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EL FALSO MITO DEL PÁNICO BANCARIO


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Recomendado en Menéame y Burbuja, Foro de Economía.

Cada vez que se hace patente la existencia de una crisis bancaria, los heraldos del apocalipsis económico nos atosigan con la imprescindible necesidad de aportar fondos públicos, – eufemismo utilizado para denominar al dinero de los contribuyentes – a las entidades en peligro. De ese modo, provocan lo que pretenden evitar; que nos tentemos el bolsillo con el horror reflejado en el rostro. La extendida idea de que la quiebra de un banco conlleva per se una enorme tragedia económica no es más que uno de esos mitos instalados en el imaginario popular que el análisis histórico y la sensatez desmienten. Tan falso como que tras reflotar las entidades con problemas, el rescate de la banca no sólo no nos costará dinero, sino que incluso generará beneficios al estado. La falacia de la proposición es evidente: todos somos el estado si se trata de pagar, pero si existe la más remota posibilidad de cobrar, el estado se transforma en una idea evanescente. Aporta el dinero de nuestros impuestos pero, en el caso – hipotético e improbable – de que los rescates generen beneficios nunca se abonará a cada uno de los contribuyentes su parte.

De todos modos la realidad es tozuda. La crisis bancaria de 1977 animó la creación del Fondo de Garantía de Depósitos. Desde entonces y hasta esta crisis, ha intervenido, de diversos modos, treinta grupos bancarios y catorce Cajas. No ha obtenido ni un solo céntimo de beneficio.

La profecía más recurrente de los agoreros ante una crisis bancaria es que el miedo a perder el dinero empuje a los ahorradores a retirar sus depósitos masivamente, provocando la quiebra del sistema. Frank Capra nos ofrece en ¡Qué bello es vivir! la mejor visión de un pánico bancario. George Bailey – excelente James Stewart – es el responsable de una pequeña Compañía de Empréstitos, un banco local cuya actividad principal es recibir depósitos con el objetivo de realizar préstamos hipotecarios para la construcción de viviendas. Cuando George, que se acaba de casar, va a iniciar su luna de miel ve como cientos de sus vecinos corren hacia los bancos y por supuesto, a su propia oficina para retirar sus fondos.

Su negocio le exige mantener una parte de esos depósitos en caja para asegurar la liquidez a sus clientes y así, nunca presta más de lo recibido. Pero hoy, esa banca tradicional no existe. Consultando cualquier informe serio podemos comprobar que la relación actual entre préstamos y depósitos es del ciento cincuenta por ciento. Es decir, los bancos prestan mucho más dinero del que reciben en depósitos. Lo hacen porque una parte muy importante de los recursos obtenidos por la banca no provienen de los ahorradores entendidos como depositantes tradicionales, sino de inversores – individuales o colectivos – que adquieren emisiones de deuda de las entidades financieras. A un ciudadano normal, con una cuenta corriente cuyo saldo puede retirar en cualquier momento, le basta tener una idea general de la solvencia del banco para trabajar con él. En cambio, un inversor debe exigirse un nivel de análisis muy superior. Su inversión supone decidir en que plazo, con que remuneración y en que condiciones va a prestar su dinero a una empresa, que en este caso es un banco. Jurídicamente hay una enorme diferencia entre préstamo y depósito ya que en el primero la propiedad del dinero es del prestatario – el banco en este caso – y en el segundo no.

Además, si hoy se produjera un pánico bancario la gente no se arremolinaría en la puerta de las sucursales esperando que abrieran. Simplemente, sentado en casa ante su ordenador realizaría transferencias a otras cuentas o se iría de tiendas consumiendo el crédito de la tarjeta, como mínimo hasta el importe de su depósito. Es el signo de estos tiempos de nuevas tecnologías.

George Bailey da a sus impositores una excepcional lección de banca. Cuando le reclaman su dinero contesta que no está allí sino en la casa de cada uno de aquellos que las financiaron gracias a la compañía. Comparar a los gestores de nuestras Cajas de Ahorros, hoy nacionalizadas, con un banquero moralmente solvente – como el que interpreta James Stewart – es demoledor. Para nuestros cajeros, claro. Muchos de ellos, además de cobrar salarios indecentes por quebrar las empresas que supuestamente dirigían, no podrían decir como George que su dinero está en la casa de este o aquel vecino, más bien deberían admitir que está enterrado en este o aquel solar que jamás se construirá, o en un complejo faraónico que hoy sólo es un descampado o en negocios cuya rentabilidad era tan improbable que un niño de cuatro años los hubiera desaconsejado.

Si un banquero no tiene eso tan etéreo que es la solvencia moral, es difícil entender que dejemos en su poder nuestros ahorros, que le prestemos dinero adquiriendo su deuda o que compremos las acciones de la empresa que dirige.

Por todo ello, rescatar un banco en quiebra es un mal negocio para los ciudadanos. Si una empresa quiebra son sus accionistas los primeros que deben asumir la pérdida y en segundo lugar todos aquellos acreedores que le dieron crédito sin realizar el correspondiente análisis de riesgos. La excusa habitual de proteger los depósitos de los ahorradores acaba ocultando espurios intereses ya que sólo con mirar el balance de cualquier entidad quebrada comprobamos que quien tiene mayor riesgo de perder dinero son accionistas y acreedores. Para proteger a los depositantes está el Fondo de Garantía.

Pero lo más indigno de todo este planteamiento apocalíptico es que genera un inmenso riesgo moral. Si los gestores de un banco tienen la certeza de que los efectos negativos de sus decisiones van a ser cubiertos por los contribuyentes, tendrán comportamientos más arriesgados que si hubieran estado expuestos absolutamente a las consecuencias de sus actos.

El resultado de una inversión pertenece a quien arriesgó con legítimo ánimo de lucro – gestores, accionistas y acreedores -, sea positivo o no. Socializar las pérdidas privadas es una estafa al ciudadano.

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