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EL VALS ESTRATOSFÉRICO


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Si el domingo por la tarde no tuvieron nada mejor que hacer probablemente verían como un paracaidista austríaco llamado Felix Baumgartner se tiró al vacío desde una cápsula que suspendida de un globo aerostático le había subido hasta algo más de treinta mil metros.

Una proeza como esta genera un problema de comprensión al ciudadano medio, básicamente porque no le encuentra utilidad alguna. Pero como escucha por todas partes que es algo impresionante acaba por admitirlo. La mayoría de los comentaristas, por razones idénticas, no tienen más remedio que recurrir a frases trilladas para calificar la hazaña. Le ocurrió al propio Baumgartner que dijo algo tan profundo y novedoso como que a veces tenemos que llegar muy alto para ver lo pequeños que somos. Realmente, para comprobar nuestra pequeñez basta con pasear atento por cualquier ciudad del mundo o incluso, si se tiene suficiente capacidad de autocrítica, con mirarse al espejo.

Con las obras públicas que se han perpetrado en España – el verbo está escrito con pleno conocimiento de su significado – ocurre algo parecido. Para una mente sana, construir una pista de esquí seco en Villavieja del Cerro, provincia de Valladolid, resulta tan incomprensible como edificar una especie de spanish Hollywood en Alicante aunque responda al sonoro nombre de Ciudad de la Luz. Podríamos seguir con la Ciudad del Circo de Alcorcón o los Museos de La Muela y dedicar un par de horas a recitar una triste salmodia enumerando despilfarros históricos que podría finalizar con la pléyade de aeropuertos peatonales y televisiones municipales de la señorita Pepis que pueblan este país de sorprendidos ciudadanos, contribuyentes esquilmados y deudores inconscientes en que se ha convertido España.

Monumento a Johann Strauss en el Stadtpark de Viena (Austria).

Monumento a Johann Strauss en el Stadtpark de Viena (Austria).

Igual que los comentaristas nos advierten de la histórica proeza de Baumgartner, los voceros de lo políticamente correcto nos han saturado las meninges de mensajes destinados a convencernos no ya de la necesidad sino de la importancia histórica de sufragar la megalomanía aldeana de nuestros dirigentes.

Aunque les parezca mentira, que Herr Baumgartner se haya marcado un rapidísimo vals estratosférico girando sobre sí mismo mientras millones de espectadores asombrados no separaban la vista del televisor, ha costado la friolera de cincuenta millones de euros. Por cierto, mucho menos de lo que han despilfarrado ayuntamientos, diputaciones, comunidades autónomas o ministerios a lo largo y ancho de España en obras o proyectos condenados a la nada desde que se pergeñaron.

Dicen los que saben de esas cosas que el salto del vienés permitirá obtener datos reales de las reacciones fisiológicas del ser humano cuando se expone a bajas temperaturas y presiones y ayudará a modernizar los trajes de pilotos militares y astronautas. Como comprenderán no parece que la experiencia vaya a tener una aplicación directa a nuestra vida diaria ya que aunque dispongamos de un congelador de calidad en casa no creo que sea imprescindible vestirse de astronauta para sacar los croquetas congeladas para la cena.

También decían los alcaldes de turno que el gran motor de su municipio iba a ser aquella obra hoy inconclusa, mañana ruinosa y en poco tiempo asolada, cuyos costes faraónicos nos van a perseguir durante decenios. La realidad es que ninguna infraestructura genera ingresos per se, ni induce negocio alguno por el mero hecho de existir. Podemos construir una autopista de peaje con ocho carriles por sentido que ofrezca la tecnología más avanzada, pero si une dos oasis perdidos del desierto del Kalahari su capacidad de generación de fondos será absolutamente nula y su rentabilidad inexistente.

Pero entre ambas cuestiones incomprensibles para el ciudadano medio hay una gran diferencia: el origen de los fondos. Nuestros despilfarros se han pagado con dinero de los contribuyentes, el salto de Baumgartner ha sido de patrocinio privado. Y además, una es rentable y la otra una ruina. El paisaje de despropósitos que salpica España sólo ha generado dinero para quienes nos lo prestaron suscribiendo letras del tesoro o bonos y obligaciones del estado. Todo ello siempre que olvidemos a conseguidores, comisionistas y demás ralea del submundo de la corruptela que la crisis nos está desvelando como parte importante de las causas que nos han llevado a esta situación.

La inversión de cincuenta millones de euros que ha hecho Red Bull en el salto estratosférico de Baumgartner le ha generado, en cambio, una notoriedad espectacular en todo el mundo. Se calcula que la audiencia millonaria que registró durante una tarde podría generarle un beneficio superior a los cien millones. Junto a Red Bull ha colaborado el fabricante suizo de relojes Zenith, cuyo modelo Stratos llevó Felix Baumgartner en su muñeca.

La apuesta de ambas empresas ha sido clara, han conseguido ser noticia durante una semana desde la fecha prevista del salto hasta su realización efectiva el domingo por la tarde. Han demostrado que el trabajo bien hecho se premia. O si no, ¿quién le iba a decir a Teledeporte, el canal TDT de TVE, que iba a conseguir un minuto de oro con cuatro millones trescientas mil personas y el 27,8% de cuota de pantalla? ¿O que su audiencia media en un programa alcanzaría el millón ochocientas mil personas (13,5% de cuota) y una audiencia acumulada -personas que vieron al menos un minuto de la emisión- de cinco millones seiscientas mil? Y además, el gran récord de audiencia en la red con ocho millones de usuarios en YouTube demuestra lo que todos sabemos, que el futuro de la comunicación y de los negocios es digital.

Ese mérito corresponde, sin duda alguna, a Red Bull. Y la lección de todo esto es clara; cuando se invierte el propio dinero el único objetivo rentabilizarlo. Se analizan todas las variables y se busca maximizar el beneficio. Jugarse el de los demás es tan fácil como ineficiente. A las pruebas me remito.

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