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NUESTRA “FEMME FATALE”


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Es difícil imaginarse a un tipo tan duro como Edward G. Robinson encarnando un personaje tan inocente como el apocado empleado de banca – Chris Cross – que interpreta en Perversidad. La excelente dirección y pulso narrativo de Fritz Lang nos descubren, morosamente, la historia de un hombre sin carácter, moralmente torturado e incapaz de oponerse a las continuas exigencias de la femme fatale que desgraciadamente, se cruza en su camino conduciéndole a un tortuoso final.

"Un bal". Luis G. Chacón.

“Un bal”. Luis G. Chacón.

La construcción ejerce sobre nuestros políticos una atracción irracional e inconsciente de la que les resulta imposible escapar. El exceso urbanizador ha dejado nuestras costas en una situación tan precaria que parece mentira que el canto de sirena del ladrillo vuelva a subyugarles en un tenebroso ritornelo. Las femmes fatales del cine negro conseguían con una sonrisa o una leve caída de ojos envolver en sus redes a cualquier hombre, convirtiendo al gánster más duro en su perrito faldero o al más honrado de los padres de familia en un delincuente. Igualmente, los delirios urbanizadores de muchos políticos parecen dictados por un impulso atávico incontrolable.

La verdad es bien distinta. En economía nada es gratis. Toda elección tiene un coste. Ocurre así en cualquier ámbito de la vida. Es tan simple como entender que si decidimos ir al cine será a costa de no dar un paseo o de no quedarnos tumbados en el sofá. Del mismo modo, urbanizar un paraje natural y construir un campo de golf, supone renunciar a un desarrollo turístico que se base en la explotación sostenible de los recursos naturales. Por tanto, cada elección elimina el resto de alternativas y sus posibles consecuencias.

Cross era un tipo oscuro e infeliz con una innata aptitud para la pintura y hasta que conoció a Kitty (Joan Bennett), un hombre honrado. La pasión que le provoca le lleva a quebrantar todos sus principios morales, lo que es utilizado por Johnny (Dan Duryea), el novio de Kitty. Complacerla se convierte en la obsesión de Chris, convencido de que así, alcanzará la felicidad. La realidad es otra. Aquella relación no es más que una cadena de mentiras que se superponen en una espiral diabólica y le llevan a un terrible final.

Cuando el desempleo atenaza a la sociedad española, es fácil convencer a un alcalde de que la construcción de un complejo turístico es la solución definitiva para todos los problemas de su pueblo. Ese ha sido como siempre, el argumento falaz que ha llevado al Ayuntamiento de Tarifa a aprobar el proyecto de Valdevaqueros o a determinados dirigentes almerienses a pedir la legalización de El Algarrobico aún en contra de los pronunciamientos judiciales. La cantinela es conocida: un complejo turístico de lujo atraerá oleadas de turistas que serán como el maná bíblico. El dinero caerá del cielo y alcanzaremos la tierra prometida que mana leche y miel. Siempre puede buscarse una mentira para ocultar otra y siempre habrá algún alcalde – mediatizado por los defensores del urbanismo masivo como único vehículo de desarrollo – dispuesto a creerse otra vez, que ahí reside la salvación económica de España. Sobre todo si se lo susurran melosamente al oído y con ojos entornados.

Nuestras costas son un patrimonio de excepcional valor; un recurso económico de elevada rentabilidad cuya explotación debe abandonar el agotado modelo de sol y playa que replica el desarrollismo de los sesenta. El turismo es y debe seguir siendo uno de los puntales de nuestra economía pero no podemos continuar ofertando al mercado, cada vez más globalizado, un producto tan fácilmente sustituible y en el que surgen competidores más baratos en cualquier lugar del mundo. En cambio, el patrimonio cultural y natural nos aporta una diferenciación evidente que permitirá obtener rentabilidades sostenidas a lo largo del tiempo, muy superiores a las del modelo tradicional.

La justificación de un proyecto turístico no debe basarse exclusivamente en la generación de empleo para su construcción y explotación posterior. En primer lugar, porque es empleo temporal, de carácter intensivo y baja capacitación; en definitiva, no es de calidad. Aunque los voceros del urbanismo desaforado lo suelen ocultar, no puede olvidarse que cualquier desarrollo urbanístico exigirá a las administraciones públicas prestar servicios de alumbrado, recogida de basura o seguridad cuyo coste no siempre se compensa con la recaudación que pueda generar la actividad económica, inducida en el futuro.

Estamos en una encrucijada y tenemos ante nosotros dos caminos, el de siempre y otro, que puede ser más arriesgado pero que nos ofrece un desarrollo diferente. Del primero ya conocemos las duras consecuencias provocadas por la consabida burbuja. Muchos, como el protagonista de Perversidad prefieren circular por la senda del engaño y creer que esta vez puede ser diferente.

El final de la cinta de Lang es una metáfora aterradora. Cross descubre que su adorada Kitty, no sólo le engaña sino que ha firmado todos sus cuadros y se ha repartido el producto de la venta con Johnny. La espiral de malicia que inunda el filme culmina en la violenta pelea en la que Cross, ciego de rabia ante las burlas de Kitty, la apuñala. Johnny es acusado del crimen y condenado a muerte y Cross, víctima de la fatalidad, acaba sus días convertido en un vagabundo atormentado. En la escalofriante escena final, la voz de Kitty llamando a Johnny retumba como un martillo en su cabeza a la vez que comprueba que sus cuadros se cotizan a precio de oro. Nuestra experiencia es similar, la construcción está muerta, muchos empresarios del sector han sido condenados como  Johnny mientras alcaldes y concejales vagan atormentados.

En el país con mayor índice de paro de Europa, parece una frivolidad prometer lo mismo una vez más. Lo que nos diferencia de los demás mercados es nuestro excepcional patrimonio natural y cultural. Cada vez nuestra, clientela dispone de mayor formación y renta y exige más calidad. Si queremos un sector turístico innovador y basado en la excelencia que afiance nuestra economía deberemos ofrecer un producto de contenido cultural y cualitativamente ecológico y sostenible.

 

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