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JUGUETES ROTOS


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Había que ser muy bizarro para rodar una película, en plena dictadura, donde se mostrara la miseria, la incultura incrustada en determinadas capas sociales y la decadencia de quienes, instalados en la cúspide social y habiendo disfrutado de riqueza y reconocimiento deambulaban años más tarde por las cloacas de esa misma sociedad que les había encumbrado.

Vista hoy, es una metáfora de la actualidad. Parece que la sociedad española, en algunos aspectos concretos, no ha cambiado o lo hubiera hecho muy poco. Corría 1966 cuando Manuel Summers – eterno enfant terrible de aquella España en blanco y negro – nos regaló un delicioso tesoro, desgraciadamente olvidado, del cine español: Juguetes rotos.

Viernes Santo de 1978 en el Campo del Príncipe. Granada España)

Viernes Santo de 1978 en el Campo del Príncipe. Granada España)

Después de encontrar un puñado de viejos cromos entre las hojas amarillentas de su destartalada enciclopedia escolar Dalmau Carles Pla – un clásico de la posguerra – Summers se embarcó en la búsqueda de Guillermo GorostizaBala Roja, cinco veces campeón de Liga, cuatro de Copa y extremo izquierdo de la selección nacional de fútbol durante doce años.

Ese fue el principio, un documental que indagaba sobre un viejo futbolista. Una búsqueda que se hacía sencillamente, preguntando por él. Sin más artificios, sin guion, en plan cinema verité. Hasta que apareció Gorostiza en un asilo. Y fue ese terrible contraste entre la memoria gloriosa y el ocaso real lo que animó a Summers a contar la historia de otros personajes que también habían sido muy grandes y que, en aquellos años del desarrollismo, eran una triste sombra de su recuerdo.

Son muchos los juguetes rotos de esta España esclerotizada por la crisis económica de la que, ojalá pudiéramos decir, aprovechando cualquier acontecimiento y parafraseando a Churchill que esto no es el fin. No es siquiera el principio del fin. Pero quizá sea el fin del principio. Cinco años después del estallido de la crisis de las “subprime”, creo que nos conformaríamos con tan poca cosa.

Summers, incisivo e irónico, paseó la cámara por cuatro pilares de la sociedad de la época: el fútbol, personificado en un anciano Gorostiza que vive en un asilo; el boxeo, representado por un luchador de leyenda como Paulino Uzcudum; la música popular, vista a través de un viejo cantante en la tradición de la chanson francesa – El Gran Gilbert – y el toreo, recreado gracias a una vieja figura, Nicanor Villalta. Es una historia terrible, suavizada por la profunda ternura que le imprime Summers; rodada en blanco y negro, sin adornos de ningún tipo, sin juegos de cámara. Cruel y cariñosa a la vez.

No calibrar las propias posibilidades es un grave error que nos lleva indefectiblemente a la ruina. Así, estos personajes y otros muchos como ellos no fueron capaces de admitir que sus días de gloria habían pasado y que era imprescindible adaptarse a la nueva realidad social y sobre todo, económica, en la que deberían seguir viviendo aunque probablemente iniciaron su declive profundamente tocados.

Si hoy hiciéramos nuestro propio documental, si filmáramos una historia en la que preguntáramos a los protagonistas de esta crisis, no tanto que fue de su vida, de su negocio, de su empresa o del sector en el que desarrollaron su actividad profesional sino, más bien, que queda de ello si es que queda algo, encontraríamos historias cortadas por el mismo patrón. Historias cuyo planteamiento, nudo y desenlace serían similares. La bonanza económica es el ingrediente principal de todas ellas, un viento de popa que empujó a miles de empresas al crecimiento desmedido soportado en cimientos tan débiles como el endeudamiento y el optimismo insensato. De ahí, a la ruina y al páramo desolado que constituye la realidad actual de una parte importante de nuestro tejido empresarial, sólo hay un paso.

Pero no hay duda de que esta crisis ha dejado un juguete roto por antonomasia, el sector inmobiliario. ¿Qué queda de aquel bosque de grúas en constante actividad, que se convirtió en la imagen más conocida de nuestro paisaje? ¿Dónde están las anunciadas urbanizaciones de lujo, siempre a tres minutos del centro? Cada una de aquellas grúas, hoy desvencijadas, es tan sólo una imagen fija, una sombra que espera que alguien, si tiene fondos suficientes, la desmonte antes de que se desplome.

La obsesión de este país por el patrimonio inmobiliario solo se explica si entendemos que nunca conocimos la revolución industrial. Dejamos de ser una sociedad agraria, donde la riqueza estaba en los bienes raíces y nos convertimos en una economía de servicios fomentada por los gobiernos tecnocráticos del franquismo. Así que, como no podíamos tener una finca rústica, la sustituimos por un piso con vistas. Ser propietario de la vivienda habitual da seguridad patrimonial a una familia, pero obtener una propiedad a cambio de una deuda inmensa que requiere toda una vida para amortizarla es, financieramente hablando, una absoluta sandez.

La vivienda en propiedad no sólo ha alimentado, junto a la dañina intervención de los Ayuntamientos – amos del urbanismo y responsables de su desaforada gestión – la burbuja inmobiliaria, sino que ha impedido la movilidad de los trabajadores y el flujo de capital intelectual entre regiones. Los costes de venta de una casa añadidos, lógicamente, a los de compra de otra vivienda en el nuevo destino impedían cualquier traslado por elevada que fuera la correspondiente oferta laboral.

Nuestra locura del ladrillo se concretó en que una vivienda normal no podía adquirirse con los ingresos procedentes de un sueldo medio; el precio del alquiler era casi igual, en muchos lugares, a la cuota de un préstamo hipotecario, y la concesión de hipotecas escapaba de cualquier razonamiento financiero clásico. Lógicamente, el modo más claro de definir esa realidad era calificar a nuestra economía como enferma.

La mayor lección de esta crisis para el sector inmobiliario, protagonista habitual de todas las crisis económicas que en España han sido, podríamos extraerla de la respuesta que El Gran Gilbert, daba a Summers cuando le preguntaba por la vida de antes: Ya no hay que pensarlo, lo de atrás está todo pasado ya. Y espero que no vuelva, añado.

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