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EL DILEMA DEL DOCTOR HOUSE


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¿Qué prefiere, un médico que le coja la mano mientras agoniza o uno que no le haga caso pero le salve la vida? El enfermo que escuchó esta frase de boca del doctor House – interpretado magistralmente por Hugh Laurie – debió sufrir sin duda, una conmoción similar a la que experimentaron los asombrados colaboradores del propio House, poco acostumbrados a que este se interese por un enfermo, ya que lo que realmente le apasiona es la enfermedad.

El dilema de House – creo que podemos llamarlo así – nos exige optar entre dos alternativas tan opuestas como el blanco y el negro, obviando la existencia de la infinita gama de grises que surgen por la combinación de ambos. Pero es muy útil para determinar qué es lo que predomina en una decisión, sea personal, política o empresarial. Además, es claro que ante ella, todos elegiremos que nos salven la vida, aunque sólo sea por una cuestión de egoísmo. En definitiva, preferimos la eficiencia. Cualquier enfermo le exige a su médico que le cure, si además lo hace con amabilidad, al reconocimiento profesional se unirá el agradecimiento personal. En las empresas y en la administración pública, en cambio, es habitual preferir otras, llamémosle cualidades, diferentes a la eficiencia.

House no cumple los horarios y rechaza sus obligaciones burocráticas pero es un genio en su trabajo. Eso lo sabe muy bien la doctora Cuddy que demuestra ser una excelente gestora del personal a su cargo, negociando día a día con el rebelde House para obtener el máximo reconocimiento profesional de su hospital gracias a la eficiencia demostrada con sus pacientes.

Es evidente que ninguna empresa, ni siquiera el prestigioso y ficticio Hospital Universitario Princeton-Plainsboro de Nueva Jersey, dispone de un número significativo de genios excéntricos como el doctor House para quienes hay que establecer especialísimas condiciones de trabajo si queremos obtener resultados que puedan situarnos en la excelencia.

Pero también lo es que la sociedad actual requiere formas de gestión de personal muy diferentes a las utilizadas hasta hoy. Es claro que la estructura social ha cambiado, la incorporación de la mujer al mercado laboral es una realidad más que consolidada, la conciliación entre familia y trabajo o el disfrute del tiempo libre son exigencias sociales y el capital del futuro no puede ser otro que el intelectual.

España sigue siendo una economía de baja productividad. Si ha crecido últimamente es porque producimos casi lo mismo pero desgraciadamente, el número de trabajadores activos ha disminuido dramáticamente. Además, las empresas españolas y casi toda la sociedad premiamos el presentismo sobre la productividad y la eficiencia. Es decir, si aplicamos el dilema de House nuestras empresas prefieren que les cojan la mano mientras agonizan. Para estos empresarios y gestores, el buen trabajador es el que más tiempo permanece “de cuerpo presente” en la empresa, haga lo que haga, incluso aunque su efectividad sea nula. Realmente, si un empleado necesita más horas de las habituales para realizar su trabajo, o se le ha asignado una tarea excesiva para su nivel de conocimientos y remuneración, en cuyo caso habrá que exigir responsabilidades a sus jefes o al departamento de personal o es un inútil, incapaz de cumplir con las tareas asignadas y por tanto, lo más sensato será prescindir de sus ineficaces servicios.

El sistema de organización racional del trabajo que Frederick Taylor estableció allá por 1912 en su libro Principles of Scientific Management debería estar más que sobrepasado un siglo más tarde y sin embargo, en este entorno de crisis, son cada vez más habituales en España las voces que abogan por trabajar más y cobrar menos o por controlar informáticamente a los trabajadores. Lo lógico sería trabajar mejor para cobrar más. Si se aumenta la producción y con ella el beneficio, es lógico que esa rentabilidad se distribuya entre el capital y el trabajo, una vez que el estado se ha hecho con su parte a través de los inevitables impuestos. Así es como se incrementa la productividad. Trabajar más para cobrar menos, sólo es una trampa estadística y una renuncia a la eficiencia y al desarrollo social.

Estos nuevos apóstoles del más rancio taylorismo parecen incapaces de comprender que en casi todos los países que están a la cabeza de Europa no hay oficinas abiertas a las siete de la tarde y la mayoría de los comercios cierran a horas en las que en España aún estamos entre las cuatro paredes de nuestra oficina perdiendo el tiempo en maquetar vanos e inanes “power-points” con los que presentar informes sin valor alguno a nuestros, aparentemente ocupados jefes que los arrumbarán en la carpeta más perdida de su ordenador portátil.

Ni la reciente reforma laboral ni ninguna otra serán capaces de mejorar la productividad de los españoles si seguimos pensando como hace cincuenta años. Hay que desarrollar una nueva cultura en la forma de entender el trabajo. La realidad es tozuda y hay que rendirse a ella. Las largas jornadas de trabajo espero que sean el último reflejo de la vieja España caciquil que creíamos haber desterrado para siempre y que, lamentablemente, reaparece de vez en cuando para nuestro desconsuelo. Hay que romper esos viejos hábitos si queremos situarnos, de una vez para siempre, entre los líderes de esta Europa nuestra que, como señalaba Ortega, vuelve a ser la solución y en ningún caso el problema.

Hay que concentrarse en los nuevos hábitos que debemos implantar porque esta vez nuestros jóvenes están bien preparados y formados. Conocen Europa y allí se sienten a gusto porque ya no son inmigrantes de maleta de cartón y tren de tercera. Por tanto, corremos el serio riesgo de que se harten de una España que empieza a aburrirnos a muchos y todo ese capital intelectual y humano se quede en cualquier país de Europa, esta vez para no volver.

España y sus empresas deben saber elegir. Es mejor tener como médico al doctor House porque nos cura aunque no nos coja de la mano.

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