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LEONARDO O EL RELOJ DE CUCO


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En El tercer hombreHolly Martins – interpretado por un excepcional y nunca suficientemente reconocido Joseph Cotten – llega a la desolada y depauperada Viena de posguerra el mismo día del entierro de Harry Lime – Orson Welles -, el viejo amigo de la infancia que le ha prometido un buen trabajo en Europa. Intrigado ante la serie de extrañas contradicciones que rodean la muerte accidental de Harry, decide investigarla.

Cuando el mayor Calloway, jefe de la policía británica de ocupación – el siempre exquisito Trevor Howard – le insinúa que Lime traficaba en el mercado negro, Holly lo disculpa con un argumento, desgraciadamente muy reiterado en los momentos de crisis: ¿Quién no lo hace en estos tiempos de escasez? ¿Es tan grave vender unos neumáticos o un poco de carburante?. Olvida, en cambio, que lo que es moralmente reprobable no deja de serlo por el simple hecho de que la mayoría de la gente lo haga, colabore con ello, o sencillamente, lo consienta. De ser así, los campos de exterminio nazis o el gulag soviético hubieran sido moralmente aceptables.

Noria del Prater. Viena (Austria).

Noria del Prater. Viena (Austria).

Calloway le demuestra que su amigo trafica con penicilina, y dada su enorme escasez, no solo la roba de los distintos hospitales militares sino que, para obtener mayor beneficio, la adultera. Aún así, Holly, que se debate entre ser fiel a la amistad o a la justicia, prefiere marcharse de Viena y olvidar lo ocurrido. El mayor británico, que sospecha que Harry Lime está vivo y se ha pasado a la zona de ocupación rusa, no está dispuesto a que se le escape un delincuente de esa calaña. Así, con la exquisita elegancia de un gentleman acompaña a Holly al aeropuerto y con la tozudez de un perro de presa, le invita a visitar el hospital donde cientos de niños, tratados con la penicilina adulterada, se debaten entre una muerte terrible y una vida aún peor.

El impacto que esa evidencia produjo en Holly Martins es similar al sentimiento que están experimentando miles de españoles ante la realidad que estamos viviendo. La crisis económica está siendo nuestro mayor Calloway y nos exige, como aquel a Holly que dejemos de imaginar las cosas como deseábamos que fueran y las aceptemos como realmente son. Y esa realidad, como la de los niños agonizantes por la penicilina adulterada, es muy dura porque, al igual que Holly, nos sentimos traicionados por aquellos de nuestros dirigentes que pensaron que los fondos públicos no eran de nadie. Además, nos pone negro sobre blanco, la forma en que el dinero de los contribuyentes se ha despilfarrado, las duras consecuencias que esto ha provocado y el necesario e ingente esfuerzo que se nos exige para poder salir de este agujero.

La conversación de Holly y Harry en la noria del Prater vienés es uno de los más intensos momentos de la historia del cine. Desde esa privilegiada atalaya, divisan una Viena asolada, semiderruida, una sombra de aquella urbe imperial que fue la envidia de Europa. En ese momento, Lime, con una irónica media sonrisa, le dice a MartinsItalia, durante treinta años, bajo los Borgia, tuvo guerras, terror, asesinatos y derramamiento de sangre… pero produjo a Miguel ÁngelLeonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraternal, quinientos años de democracia y paz. ¿Y qué produjo? ¡El reloj de cuco!.

Ese cínico discurso, escrito por el propio Orson Welles para su personaje, ha sido el leitmotiv de muchos dirigentes políticos de todas las ideologías y en todos los ámbitos de responsabilidad. Para ellos, ese mercado negro de influencias, contratos otorgados a dedo, recalificaciones urbanísticas y demás corruptelas se justificaba con todo aquello que, aparentemente, recibían o podían disfrutar los ciudadanos: aeropuertos, carreras de motos y de Fórmula Uno, espectáculos gratuitos, parques temáticos, televisiones públicas y tantos otros ejemplos, hoy tan arruinados y desolados como la Viena de El tercer hombre.

En el libro que Peter Bogdanovich dedicó a Welles, le confesaba que el discurso es tan convincente que todos los espectadores parecen estar de acuerdo contigo pese a que eres el malo y esa es la gran perversión del mismo. Si los ciudadanos se convencen de que un cierto nivel de corrupción es asumible porque todos acabamos beneficiados, caen en la trampa de los corruptos. Pero olvidan que estos, como Harry Lime, no sienten el menor respeto hacia los demás. Desde la noria, Lime le dice a su amigo: Mira ahí abajo, ¿sentirías compasión por alguno de esos puntitos negros si dejase de moverse? Si te ofreciera veinte mil dólares por cada puntito que se parara, ¿me dirías que me guardara mi dinero o empezarías a calcular los puntitos que serías capaz de parar?

Por tanto, ese parece ser el dilema económico al que se enfrentan nuestras sociedades: ¿Leonardo o el reloj de cuco? ¿Corrupción y grandeza o legalidad y medianía? La falacia del razonamiento está en su propio enunciado. Que a lo largo de la historia haya convivido la corrupción con la grandeza artística no demuestra que esta última sólo surja gracias a la primera. El arte nace del intelecto humano y por tanto, requiere libertad. La riqueza solo surge de la legalidad y se diluye en la corrupción porque los mercados libres necesitan para su desarrollo seguridad jurídica y transparencia, cualidades ambas muy alejadas de las que adornan el mundo de las corruptelas. Pero tristemente, aún siendo clara la falsedad del planteamiento, no podemos negar que provoca una cierta atracción que cautiva, a veces, a electorados enteros que olvidan como la grandeza de unos pocos días genera una ruina que acabará durando años.

Así que, frente a quienes defienden la postura de Lime ante este supuesto dilema, si hubiera que elegir entre Leonardo y el reloj de cuco, hay que recordar que la elección real es entre la corrupción que nos maniata y la legalidad que se ejerce desde la libertad. Sólo estas últimas han permitido, siempre, el desarrollo real y efectivo de las sociedades y de los individuos que las componen.

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