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EL GANSO VA A CHILLAR


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El compromiso al que llegó el gobierno con la U.E. fue que el déficit público no iba a superar este año el 5,3% del PIB, asumiendo el estado el 3,5% y quedando el resto para autonomías y municipios.

Pues bien, hasta mayo, la administración central ha generado un déficit que roza el objetivo previsto, El déficit contabilizado supone ya el 3,41%. Está claro que vamos mal. Las razones son meridianas. Como no podía de ser de otra manera, la subida del IRPF, el incremento del paro y las reducciones salariales han hundido el consumo, provocando una caída de ingresos del 4,2%. Era natural que aumentaran los gastos por la destrucción de empleo y que se disparara el gasto financiero. Los intereses de la deuda siempre crecen de modo inverso a la solvencia del deudor. Y la nuestra sabemos donde está. Como descargo no debemos olvidar que el estado ha adelantado dinero a las Autonomías y a la Seguridad Social. Pero lo que parece excesivo es que el incremento sea del 11,7% y que ni siquiera se hayan reducido los gastos de personal, que aumentan el 1,28%.

La Grille d'honneur. Palacio de Versalles (Francia).

La Grille d’honneur. Palacio de Versalles (Francia).

Todos tenemos claro que hay que reducir el déficit, simplemente porque lo que se adquiere a crédito exige la obtención de este y su posterior devolución. En lo que no coincidimos es en el método para conseguirlo. Cualquier familia reduce sus gastos porque no puede incrementar unilateralmente sus ingresos. Los gobiernos, en cambio, sea cual sea su ideología, suelen optar por otro camino, subir los impuestos. Cada vez es más evidente que Hayek acertó cuando nos avisaba de que estamos gobernados por socialistas de todos los partidos. Y es que no hay nada más opuesto al liberalismo que subir los impuestos sin contraprestación alguna para el contribuyente.

Para ello, intentan aplicar la idea del ministro de Luis XIVJean-Baptiste Colbert, quien defendía que el arte de los impuestos consiste en desplumar al ganso de tal manera que se obtenga el máximo número de plumas con el mínimo de chillidos. Aunque no parece que lo estén consiguiendo, porque si algún ganso aún no chilla, está sin duda, a punto de hacerlo.

Es triste comprobar que el gobierno basa la gran mayoría de sus medidas de reducción de déficit en la mera subida de impuestos porque hasta lo que define como recortes necesarios no son más que otra forma de elevar la imposición a los contribuyentes.

Es evidente que las subidas del IRPF y del IBI así como la, ya más que esperada, del IVA han incrementado la carga fiscal de todos los ciudadanos. Pero analicemos otras medidas. La sanidad se paga con nuestros impuestos. Por tanto, si a partir de ahora se eleva la contribución para adquirir medicamentos, suben los impuestos. La única diferencia será que pagaremos los medicamentos por tres vías, impuestos y efectivo – como hasta ahora – y más efectivo, a partir de ahora. Igual ocurre con la eliminación de especialidades; si un ciudadano paga la totalidad de una prescripción, sus impuestos se diluyen en otros gastos del estado. Eliminar la deducción de vivienda, que nunca debió existir ya que solo sirvió para elevar el precio de los inmuebles, supone para los que han sido sus beneficiarios una clara y evidente elevación de su tipo de IRPF.

También se cuenta que Colbert dijo al Rey Sol que la regla universal de las finanzas es usar toda la autoridad de su majestad para allegar fondos al reino, o lo que es lo mismo, el estado usa, y a veces abusa, de su poder de coacción para incrementar la presión fiscal que sufren los ciudadanos pero en muy contadas ocasiones, utiliza esa autoridad para eliminar los excesos de gasto de su propia estructura.

Es más, si la infinita capacidad de invención de tipos fiscales de los gobiernos se dedicara a buscar fórmulas eficaces para recortar el gasto superfluo, el resultado final sería, sin duda, mejor y por supuesto, más barato para el ciudadano cuya renta disponible está tan mermada como desplumado el ganso de Colbert.

En 2008, Antoine Rault estrenó en el Théâtre Montparnasse Le Diable rouge. Una comedia política que cuenta los años finales del cardenal Mazarino – el diablo rojo del título, por el color de sus ropas cardenalicias. Tomando como excusa narrativa su relación con Colbert – que fue su secretario – critica la voracidad recaudatoria de nuestros estados. En un diálogo entre ambos personajes, Colbert confiesa al cardenal que no sabe como elevar la recaudación, pues los pobres no tienen dinero para gastar y los ricos no lo harán si los impuestos son más altos. Mazarino le contesta, con la misma sorna que suelen demostrar los gobiernos actuales, que son aquellos que están entre los ricos y los pobres a los que debe gravarse con más impuestos. La razón es clara: trabajan soñando con enriquecerse y temiendo empobrecerse. Por tanto, cuanto más se les quite, más trabajarán para compensar lo que pierden y se acaban convirtiendo en una reserva inagotable. Es claro que son las clases medias las grandes perjudicadas por los denominados, en la intrincada prosa administrativa, paquetes de implementación de medidas para la reducción del déficit que cualquier ciudadano, en román paladino, llamaría subidas de impuestos.

Parece mentira que aún no se haya reducido la estructura del estado. ¿Por qué no se unifican municipios y se eliminan, de una vez, las decimonónicas e inútiles Diputaciones Provinciales? ¿Es tan difícil afrontar el cierre de aeropuertos o líneas de AVE deficitarias? Y la cantidad de empresas públicas en pérdidas o claramente quebradas, ¿porqué no se cierran? ¿No ven que son un derroche inútil?

¿Hay algo más ridículo que tener España sembrada de televisiones públicas, sin audiencia, sin calidad y sin dinero? En un ejercicio de cinismo político y abjurando de mis propios principios, podría admitir que una televisión pública – realmente gubernamental – es un elemento de agitación y propaganda que ayuda a ganar elecciones. Lo triste es que su gestión es tan ineficiente que no están sirviendo ni para eso.

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