien busca la eficiencia que se traduce en rentabilidad y no quien se empeña solo en facturar más. Ser mejores es saber responder a las necesidades del mercado en el lugar oportuno y en el momento adecuado. Cualquiera consigue vender más, basta con reducir el precio de los bienes aunque sea a cambio de generar pérdidas. El problema de esas estrategias suicidas es su coste económico, financiero y de imagen. Solo los mejores consiguen mantenerse a lo largo del tiempo.

El longbow acabó con la caballería pesada francesa, terror del Medioevo, porque Enrique V buscó las condiciones idóneas para su uso. En definitiva, optimó su ventaja. Una empresa debe analizar cuales son sus armas y provocar o al menos, aprovechar los nichos de mercado donde sus capacidades se transforman en beneficios, renunciando, sin complejo alguno, a todos los demás. Y aquí está la segunda lección que nos ofrece Agincourt: el mercado libre es el espacio perfecto donde encontrar las situaciones en las que somos superiores a nuestra competencia. Un artesano no aspira a vender grandes cantidades de sus manufacturas porque es incapaz de producir al ritmo que le solicitaría el mercado. Pero su especialización es apreciada por quienes están dispuestos a pagar más por algo que, aunque satisfaga idénticas necesidades que un artículo industrial, les aporta otro tipo de satisfacciones más personales, psicológicas incluso, que también son susceptibles de rentabilizarse económicamente.

Enrique V, a diferencia de su progenitor, fue un líder admirable, fuerte y sobresaliente. Su padre no era el rey legítimo. Debía su corona al apoyo del Parlamento, la nobleza y la Iglesia que obligaron a Ricardo II a abdicar. La forma en que consiguió el poder, aunando voluntades e intereses muy diversos, solo puede calificarse de magistral. Sin embargo, su liderazgo fue vacilante. Su interés por mantener la corona acabó convirtiéndose en una obsesión. Esta actitud es frecuente. Muchos directivos se preocupan más por conservar el poder que por ejercerlo. Para mantenerse, se rodean de mediocres y su desconfianza les lleva a ver enemigos entre sus colaboradores impidiendo, de ese modo, el natural desarrollo de una empresa sana y ejerciendo un liderazgo débil en el que no se sienten representados sus subordinados.

Enrique V es un líder moderno. Escoge a los mejores, no desprecia ninguna idea y respeta a todos sus colaboradores y en particular a los arqueros, la base despreciada por los señores cuya posición de mando surge de su cuna y no de sus méritos. Transmite confianza y decisión y es un orador brillante que motiva a su gente, les habla en su jerga y trabaja junto a ellos. Los arqueros de la empresa son ese personal despreciado por los directivos que reducen la rentabilidad a los datos de una hoja de cálculo y que sólo saben reactivar un negocio desprendiéndose de su mayor activo, los trabajadores. Hoy vemos como se despide personal cualificado con el feble argumento de su coste y se sustituye por otro más barato. Se cambia rentabilidad por precio. Es como si Enrique V hubiera despedido a sus veteranos arqueros sustituyéndolos por niños sin fuerza suficiente para tensar unos arcos cuya longitud doblaría su altura. En ese caso, y así le ocurrirá tras la crisis a muchas empresas, el campo de batalla hubiera acogido otros cadáveres.

Kenneth Branagh llevó a la pantalla el texto de Shakespeare en una excepcional adaptación donde las cualidades del liderazgo se nos muestran vívidas y claras. Cuando los soldados ingleses ven que su rey ha montado sin espuelas perciben que es más porque saben que llegado el caso, pondrá pie a tierra y luchará codo con codo con ellos.

La arenga del día de San Crispín imaginada por Shakespeare es un ejemplo de motivación: Nosotros pocos, […] grupo de hermanos; pues el que hoy vierta conmigo su sangre será mi hermano; por villano que sea, este día le hará de noble rango.

Las pequeñas empresas deben aprender a ser mejores, puesto que crecer, no siempre aporta más rentabilidad. Su agilidad les permitirá ganar mercados donde otros los pierden. Y si además, cuentan con líderes motivadores podrán decir como Enrique V a sus arqueros que muchos caballeros de Inglaterra, que ahora están en la cama, se considerarán malditos por no haber estado aquí, y les parecerá mísera su valentía cuando hable alguno que combatiera con nosotros el día de San Crispín.

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