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CUARENTA HORAS


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En el verano de 1942, la situación de los británicos en el norte de África podía calificarse como desesperada. Rommel les había acorralado tan cerca de El Cairo que el Alto Mando barajaba la evacuación de Egipto. Tras la muerte del general Gott, Churchill decidió cambiar el destino del futuro mariscal Montgomery, confiándole el mando del VIII Ejército.

El doce de agosto, el avión que trasladaba a Montgomery aterrizó en el desierto y en solo cuarenta horas – así titula su primer biógrafo, Alan Moorehead, este capítulo de su vida – plantó los cimientos de la victoria sobre el Afrikakorps.

Su primer mensaje careció de cualquier alarde de oratoria, fue sencillo, claro y directo. Se dirigió a sus jefes y oficiales del Cuartel General  les advirtió que había cancelado la orden de retirada. La idea era clara: No habrá retirada. Seguiremos aquí. Y lucharemos aquí. Aunque parezca mentira, el primer efecto que produjo una orden así en los desanimados y desmoralizados soldados del VIII Ejército – conocidos como las Ratas del desierto – fue un enorme alivio. Al fin y al cabo, tras las interminables dudas e indecisiones de los últimos meses, recibían una orden concreta. Cada cual sabía ya, que de allí, saldría victorioso o muerto.

En cualquier situación de crisis, y la guerra es, sin duda, la más clara de todas, un hecho concreto y positivo, aunque sea muy duro y exija enormes sacrificios es un soplo de aire fresco. Vivir en una realidad caótica donde todo va a la deriva, porque nadie aferra decididamente el timón, nos hunde en la desesperanza. Todos somos conscientes de que lo que más angustia al hombre es lo desconocido.

Tumba del Soldado desconocido. París (Francia).

Tumba del Soldado desconocido. París (Francia).

Por fin, el gobierno ha dejado de vacilar y ha puesto encima de la mesa un plan; duro, contundente y lleno de sacrificios. Podremos estar o no de acuerdo con él pero, al menos, nos queda la certeza de que el gobierno sabe ya dónde estamos y qué va a hacer para derrotar la crisis. Montgomery trazó un plan general y lo llevó a cabo. Esa es la única obligación que el gobierno tiene para con los ciudadanos y debe ser consciente de que se le va a exigir.

Cada español va a asumir, una vez más, mayor carga fiscal con la subida del IVA y otros impuestos; va a perder derechos que ha adquirido con su trabajo y mediante aportaciones económicas en unas condiciones que ahora se le cambian unilateralmente – recorte de las prestaciones por desempleo o modificación de las condiciones de jubilación – ; y en el caso de los funcionarios públicos, se les recorta el salario, aún más, mediante la anulación de la paga extra de Navidad que si cobraran los empleados de las empresas públicas. Y todo ello, lógicamente, entrará en vigor, hoy mejor que mañana.

Uno de los mayores valores del mariscal Montgomery fue su sincera convicción de que hacía lo correcto y el tesón que puso en llevarlo a cabo. Monty – como le acabó conociendo todo el mundo – fue un ejemplo para sus soldados. Confiaba en ellos y ellos confiaban en su general.

En cambio, en este ingente paquete de medidas económicas echo de menos algo tan importante como el ejemplo. El esfuerzo de los ciudadanos se va a exigir de modo inmediato, el del estado, no. Diputados y senadores renunciarán – en un futuro y tras los correspondientes trámites – a su paga extra de Navidad. El año próximo se reducirán las subvenciones a partidos y sindicatos. En las elecciones de 2015 – ¡cuán largo me lo fiáis! – habrá veintiún mil concejales menos. Igual plazo se establece para reducir las más de cuatro mil empresas públicas que, por cierto, no llegaban a dos mil hace siete años.

En definitiva, es positivo que de una vez, se afronte la crisis con un plan determinado pero no puedo menos que resaltar con enorme sorpresa la descarada diferencia de trato que el gobierno aplica al estado y a los ciudadanos.

Bajemos, de modo somero, al detalle. Es claro que alguna de estas medidas no parece la más apropiada. Elevar la carga fiscal no es la única manera de equilibrar un presupuesto. Lo he dicho tantas veces que me hastía repetirlo, pero al menos, me consuela el hecho de que no soy el único en recordarlo. El propio presidente del BCE, Mario Draghi, no deja de hacerlo y recomienda, esperemos que pueda exigirlo, reducir el gasto innecesario. Aún así, la subida del IVA tiene de positivo que es el ciudadano quien decide si paga o no el impuesto, ajustando sus decisiones de consumo a diferencia del IRPF donde la imposición, al ser directa, elimina su capacidad decisoria. No sé porqué nadie plantea un IVA especial para artículos de lujo. Al fin y al cabo, cuando volvamos de vacaciones habrá quien se compre un abrigo de paño para combatir el frío, en tanto que otros, privilegiados, lo adquirirán de pieles. ¿Porqué ambos bienes han de tributar al mismo tipo? No parece lógico en plena crisis.

La reducción de sueldo a los funcionarios de carrera es una decisión injusta y demagógica en un país donde abundan los cargos de confianza y los de libre designación seleccionados entre hijos, primos, sobrinos y demás familia sin más cualificación que la del parentesco o la amistad. Con más de cuatro mil empresas públicas, la mayoría, ineficientes y ruinosas, esta medida es una auténtica broma macabra. Sería infinitamente más lógico cerrarlas todas y hacerlo antes de que los funcionarios – que, estos si, han superado las pruebas selectivas para formar parte de la administración – vean que no reciben la paga de Navidad. El gobierno actúa como el padre egoísta e irresponsable que elimina los regalos de Reyes de sus hijos pero sigue saliendo de copas con los amigos los fines de semana.

Quizás, la gran diferencia entre Montgomery y el presidente Rajoy es que aquel aplicó sus propias ideas, largamente meditadas en años de estudio, para derrotar a Rommel y nuestro gobierno lo que ha hecho, ha sido enterrar su propio programa electoral.

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