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CUANDO PERDIERON LA ÉTICA


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De casi todas las películas de los Hermanos Marx se recuerda la oronda y majestuosa figura de un dama entrada en años – Margaret Dumont – cuyo personaje de viuda rica constituye el objeto  de las chanzas y requiebros amorosos – siempre interesados – del inefable Groucho. De hecho, para todo marxista que se precie de serlo, esa deliciosa señora es la quinta Hermana Marx.

La gestión de algunas entidades bancarias me ha traído a la memoria a todas aquellas viudas ricas. Su política de venta ha sido un remedo del diálogo de Sopa de Ganso en el que Groucho, tras conocer que el marido de la riquísima señora Teasdale ha muerto, le pregunta: ¿Se casaría conmigo? ¿Le ha dejado mucho dinero?, responda primero a lo segundo.

Es increíble la cantidad de noticias que leemos en prensa sobre lo que eufemísticamente se denominan malas prácticas bancarias. El único enriquecimiento palpable en esta crisis es el del idioma, gracias a la ingente cantidad de neologismos eufemísticos que están surgiendo.

Vender, como se ha publicado en prensa que hizo Caixanova – hoy nacionalizada como NovaCaixaGalicia -, participaciones preferentes, que son títulos realmente complejos, a una octogenaria analfabeta que firmó el documento de compra con su huella dactilar, no puede calificarse más que como un engaño y la autoridad judicial competente deberá decidir si es o no una estafa. Cada día hay nuevas noticias al respecto de inversiones vendidas como lo que no son. Desgraciadamente, son muchos y variados los casos en el que las entidades han pasado por alto todos los controles éticos e incluso legales. La UE aprobó en 2004 la Directiva sobre Mercados de Instrumentos Financieros, conocida como MIFID, que es de obligado cumplimiento en España desde 2007. La razón de la misma es obligar a que la comercialización de productos financieros se realice con clientes que comprendan con claridad las obligaciones, derechos y riesgos que se puedan deducir de la operación financiera que van a realizar o del producto que adquieran. Antes de la normativa se suponía que era de aplicación la decencia, la ética y el cumplimiento de la ley.

Aun así, es habitual encontrarse con operaciones complejas en las que el cliente o no sabe nada del Test de Idoneidad que exige la norma o, sencillamente, este ha sido cumplimentado sin su participación y lo ha firmado por mera confianza hacia su entidad o, lo que es más triste, hacia la persona del empleado bancario con el que ha trabajado desde siempre.

Para algunas entidades, los clientes han interesado sólo por la chequera y la posibilidad de obtener beneficios al precio que fuera. El lema básico de muchos colocadores de producto puede resumirse en otra frase de Groucho, esta pronunciada en Una noche en la ópera: Espero que esta música acaricie sus oídos, como los cheques de la señora Claypool acarician nuestros bolsillos. Ya suponen quien interpretaba a la señora Claypool.

Les llamo colocadores o cumplidores de objetivos porque un vendedor serio es alguien que se plantea una relación de largo recorrido con un cliente, basada en la confianza y el beneficio mutuos y esa, desde luego, no ha sido la actitud de algunos.

La tradicional ética bancaria ha brillado por su ausencia. No todo vale. La banca, no me cansaré de repetirlo, es un negocio basado en la confianza y si esta se traiciona, sufre un daño tan grave que es muy difícil de reparar, al menos, a corto plazo. Cada día es más habitual encontrarse personas que recelan del sistema bancario. Creo que cuando pase esta crisis, que pasará, uno de los sectores más dañados será el financiero y volveremos a niveles de bancarización propios de los años ochenta del siglo pasado. Es decir: cuentas corrientes, imposiciones a plazo, tarjeta de cajero y quizás, de crédito y ya veremos si algún préstamo aparte del de adquisición de vivienda, cuando de una vez se ajusten los precios.

Lo más sorprendente de todo es la actitud de quienes, a sabiendas de la inmoralidad de sus actos y justificándose en la necesidad de conseguir los objetivos marcados o en la presión de los jefes, han sido –permítanme el vocablo jurídico – cooperadores necesarios de todos estos tejemanejes. Cada vez que surge esta conversación recibo infinidad de explicaciones, todas ellas basadas en el recurso lacrimógeno a la situación del propio empleado. Unas veces es la recurrente justificación al mantenimiento del empleo, yo tengo una familia, el banco presiona y no te puedes negar… o al desconocimiento, no te creas que yo sabía muy bien lo que vendía.

Cuando el general Patton liberó el campo de concentración de Ohrdruf y descubrió aquel horror, subió a sus camiones a cientos de alemanes de los alrededores y les obligó a visitarlo para que no pudieran negar la realidad que habían consentido. Al alcalde de la ciudad y a su esposa los llevó con él. Tras volver a su casa, se suicidaron. No estaría de más que estos listillos de las finanzas fueran conscientes del daño que su ignorancia, incompetencia e ineptitud interesada han provocado. Esa minoría sin ética es la responsable de la situación actual de muchas entidades. El mercado es darwinista. Por eso, la mayoría de las entidades quebradas, hoy nacionalizadas, son las que menos han aplicado el manual de ética bancaria que ha sido guía de generaciones de banqueros honrados y orgullosos de su trabajo.

Sin embargo, tras crear un enorme agujero, que ya se estima en sesenta mil millones, tienen el descaro de negarse a pagar y nos dicen, como Groucho a la rubia de turno a la que ha invitado a cenar: hasta luego cariño… ¡caramba!, la cuenta de la cena es carísima… ¡un escándalo!, ¡yo que tú no la pagaría! Y se marcha.

¿Merece la pena el esfuerzo de toda la sociedad para salvar estas entidades? ¿Es legítimo que sus directivos no asuman su responsabilidad ante los tribunales de justicia? La respuesta es no. Si no realizamos una profunda limpieza del sistema, más tarde o más temprano, volveremos a sufrir otra debacle financiera.

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