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BUSCANDO UN HAMILTON


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La U.E. es una realidad imperfecta, pero es una realidad. A diferencia de otros modelos de relación más o menos estrecha entre naciones, sea la Commonwealth o nuestra simpática Comunidad Iberoamericana de Naciones, en la U.E. han primado más los intereses políticos y económicos que las grandilocuentes declaraciones de hermandad.

Ese sentido práctico de la construcción europea se ha criticado por quienes pretenden descalificarla tildándola de ser la Europa de los mercaderes. Para quienes creemos en la libertad, que nos llamen mercaderes es un elogio y en ningún caso un insulto. Probablemente, su ignorancia les hace desconocer como a lo largo de la historia de Europa han sido los mercaderes quienes, no sólo la han unido gracias a las relaciones comerciales sino que aplicando la sensatez y el legítimo interés como guía de conducta, han mantenido el diálogo y la relación entre las personas. Porque los ciudadanos libres están por encima de Papas, emperadores, reyes, gobernantes de todo tipo y estados o países que aparecen y desaparecen como anécdotas que son, a lo largo de la historia. No sé si por olvido o desconocimiento detestan la creación de riqueza que desde los albores de la civilización representa el comercio y obvian que la actual cohesión europea no existiría si los Padres de Europa se hubieran conformado con redactar bonitos discursos.

Por eso es una buena noticia que los ministros del Club de Berlín en la reunión que han mantenido en Polonia, hayan manifestado la necesidad de dar más poderes a la Unión para que intervenga en las cuentas de cualquier estado que se desvíe de los objetivos establecidos de déficit y soliciten la puesta en marcha de un auténtico Fondo Monetario Europeo para afrontar futuras crisis de deuda. Aunque sea de un modo tímido es significativo que los gobiernos de Alemania, Francia, Italia o España, entre otros, sean conscientes de la necesidad de avanzar en la consolidación de la U.E. como un estado confederal con el objetivo último de convertirnos en un solo país en un futuro que espero no sea muy lejano.

Algunos van algo más allá y piden la mutualización del riesgo soberano, aunque siempre, como no podía ser de otra manera, respetando la responsabilidad de cada estado en la elaboración y sobre todo, en el cumplimiento de los presupuestos nacionales. En este asunto, y al igual que el desconocimiento de nuestra propia historia pretende, sin conseguirlo, poner en solfa a la Unión llamándola Europa de los mercaderes, ese rancio antiamericanismo que no es más que orgullo de aldeano empobrecido y que, por desgracia, está tan arraigado en España desde que nos dejaron con menos barcos que Suiza, allá por 1898, nos impide mirar las soluciones que se dieron al otro lado del Atlántico en la creación de los Estados Unidos.

Un país que lleva celebrando elecciones cada dos años desde finales del siglo XVIII, sin que, parafraseando a Espronceda, enemigo navío, ni tormenta, ni bonanza su rumbo a torcer alcance, ni a sujetar su valor merece un enorme respeto sobre todo de los españoles, que sabemos lo que es la democracia desde hace treinta y pocos años.

Aprendamos de sus aciertos y evitemos sus errores ya que nos encontramos en un proceso de construcción económica y política similar al suyo. Tras la euforia de la independencia, vinieron los duros años de guerra para conseguir la libertad. Una vez expulsados los ingleses el campo de batalla se trasladó al debate político. Como en cada cumbre europea había que elegir entre los estados o la Unión. La Constitución americana sacralizaba los derechos y libertades de los ciudadanos pero no podía, por sí misma, garantizarles un futuro, porque debían crear un estado de estados. Y en esa encrucijada aparece la figura de Alexander Hamilton, amigo y secretario de George Washington. Luchó en la guerra, participó en la redacción de la Constitución y fundó el Partido Federal, primer partido político norteamericano. Como Secretario del Tesoro organizó la banca y creó el origen de la Reserva Federal equivalente a nuestro BCE.

Aunque podemos estar de acuerdo con algunas de las políticas de Hamilton y no con otras como la defensa del proteccionismo frente al libre comercio, si pensamos en nuestro actual problema con la deuda pública de algunos estados europeos, la aportación de Hamilton es crucial. Apostó por dar mayor protagonismo a la Unión frente a los estados y en esa línea defendió que la deuda de cada estado era, gustara o no, la deuda de todos, porque el mercado lo entendería así. El círculo vicioso en el que los mercados tienen a Europa se basa en que somos incapaces de asumir que la deuda es común porque, como diría Hamilton, es federal. Una de sus frases históricas señala que la deuda, siempre que no sea excesiva, es una bendición para la Unión porque, en contra de lo que hoy defienden quienes la convierten en el chivo expiatorio de la crisis debemos reconocer, siguiendo a Hamilton, las cuatro virtudes de la deuda, su capacidad para fortalecer las herramientas del gobierno federal al asumir entre todos las deudas de los Estados de la Unión, su facilidad para cohesionar un sentido de identidad nacional federal, su idoneidad para controlar el individualismo ciudadano y el apoyo que recibe de la propiedad privada sobre los valores públicos. Y además, lo malo no es deber dinero sino carecer de crédito. Cuando Alemania se financia a tipo cero, el mercado sabe que esos fondos gratuitos se compensan con los tipos que pagamos otros países y que, de una forma u otra se van a pagar. El inversor, promedia los tipos.

Aprendamos de los hombres ilustres, Hamilton vio en la mutualización de la deuda de los trece estados una de las causas que cohesionaría una nación, que como hoy la U.E. era joven e indecisa. Por eso se busca un Hamilton, un líder europeo que anteponga los intereses federales a los nacionales, que mire al futuro y consolide desde la democracia y la libertad, esta gran nación llamada Europa.

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