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CIUDADES PARA EL FUTURO


Publicado en Granada Hoy

El mayor mérito de Javier de Burgos no fue la división provincial de España sino el valor y la voluntad política de llevarlo a cabo retocando el diseño fallido de 1822. Casi dos siglos después, esa muestra de modernidad que enterró la enmarañada y casi feudal organización del Antiguo Régimen, agoniza entre la indiferencia de la ciudadanía y el inmovilismo de los gobernantes.

Nuestros municipios, herederos del doceañismo gaditano se pensaron para pequeños y aislados grupos de población y no responden a las necesidades del siglo XXI. Cuando la alta velocidad ha sustituido a la diligencia y la informática al recado de escribir, nuestra administración municipal sigue oliendo a naftalina. Y sin embargo, no me consta que nadie, con capacidad de realizarlo, haya propuesto la fusión de toda la conurbación de Granada, donde reside más de la mitad de la población provincial, en un solo municipio.

El Albaicín desde la Alhambra. Granada (España).

El Albaicín desde la Alhambra. Granada (España).

Una de nuestras quejas recurrentes es la relativa al poco interés que Granada despierta en los diversos gobiernos, nacionales o autonómicos. En cualquier ámbito de decisión, la fuerza de un ayuntamiento de medio millón de habitantes siempre va a ser mayor. Pero el motor que debe impulsar la unión de municipios no debe ser ese prurito de notoriedad que suele anhelar toda ciudad. Vivimos en un mundo cambiante donde el trabajo ya no a está a la vuelta de la esquina y casi nadie hace cola delante de una ventanilla porque las gestiones se realizan a través de internet. Por esas razones, un servicio eficiente tiene valor para el ciudadano y en cambio, le resulta indiferente el lugar físico donde se encuentre su ayuntamiento cuya gestión, dividida por distritos, evita la desatención de los núcleos más pequeños.

Así, la estructura de los servicios responderá a las necesidades reales de una unidad funcional como es la conurbación de Granada. Las sinergias generadas son evidentes: transporte común y racionalizado, igual imposición fiscal, mayor potencia negociadora, creación de economías de escala que generan claros ahorros, profesionalización de la gestión, etc. Entonces, ¿dónde está el problema?

A finales del XVIII, James Madison defendía en El Federalista que cuanto más pequeña es una sociedad, más escasos son los partidos e intereses que la componen, más frecuente será que el mismo grupo tenga la mayoría y mayor será la facilidad de concertarse y ejecutar planes opresores. En cambio, si se amplía la esfera de acción, habrá más variedad de intereses y será menos probable que una mayoría usurpe los derechos y la libertad de los demás ciudadanos.

Si Madison hubiera conocido la España coetánea habría sintetizado ese párrafo en un par de castizos vocablos: caciquismo y clientelismo.

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