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CÓMO PARTIR UNA TARTA


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Repartir un goloso pastel de chocolate entre dos niños, sobre todo si uno de ellos es especialmente quisquilloso, puede terminar en una tragedia familiar de lloros y recriminaciones respecto a qué parte del pastel es más grande y a las ocultas razones que llevaron a quien lo cortó a entregar el más pequeño de los trozos al pobre niño quejoso y agraviado.

Expositor del Cafe Demel. Viena (Austria)

Expositor del Cafe Demel. Viena (Austria)

Ese es el problema que deben resolver los gobiernos a la hora de distribuir, en estos tiempos de crisis, los recortes presupuestarios de una manera justa. Cualquier persona sensata deduciría que la mejor manera de dividir una tarta en dos trozos es, sin duda, aquella en la que quien corta es el último en elegir. En ese caso, parece claro que pondrá todo su empeño en que los dos trozos sean tan iguales que no quepa duda alguna al respecto. Aún así, si supiera que el otro detesta el dulce o le consta que es un bendito, la solución es indiferente ya que es seguro que cogerá el trozo menor. Pero si carece de esa información, la utilidad del método es incuestionable.

Tan es así que el derecho mercantil utiliza este razonamiento desde hace siglos para afrontar el reparto justo de los negocios en común. Aunque ya en el derecho romano hay cláusulas similares, el pacto andorrano es la forma habitual de desbloquear una situación en la que dos socios no coinciden en el rumbo que debe llevar la empresa. El acuerdo es muy simple, uno de ellos valora la acción y el otro decide si prefiere vender su parte o comprar la del tasador. Así, la estimación será muy objetiva; si es mayor que el precio de mercado, quien tasó se verá obligado a comprar caro y en caso contrario tendrá que vender barato, perjudicándose en ambos casos.

Su origen se remonta al siglo XIII. Aurembiaix – hija de Ermengol VIII – era la legítima heredera del Condado de Urgel pero el control efectivo del feudo lo ejercía su primo Geraldo de Cabrera. En las Cortes de MonzónJaime I se reunió con el conde intruso que propuso una idea al rey de Aragón para acabar con el litigio: devolvería el feudo a la corona a cambio de una importante cantidad de dinero en concepto de prenda; si Aurembiaix entregaba al rey esa cantidad, recobraría el condado, si no, él devolvería el dinero de la prenda a cambio de Urgel.

En el reparto del amargo pastel de los recortes el problema es más complejo ya que hay que dividir entre muchos y quien esgrime la pala de tarta, además de temblarle el pulso, se siente más que observado, amenazado, por la mirada ansiosa de gobiernos autonómicos, diputaciones, ayuntamientos, empresas públicas, y demás familia que, como el niño goloso, tienen la sensibilidad a flor de piel y están prestos a expresar su disconformidad recurriendo a la verraquera, el síncope y la pataleta.

Lo primero que debería hacer un gobierno es una lista de prioridades, que no se ha hecho y lo segundo y más importante, estrujarse el magín, lo que no debería sernos difícil si sigue siendo cierta la afirmación de nuestro buen Lázaro de Tormes de que el hambre aguza el ingenio. Utilicemos la anécdota del pastel para buscar la forma más eficiente de dividir los costes del necesario ahorro. No es más que un juego, pero nos obliga a pensar, así que supongamos que sólo podemos hacer tres cortes y que la tarta en cuestión es, como casi todas, cilíndrica.

La mayoría de la gente pensará que la única posibilidad que tenemos es hacer seis trozos. Marcamos el centro de la tarta y los cortes equivalen a tres diámetros del círculo. Ese suele ser el punto en el que, aunque parezca mentira, se paran los gobiernos. No es muy difícil hacer siete, basta con que los cortes no sean diámetros sino cuerdas y dejar un triángulo en el centro. No mejoramos mucho, pero hacemos una parte más aunque ya saben que, en este mundo del pensamiento oficial y único, la excusa más habitual es aquella tan reveladora que se concreta en la expresión, no hay más que un camino que resume en seis palabras, la rendición intelectual más absoluta.

Sin embargo, las posibilidades de obtener ocho trozos son varias: hacer dos cortes verticales en cruz y uno horizontal que divida la tarta en dos más finas; cortar tres rodajas con dos cortes y dividirlas con un tercero vertical o cortar en dos partes, poner un trozo encima de otro, dar otro corte y por último, apilar los cuatro trozos y dar el tercer corte.

Pero sigamos dándole vueltas al asunto, no nos conformemos con ocho partes. ¿Se podrían hacer más? Si. Lo más fácil, aunque a los cerebros cuadriculados y a las mentes dogmáticas les parezca imposible, es dividir la tarta en infinitos trozos y sin salirnos de la propuesta inicial de que es cilíndrica y solo podemos dar tres cortes.

La solución más ingeniosa y por tanto la más elegante, es apoyar la punta del cuchillo en el centro de la tarta y utilizándolo como pivote girar hasta convertirla en una hélice de infinitas vueltas ya que no hay porque asumir que no puede hacerse un corte de ínfimo grosor. Después la cortamos por la mitad y todavía nos quedaría la posibilidad de dar un tercer corte que se torna innecesario.

Este caso, utilizado en las clases de gestión de empresas nos aporta una enseñanza muy simple: no debemos tomar decisiones precipitadamente. Los directivos de una empresa o los líderes de un país deben huir de las soluciones trilladas, sencillamente por qué son conocidas por todos y, por tanto, no aportan nada nuevo a la solución de los problemas que nos preocupan. Es un craso error. El progreso surge cuando hacemos lo que nadie había hecho hasta ese momento. Por eso es irracional que una sociedad medianamente preparada como la nuestra se paralice pensando que no hay más que un camino. Sencillamente, es falso.

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