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¿POR QUÉ SIEMPRE NOS TOCA EL TORPE?


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Supongo que les habrá ocurrido alguna vez. Entran al aparcamiento con prisa porque llegan tarde a una cita importante y por desgracia, quien está delante de usted pagando el tique se demora de modo insufrible. Unas veces le falta suelto y rebusca en los bolsillos o se disculpa y sale a llamar a su acompañante para que le dé los diez céntimos de marras; otras, necesita un recibo que no acaba de imprimirse o que se cae y acaba debajo de la caja; también ocurre que se atasca la tarjeta y hay que esperar a que aparezca el empleado que como no podía ser de otra manera, no está en la cabina en ese momento y deambula entre los coches aparcados buscando las gafas de sol que cree haber perdido algún cliente. Ocurre igual cuando queremos sacar dinero del cajero automático y el usuario que nos antecede consulta el saldo de su cuenta, pone al día la cartilla que lleva un año sin actualizar, o necesita imperiosamente conocer la cotización del yen y no encuentra el menú de información donde se detalla el cambio actualizado de divisas.

Y en ese momento, caemos en la cuenta de que, como siempre, nos ha tocado el torpe y nos rendimos a la evidencia de que somos el objeto único de la archiconocida ley de Murphy. Y clamamos al cielo por nuestra mala suerte y nos retorcemos los dedos de impaciencia porque no podemos hacer otra cosa ya que, aunque cayéramos en la tentación de estrangular al lento usuario que nos precede sólo conseguiríamos arruinarnos la vida. Así que deducimos de modo inexorable que vamos a retrasarnos muchísimo y que, por tanto, tendremos una pelea innecesaria con nuestra pareja; arruinaremos nuestra segunda o tercera cita con quien creíamos que iba a ser nuestra media naranja, romperemos con ella y nos convertiremos en unos pobres desgraciados; defraudaremos a nuestro hijo porque no llegaremos a tiempo de ver su actuación vestido de patito en la función de Navidad del colegio; perderemos el contrato del siglo o no conseguiremos el trabajo soñado porque nada es menos recomendable que llegar tarde a una entrevista laboral.

Responsabilizar a quien nos precede de nuestro retraso es un caso claro de imprevisión y voluntarismo. Cuando lo analizamos racionalmente comprendemos que realmente no nos ha retrasado más de un par de minutos y que los únicos responsables del problema somos nosotros mismos porque ya íbamos retrasados al llegar al aparcamiento para recoger el coche. Es más, si vamos sobrados de tiempo, la misma anécdota se convertirá en algo divertido para compartir con aquellos que nos esperan y no le daremos ninguna importancia.

Si salimos de casa o de la oficina con el tiempo suficiente, esto es, si hubiéramos tomado las medidas necesarias para evitar cualquier futura contingencia, por ejemplo, esa pequeña dilación provocada por un tercero, esta no nos perjudicaría de ningún modo porque la habríamos valorado convenientemente. Esta imprevisión denota una absoluta falta de planificación o de estrategia en nuestra vida. Pensar que no va a pasar nada en el camino, que todo va a ir como la seda porque no vamos a encontrarnos con un atasco ni con un vehículo en doble fila ni con el torpe del cajero es de un voluntarismo infantiloide y necio.

De igual modo, confundir una idea con un negocio es como pensar que una semilla es lo mismo que la cosecha que producirá durante años el árbol que nacerá de ella. Para que una idea se convierta en un producto o en un negocio y además en un negocio rentable hay que hacerla realidad: planificarla, valorar los pros y los contras, analizar los mercados, descubrir que existe un hueco para nosotros y que es lo suficientemente grande como para que nuestro nivel de ingresos derivados de las ventas sea suficiente para absorber los costes de funcionamiento. Sólo de esa manera, lo que inicialmente fue una idea se convertirá en un negocio. Y lo será porque producirá excedentes de dinero en cantidad suficiente como para poder llamarlos beneficio.

El problema de muchos gestores, públicos y privados, es que en su improvisación sustituyen la estrategia de un plan de negocio por los impulsos de una genialidad de la que se carece en más ocasiones de las que se disfruta. Así que siempre es bueno que haya un torpe en la cola. Es mejor achacar nuestras incapacidades en la gestión a la anécdota que supone un imprevisto que reconocer la inexistencia de ideas. Pero lo más trágico es comprender que el efecto de la anécdota sería intrascendente si hubiéramos previsto la mera probabilidad de su existencia y tomado alguna prevención al respecto.

No se trata de establecer con detalle todas las contingencias posibles y sus correspondientes respuestas. Sería inútil por caro e ineficiente. Basta con asumir que el riesgo existe, valorarlo y levantar muros de contención que colaboren a minimizar el daño.

La grave recesión que sufrimos habría sido mucho menor si gobiernos, empresas y ciudadanos hubieran asumido que la bonanza no podía ser infinita. Pero a diferencia de la mayoría de los ciudadanos y de muchas empresas los gobiernos siguieron la inercia de los años anteriores, no previeron siquiera la posibilidad de que los riesgos existieran y cuando aparecieron, acabaron culpando al torpe de la cola.

Desde que José interpretó los sueños del faraón sabemos que a los años de prosperidad siguen los de decadencia y desde pequeñitos, que todo lo que sube, baja y que es de tontos escupir al cielo porque siempre te lo devuelve.

Pero hay quien sigue prefiriendo encontrarse un torpe en la cola para tener un responsable de su imprevisión.

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