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EL ETERNO RETORNO


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Cuenta Homero en la Odisea que Sísifo fue condenado a empujar una gran roca sobre la más empinada ladera de los infiernos. Para mayor sufrimiento, poco antes de alcanzar la cumbre, aquella caía rodando y obligaba al pobre Sísifo a empezar de nuevo. Esa idea del eterno retorno y de la naturaleza cíclica de las cosas era ya representada por los antiguos egipcios mediante el uróboros, un dragón o una serpiente que muerde su propia cola y representa el renacimiento de las cosas que nunca desaparecen sino que solo cambian eternamente. Vamos, lo que popularmente conocemos como la pescadilla que se muerde la cola. Y la historia de España es, en muchas ocasiones, una muestra clara de ese retorno eterno.

Balcón de las habitaciones de Carlos V en Yuste. (España)

Balcón de las habitaciones de Carlos V en Yuste. (España)

Si miramos atrás podremos comprobar que nuestra realidad presenta claros paralelismos con otros momentos históricos. No debemos olvidar que fue el Tesoro español el primero en crear bonos y también el primero en dejar de pagarlos. Resulta triste decirlo, pero la bancarrota española se convirtió desde el siglo XVI y hasta bien entrado el XIX en una tradición de los mercados.

Cuando Felipe II accedió al trono de España se encontró con una Hacienda exhausta. Carlos I se había endeudado desorbitadamente para obtener la corona del Imperio. A mediados del siglo XIII, Alfonso el Sabio también había gastado ingentes cantidades de dinero para obtener un título que al final, se le escapó de las manos. Lo que demuestra que ni siquiera la sabiduría vacuna contra la codicia y la soberbia.

El Emperador Carlos obtuvo préstamos comprometiéndose a devolver lo recibido más los correspondientes intereses y lo plasmó en los denominados Asientos (que hoy llamaríamos bonos). El gobierno de Felipe II siempre se quejó de la herencia financiera recibida, sobre todo porque el título imperial quedó en manos de su tío Fernando cuando aún la corona de Castilla seguía debiendo los préstamos en cuestión. Felipe II recibió, fruto de su herencia paterna, el mayor reino de Europa que ya incluía las riquezas de América. Aunque parezca imposible, no sólo no redujo los inmensos gastos de la hinchada burocracia y de la compleja y protocolaria corte sino que se endeudó aun más para mantener los dominios europeos y aumentarlos hasta crear el imperio en el que nunca se ponía el sol. Entonces, España tenía una administración hipertrofiada y centralizada que necesitaba un enorme presupuesto para subsistir. El resultado fue trágico: los heroicos Tercios de Flandes acabaron viviendo del saqueo pues pasaban largos meses sin recibir la paga, los funcionaros tardaban años en cobrar sus rentas, los impuestos se vendían al descuento a los recaudadores y estos, para rentabilizar su inversión, extorsionaban a los contribuyentes que eran siempre los mismos, burgueses y campesinos. Los nobles y la Iglesia estaban exentos del pago de impuestos y los pobres no tenían con qué pagarlos. Al final, el rey de aquel inmenso imperio con pies – financieramente hablando, al menos – de barro, abrumado por las deudas, declaró la suspensión de pagos. Así, Felipe II se convirtió en el primer jefe de estado que declaraba a su país en bancarrota.

No sé porqué, a mí esta historia de envenenadas herencias recibidas, gasto público desorbitado, gobiernos incapaces de reducirlo, funcionarios que cobran cada vez menos, ricos que no pagan y clases medias que soportan el gasto y el desbarajuste del estado me suena de algo. Tengo que hacer memoria.

Las inmensas riquezas de las Indias – oro, plata, piedras y maderas preciosas, artículos hasta entonces desconocidos – afluyeron a Europa y no sería descabellado creer que en pleno siglo de Oro, España sería y con gran diferencia la más rica nación de Europa que era casi, como decir del mundo. Pues nada más lejos de la realidad. El oro de América ya estaba gastado antes de ser arrancado de la mina, así que cuando arribaba al puerto de Sevilla – que en un claro ejemplo de la afición de nuestros políticos por el monopolio y la aversión al libre comercio era el único con licencia para comerciar con el nuevo mundo – salía hacia las casas bancarias de media Europa sin dejar en nuestro país más rastro que el de las ruedas de los carros en que se transportaba.

Lo cierto es que desde el rey al último hidalgo veían el trabajo y el comercio como algo vil e impropio de caballeros. Así que, como en estos últimos años, el país se mostró más propicio al gasto que a la inversión. Se edificó el Escorial y también, iglesias y palacios. Esto también me suena y no sé exactamente si es porque últimamente he leído demasiado sobre aeropuertos fantasmas, museos vacíos, teatros sin público y trenes sin pasajeros a mayor gloria del gobernante de turno.

Escribía Pedro de Valencia en 1608 unas palabras que podrían haberse escrito hoy mismo: Tanta plata y tanto dinero […] han sido siempre un veneno fatal para las repúblicas y ciudades. Creen que las mantendrá el dinero y no es cierto; lo que proporciona sustento son los campos arados, los pastos y las pesquerías.

La casi totalidad de los préstamos recibidos por España en el siglo XVI fueron financiados por extranjeros. De ese modo, la deuda externa se convirtió en insoportable pues solo sirvió para pagar burocracia y guerras. El crédito es útil si financia actividades productivas. En cambio, se convierte en una rémora cuando sólo se dedica a consumo o especulación. ¿No sienten un enésimo déjà vu?

Aunque no parece probable que la España de hoy suspenda pagos, de hecho está muy lejos de hacerlo, el rescate de las Cajas de Ahorros atiborradas de ladrillo con fondos de la UE nos sitúa en una posición de clara debilidad financiera. No creo que nuestros socios europeos acaben siendo tan exigentes como Jacobo Fugger que obtuvo como garantía las rentas del Maestrazgo, la plata de Guadalcanal y el mercurio de Almadén, pero debemos asumir, como se diría entonces, del rey abajo, todos que no hay préstamo sin garantía ni amortización sin esfuerzo.

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