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UN CUENTO DE DICKENS


Publicado en Granada Hoy

Cuando hace cuatro años lo despidieron, pensó que sería fácil encontrar alguna cosa. No fue así. Entonces lamentó no haber estudiado. Pero hoy, muchos de sus amigos, los que sí lo hicieron, tampoco tienen trabajo. Creyó o supuso que sólo sería una mala racha. La construcción era el motor de la economía, lo decían todas las personas importantes. Pero cuando la compañía donde su mujer llevaba diez años cerró, empezó a preocuparse. Redujeron gastos; nada de salir los domingos, adiós a las vacaciones, a la tele de pago y a las clases de inglés para los niños. Pero los ahorros tenían un límite y se consumieron como una vela, poco a poco, hasta que se esfumaron hace un año. Ya sólo les queda la ayuda de cuatrocientos euros y la pensión de los abuelos que se estiran hasta decir basta.

Sentado en un pasillo de su parroquia espera a que encuentren una mochila para su hija menor. No sabe si este año los niños comerán en el colegio. Lo malo es que aunque se lleven la comida en la fiambrera hay que pagar cinco o seis euros diarios. Él intenta sacar algún dinerillo haciendo chapuzas, cien o doscientos euros en un mes bueno, mientras su mujer atiende a la abuela enferma. A ver como lo hacen.

Hoy les desahucian de la casa que compraron para casarse. No van a luchar más, ¿para qué? Sobrevivirán en la estrechez del piso de los abuelos. Cuando oyó en la radio que la Caja donde tenía los pocos ahorros que le quedaban había sido intervenida por el estado, se asustó. Después de hablar con el director se quedó más tranquilo. Le aseguró que el estado garantizaba su dinero y el futuro de la Caja. Y así fue. Vio en la tele a algún ministro explicar la necesidad de salvar a las Cajas y la cantidad de millones que se les iba a dar para evitar su cierre. Lo curioso es que no se acuerda si ese señor era de un partido o de otro y lo que no entiende es porqué no fue importante salvar su empresa o la de su mujer. Le falla la memoria.

Ha terminado de recoger lo poco que quedaba. Suena el timbre. Son los funcionarios del juzgado; se nota que no les gusta esta parte de su trabajo. Mientras entrega las llaves se traga las lágrimas y recuerda lo que su hijo ha leído en el diccionario: desahuciar significa quitar a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea. Con él ha ocurrido, pagó diez años de cuotas pero ni entregando el piso ha podido saldar la deuda. Por eso, no piensa en el futuro, no cree que exista.

Antes de subir a casa de su madre donde se amontonan tres generaciones rotas de su familia compra pan y un cartón de leche. Sólo pensar que el IVA de ese par de euros acabará en manos de la Caja quebrada que le acaba de desahuciar, le provoca, como a todo el mundo, un pasmo absoluto.

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