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EL FIN DE UNA ERA


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Aunque solo fuera por disfrutar de la elegantísima y siempre convincente actuación de esa gran dama de la escena que es Maggie Smith, merecería la pena sentarse ante el televisor y volver a ver todos y cada uno de los capítulos de Downton Abbey. Es lógico que un trabajo de tal calidad, tan superior a toda esa morralla con la que nuestras cadenas nacionales nos aburren alevosamente, haya alcanzado un indudable renombre internacional. Pero además, la exitosa serie es un fidelísimo fresco histórico que retrata con la conocida minuciosidad británica la realidad de un imperio inmerso en una profunda crisis social y económica, pues la indiscutible primacía de su industria era puesta en entredicho por el rápido desarrollo de Alemania y Estados Unidos.

DESPACHO Y MIRADOR DEL CASTILLO DE LEEDS. KENT (REINO UNIDO)

DESPACHO Y MIRADOR DEL CASTILLO DE LEEDS. KENT (REINO UNIDO)

En ese momento, la ilusión de los que anhelaban una sociedad diferente pugnaba con la resistencia de quienes preferían que nada cambiase. Y aunque parezca paradójico, el apoyo a cada opción no siempre era consecuencia directa de la posición social que se ocupaba. Curiosamente, una parte del servicio de Downton Abbey defiende posturas más inmovilistas que las de las propias hijas del Conde de Grantham. El mundo que vivió el cambio de siglo se desmoronó de tal modo que, finalizada la Primera Guerra Mundial, nada volvió a ser como antes. Para varias generaciones, la Gran Guerra fue un doloroso paso del rubicón que dejaba atrás el estricto y estamentalizado orden social del mundo victoriano, representado por la Condesa Viuda – Maggie Smith– y se dirigía hacia otra forma de entender la sociedad encarnada por sus nietas, que se rebelan contra los usos establecidos. Incluso una de ellas acaba casándose con el chófer que para más inri, además de pertenecer a una clase inferior, es irlandés. En medio, como un espectador desubicado, Lord Grantham se debate entre su pertenencia a un mundo que sabe que finiquita y el miedo que le provoca un cambio que ve como un salto al vacío.

Las sociedades occidentales estaban tan radicalizadas que salvo algunas excepciones ejemplares, acabaron echándose en brazos del totalitarismo soviético o del fascismo. Pocos países fueron capaces de realizar un cambio social y económico tan importante sin abandonar la senda de la libertad y la democracia.

A semejanza de aquellos azarosos años, hoy vivimos una situación socioeconómica similar. Bien es cierto que el fantasma de la guerra no se atisba siquiera entre los miedos de los ciudadanos occidentales y esa es una buena noticia. De todos modos, algunos choques armados, utilizando el eufemismo acuñado durante la guerra fría, podrían calificarse como conflictos de baja intensidad y no debemos olvidar el peligro latente que supone el terrorismo internacional.

De igual modo, la generalizada situación de crisis no ha dejado a nadie indemne. Todo aquello que nos habían inculcado como una verdad inalterable ha dejado de serlo. La vivienda en propiedad ya no sólo no es una garantía patrimonial sino que está empezando a valorarse por debajo de la deuda que garantiza. Ser funcionario o trabajar para la administración pública ya sólo constituye una precaria seguridad en el empleo pero ha dejado de serlo en lo que respecta a los ingresos. Las pensiones públicas están el punto de mira y no en lo relativo a sus futuras cuantías o a la forma en que se calcularan, sino en lo que respecta a las percepciones actuales. Educación o sanidad, pilares básicos del estado de bienestar y de cualquier sociedad desarrollada, se ponen en solfa y las relaciones laborales inciden mucho más en reducir los derechos adquiridos, justificados o no, que en generar las condiciones necesarias para que se cree empleo. En fin, parece que estamos diciendo adiós al mundo conocido. Asistimos al fin de una era y como Lord Grantham sentimos el vértigo que supone vernos al borde de un precipicio y sin posibilidad de volver a transitar por el mismo camino que nos ha llevado hasta aquí.

Ante esta situación, el mayor peligro al que nos enfrentamos es el de sucumbir a los cantos de sirena de los extremismos salvapatrias. Si nuestros dirigentes, en España y en Europa son incapaces de reaccionar, el futuro será cada vez más borrascoso y crecerá la posibilidad de que, ante la incompetencia y el inmovilismo interesado de las élites gobernantes se reediten tristes episodios totalitarios. Si el comunismo acabó con tres siglos de los Romanov en el trono fue por la intransigencia iluminada del zar Nicolás II.

En cambio, el Reino Unido entendió que los cambios sociales y económicos eran inevitables y requerían nuevas reglas de juego democrático. Votada en plena guerra y símbolo de toda la nación la Representation of the people Act de 1918 concedió el voto a todos los varones y a las mujeres de más de treinta años creando ocho millones de nuevos electores, entre ellos, seis millones de mujeres. A más democracia, más estabilidad. El Partido Laborista sustituyó a los liberales y aunque socialista, nunca tuvo ansias revolucionarias. El país no se libró de la crisis económica que siguió a la guerra pero la estabilidad de la nación nunca se vio amenazada.

La lección, por tanto, parece clara. Si Europa quiere salir fortalecida de una crisis tan profunda como esta sólo podrá hacerlo si avanza hacia un sistema más democrático en el que el ciudadano tenga voz directa sobre las instituciones de la U.E. La unión económica y monetaria que alcanzamos hace algunos años solo podrá mantenerse fuerte si, de una vez por todas, convertimos en realidad la unidad política que fue la idea básica de los Padres de Europa.

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