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¡QUÉ VERDE ERA MI VALLE!


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Nadie puede negar que un cierto halo de gloria romántica envuelve cualquier conflicto laboral que tenga a los mineros como protagonistas. Sea porque la memoria colectiva convirtió en leyenda la revolución de Asturias o porque, de un modo menos trágico, si una generación creció tarareando el Soy minero de Antonio Molina, la siguiente coreó emocionada en parques y plazas de toros durante la transición, que el abuelo fue picador allá en la mina y arrancando negro carbón quemó su vida, a la vez que encendía los mecheros bic y mecía sus titilantes llamitas al compás de la voz profunda de Víctor Manuel.

Pero hoy, la mayoría de los españoles ven las imágenes de los mineros lanzando petardos como las de un conflicto en blanco y negro. Solo parece que falten los grises, un par de milquinientos con sirenas en el techo, líderes sindicales con jerseys de cuello vuelto y puño en alto y empresarios de traje oscuro y bigotito recortado del tardofranquismo.

Pradera del Castillo de Linderhof. (Alemania).

Pradera del Castillo de Linderhof. (Alemania).

Es una situación tan nostálgica como la que nos relata el maestro Ford en ¡Qué verde era mi valle! Lamentablemente, los mineros españoles, como los galeses de finales del XIX que protagonizaron la película, deben entender que hay formas de vivir que desaparecen engullidas por el devenir de los tiempos. El propio título de la novela de Richard Llewellyn nos adelanta que esa es la historia de un mundo que ya no existe. Y John Ford, en un alarde de maestría narrativa arranca con un plano secuencia que nos muestra las manos encallecidas de Huw Morgan anudando un hatillo con sus pocas pertenencias y después, desliza la cámara a través de una desvencijada ventana para presentarnos lo que queda, cincuenta años después, de un, en otros tiempos, próspero valle minero donde el padre y los cuatro hermanos mayores de Huw trabajaban en la mina.

La solidaridad y el espíritu de familia de los Morgan recuerdan vívidamente al heroísmo personal, tristemente inútil, que están mostrando nuestros mineros y sus familias. Es lamentable que comarcas enteras sientan que carecen de futuro, pero no es realista esperar que los contribuyentes mantengan artificialmente un sector de la economía de modo indefinido. Además, esta vez la atención social no es, ni mucho menos, similar a la de otras ocasiones. No sé si esto se debe sólo a la situación generalizada de crisis económica, si es fruto de lo rancio de las peticiones, de la retórica de entreguerras de empresarios y sindicalistas o porque ya, desgraciadamente para los mineros, sus problemas de supervivencia y futuro son un conflicto recurrente en cada crisis y se han convertido en parte del atrezo. En épocas de bonanza, los diferentes gobiernos han soslayado el asunto repartiendo alegremente subvenciones que se traducían en apoyo electoral, pero han sido incapaces de atacar directamente el problema.

La pérdida de competitividad de las minas es algo lógico en toda explotación de recursos naturales finitos y no renovables. Cualquier mina, en cualquier lugar del mundo se agota. Y lo hace porque se acaba el mineral o se obtiene tan poco que se encarece su extracción hasta límites antieconómicos o porque aparece la competencia de terceros que ofrecen una materia prima mejor o más barata, o ambas cosas y por tanto, más competitiva. En definitiva, nada diferente a lo que le puede ocurrir a cualquier otra empresa, sea cual sea el sector donde se desarrolle su actividad. Pero este conflicto, que ya han vivido otros países está abocado a una única solución posible, el cierre de los pozos. La previsión, en este caso, hubiera sido fundamental. Todo ese dinero enterrado en minas improductivas debió dedicarse a cambiar la estructura económica de las comarcas mineras, no a mantenerlas con respiración asistida. Todos sabemos que en determinadas ocasiones, es mejor derruir una casa y edificar otra nueva antes que despilfarrar los recursos económicos de que dispongamos, siempre escasos por otra parte, para parchear lo que no es más que una ruina que se mantiene en pie por arte de birlibirloque.

Los valles mineros de Gales constituían, a finales del XIX, una sociedad donde las clases estaban claramente diferenciadas y en la que aparecen los primeros movimientos sindicales de resistencia al poder omnímodo de los patronos. Por eso, las únicas salidas son la sumisión a la empresa, la lucha revolucionaria o la emigración, la aventura americana. Pero esa no es la realidad actual. Hoy vemos como mineros y empresarios van de la mano a pedir a papá estado que mantenga sus ineficientes empresas. Si en un contexto como el actual esa pretensión es claramente imposible, es poco recomendable en tiempos de bonanza. Hay que admitir la realidad y aquí es clara, nuestra minería no tiene capacidad para competir en el mercado internacional, que es el único posible.

El primero de marzo de 1984, los mineros británicos liderados por Arthur Scargill, iniciaron una huelga por causas similares a las que hoy vemos en España, el cierre de veinte de las ciento setenta y cuatro minas propiedad del estado. Tras un año continuado de paro, la tozudez de la realidad se impuso a las reivindicaciones sindicales y el gobierno de la señora Thatcher ganó el pulso. En 1985 se cerraron veinticinco minas, para 1992 ya eran noventa y siete y en 1994 se privatizó el resto.

Al igual que Ford homenajea a la familia como institución y a la comunidad unida en solidaridad evitando que la cinta se nos aparezca como pesimista e incluso cruel, nosotros no podemos menos que reconocer la angustia de las comarcas mineras pero, a la vez, debemos exigir a las distintas administraciones implicadas que no puede desperdiciarse ni un solo euro más en mantener empresas en pérdidas. Un plan para reactivar económicamente las comarcas y evitar la emigración por razones económicas de miles de familias es algo a lo que nadie en un país desarrollado como España debe negarse pero volver, una vez más, a la solución fácil de las subvenciones sería una estafa más al resto de ciudadanos.

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