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¡ES LA CURVA DE LAFFER, HOMBRE!


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En una vitrina del Bookings Institution de Washington hay expuesta una servilleta de papel donde Arthur Betz Laffer dibujó una sencilla gráfica. Ni él, ni su contertulio, Dick Cheney podían prever aquel día que una inocente charla de café tras su cena en el restaurante Two Continents iba a tener tanta trascendencia en la economía mundial. Laffer era un desconocido economista y Cheney – futuro vicepresidente de Bush hijo – el Jefe de Gabinete de Gerald Ford.

Laffer trataba de explicar, imagino que con la pedagogía y la desesperación propias e quien tiene enfrente a un lego en economía que una rebaja fiscal tiene más ventajas que inconvenientes y recurrió al más sencillo de los procedimientos, dibujar una gráfica en el primer papelito que encontró, una servilleta.

Imagen de la servilleta en la que el Profesor Arthur Laffer dibujó su conocida curva.

Imagen de la servilleta en la que el Profesor Laffer plasmó su teoría.

Hoy nadie duda que el razonamiento de Laffer ha aportado mucho y bueno a las políticas fiscales de los estados desarrollados. En 1989, The Wall Street Journal incluyó a Laffer entre quienes más han influido en su línea editorial y diez años después fue Time quien proclamó que la famosa curva de Laffer era uno de los grandes avances que contribuyeron a impulsar la economía del siglo XX.

Y del XXI, porque los últimos datos aportados por el Ministerio de Hacienda vuelven a darle la razón, la subida de impuestos de los últimos años y la locura impositiva de estos últimos meses que han llevado el IRPF a un máximo nacional del 52% que algunas Comunidades Autónomas como Cataluña han disparado al 55%, no sólo no han aumentado la recaudación fiscal sino que la han reducido.

Lo que Laffer defiende es de sentido común. En ocasiones se recauda más con rebajas fiscales ya que el dinero que no percibe el estado se dedica a inversión y consumo y produce una mayor recaudación de impuestos al generar mayor tráfico comercial, justo lo contrario de lo que ocurre en España. El gobierno que por cierto, en este asunto también ha traicionado sus propios argumentos ideológicos, al subir las IRPF es precisamente, nos detrae dinero de la nómina que no vamos a utilizar  en consumo renunciando al IVA de esas compras y al futuro Impuesto de Beneficios que generarán las mismas.

De hecho, la historia es tozuda, ya en el siglo I de nuestra era el gaditano Lucio Junio Moderato, conocido por su sobrenombre de Columela intuyó la Ley de rendimientos decrecientes en su Res rustica tratado que versaba sobre la agricultura y la explotación agraria, entonces una parte muy importante de la actividad económica. Y Abenjaldún, cuya familia huyó de Dos Hermanas tras la conquista de San Fernando teorizó sobre el mismo hecho a mediados de siglo XIV.

La curva de Laffer es simple, una U invertida o, más técnicamente una parábola cuya función es y = -x2. El tipo impositivo se coloca en el eje de abscisas, la x de nuestras pesadillas escolares y la recaudación en el de ordenadas, la y. Conforme sube el impuesto la recaudación aumenta, eso sí, hasta que llega al límite máximo que la sociedad está dispuesta a aportar y  partir de ese punto, baja. No podemos pretender que el ciudadano se sienta expoliado a través de los impuestos, sobre todo por que casi todas las grandes revoluciones se han iniciado por que el conjunto de los ciudadano ha percibido que hay una enorme diferencia entre lo que aporta y lo que recibe y le consta que las diferencias se fugan a través de las grietas del poder. Podemos pensar cuando un aumento de salario nos exige un esfuerzo determinado pero nuestra renta disponible, al incrementarse el tipo impositivo, solo crece la mitad de ese esfuerzo. En ese caso rechazaremos el ascenso porque en la vida hay cosas más importantes que ganar dinero, sobre todo si no tengo tiempo ni ganas de gastarlo.

Por eso cuando el tipo impositivo de cualquier carga fiscal se aumenta sin ton ni son acaba provocando cansancio en la ciudadanía y habrá un momento a partir del cual los sufridos contribuyentes lo consideren tan alto que dejarán de pagar impuestos puesto que considerarán que es más rentable defraudar o, simplemente no trabajar antes que invertir o esforzarse. Si no fuera así, un tipo impositivo del 100% recaudaría todo el P.I.B. pero el sentido común nos dice que, en ese caso, la recaudación seria ínfima o directamente cero.

Es claro que el razonamiento de Laffer no puede comprobarse empíricamente y de ahí le vienen la mayoría de las críticas pero la realidad y la historia nos dicen que Laffer lleva razón. Básicamente porque a todos nos gusta trabajar para nosotros mismos aunque sepamos que los impuestos son necesarios pero nos molesta mucho esforzarnos para que lo disfruten otros.

El resumen es simple y absolutamente obvio aunque el gobierno, hoy, no lo quiera ver: ni se recauda más por elevar los impuestos ni por rebajarlos se obtienen menos ingresos.

En una situación como la actual si la presión fiscal es muy alta, rebajar impuestos introduce evidentes incentivos en la economía; la gente trabaja más o pasa de la economía sumergida, que en España es enorme, a la legal, con el consiguiente aumento de inversión, empleo y consumo. Al final el Estado recauda más y el ciudadano dispondrá de mayor renta.

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