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¡HAGAN JUEGO!


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Al fin, el nuevo Míster Marshall ha decidido quién va a recibir el premio gordo de su lotería de tragaperras y mesas de juego y ha elegido Madrid. Los números de la propuesta de Eurovegas son mareantes: varias hectáreas donde construir un macrocomplejo de ocio que generará cientos de miles de puestos de trabajo, edificios de cuarenta plantas, hoteles de lujo con más habitaciones que las que actualmente tiene disponibles la Villa y Corte, miles de plazas de aparcamiento gratuitas y enormes teatros concebidos para ofrecer espectáculos epatantes y captar, esa es la idea básica de Las Vegas Sands compañía promotora del proyecto, millones de turistas provenientes de toda Europa y de los países de la antigua Unión Soviética.

Una vez en funcionamiento, es claro que esa especie de parque temático para adultos cuya principal oferta es el juego, atraerá a toda una legión de jugadores de fortuna, prestamistas, usureros, aventureros de todo tipo y pelaje, prostitutas y proxenetas además del inefable y excesivo mal gusto de Las Vegas por el que cualquier persona con una mínima sensibilidad artística ha sentido vergüenza ajena al verse obligado a soportarlo desde la butaca de cualquier cine del mundo.

Pero, aunque me encocora muchísimo, lo que más me inquieta no es la calificación moral o estética de un proyecto del que aún conocemos tan poco. Todos tenemos claro que no va a ser el lugar indicado para llevar a los niños de vacaciones, ni para organizar la próxima JMJ (Jornada Mundial de la Juventud). Tampoco va a atraer a los amantes de la cultura; perpetrar un pastiche que replique los canales de Venecia o la esfinge de Guiza, tan del gusto hortera de Las Vegas, es garantía segura de que los viajeros que buscan la exquisitez arquitectónica no van a convertirse en público objetivo de semejante engendro.

Es más, millones de ciudadanos jamás pondrán un pie allí, sea por cuestiones morales o estéticas o sencillamente porque nunca les haya atraído jugarse el sueldo en las mesas de la ruleta o el black jack. Todo juego entendido como negocio está calculado matemáticamente para que sea el propio casino quien tenga mayor probabilidad de obtener beneficios.

Lo menos edificante de este asunto es el hecho de que no hayan trascendido aún todas las condiciones exigidas por el señor Adelson. Se ha publicado que la compañía americana pretende obtener rebajas de carácter fiscal en la tasa autonómica sobre el juego, el IVA, la tributación de los premios y las cuotas de la Seguridad Social. Además sus responsables podrían haber exigido modificaciones en la Ley del Tabaco, así como, lo que es mucho más preocupante, en la legislación laboral, la de blanqueo de capitales y la urbanística y medioambiental. Solicitan también que la administración expropie a aquellos propietarios privados que no quieran vender y como guinda del pastel han pedido que, en caso de no obtener financiación, reciban un aval del estado. Sinceramente, en esas condiciones no hace falta que venga ningún Míster Marshall a crear complejos de ocio, parques temáticos o macrocasinos. Con tantas facilidades, casi cualquiera puede montar un negocio.

Es triste comprobar hasta qué punto de bloqueo mental han llegado nuestros dirigentes políticos. Su incapacidad para tomar medidas que generen crecimiento y reduzcan el desempleo endémico de nuestra economía les hace ser blanco fácil de cualquier propuesta por descabellada que parezca. Es cierto que no estamos ante aquella otra aventura fallida que propuso convertir los Monegros en Las Vegas que, al final y como no podía ser de otra manera quedó en nada. En este caso la compañía proponente tiene en funcionamiento dos estructuras similares en Singapur y Macao pero las exigencias de cambios legales deben ser, en un país como España, sencillamente, inadmisibles.

No hace muchos días comentaba en estas mismas páginas la trampa que, para el mercado, suponen las subvenciones. Si un proyecto es rentable, no necesita ayudas y si no lo es para qué vamos a tirar el dinero público ayudándolo. Ese es el único razonamiento sensato. De modo temporal y limitado podemos admitir que se impulsen nuevos mercados o proyectos innovadores subvencionándolos pero tampoco podemos olvidar que Silicon Valley – modelo reiterado de innovación, investigación y desarrollo – no creció gracias a ellas sino a la iniciativa privada.

Si el proyecto de casinos, hoteles y centro de convenciones es rentable por sí mismo, no parece sensato que deba recibir subvenciones públicas. Porque, ¿cómo podemos calificar, si no, al cúmulo de solicitudes de los promotores? Al fin y al cabo, todo el dinero que la administración pública no recaude al realizar rebajas fiscales a medida se convierte en subvención pues quedará en la caja del señor Adelson y no en la del Tesoro Público.

El ejercicio de la libertad de empresa es, no sólo legítimo sino deseable. Ejercer la libertad individual en cualquier ámbito es un derecho inalienable de cualquier ciudadano y sólo debe limitarse por el ejercicio de la libertad de los demás. El mercado libre es aquel donde todos los participantes disponen de igualdad de oportunidades y la ventaja competitiva surge de su eficiencia y de sus capacidades no de modificaciones legales realizadas a medida por el poder político.

En esa obra maestra de la ironía que es El asesinato considerado como una de las bellas artes escribió Thomas de Quincey que si uno comienza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del Día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente.

Así que si empezamos por no respetar la jornada de trabajo podemos acabar por permitir de nuevo que los niños bajen a picar a la mina. El mero planteamiento de que para conseguir la instalación de Eurovegas podemos modificar las leyes que sea necesario a gusto del inversor sólo demuestra la futilidad de nuestros dirigentes. Con el argumento de la creación de empleo a cualquier precio podemos acabar pagando uno muy alto.

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