EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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ANÁLISIS DEL ENTORNO ACTUAL. DE LA GLOBALIZACIÓN A LA CRISIS


Con esta conferencia se inauguró el 6 de noviembre de 2012 y en la sede de la Confederación Granadina de Empresarios el Master of Business Administration 2.0 (MBA 2.0) de la Escuela Superior de Comunicación y Empresa (ESCO) de Granada.

La inauguración fue recogida por la prensa local. Aquí aparecen los enlaces a:

Granada Hoy

Granada en la red

Luis G. Chacón Martín. Director del MBA 2.0 de ESCO.

ANÁLISIS DEL ENTORNO ACTUAL. DE LA GLOBALIZACIÓN A LA CRISIS.

I.         A MODO DE INTRODUCCIÓN.

II.-       LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX. CONTEXTO HISTÓRICO.

1.-       De la Gran Depresión a la II Guerra Mundial.

2.-       Las Conferencias de Yalta y Bretton Woods.

3.-       El proceso de integración europea.

4.-       La crisis de los setenta y la caída del comunismo.

III.-      LA GLOBALIZACIÓN EN EL FIN DE SIGLO.

1.-       El libre mercado como referencia mundial.

2.-       La globalización política y económica.

3.-       La economía global. Virtudes y defectos.

4.-       Los beneficios de un mercado libre y mundial.

IIII.-     LA PRIMERA CRISIS DEL SIGLO XXI.

1.-       Las crisis financieras como elemento recurrente.

2.-       La gestación de la crisis.

3.-       Causas de esta crisis.

4.-       La salida a la crisis. Más mercado.

V.-       CONCLUSIONES.

I.         A MODO DE INTRODUCCIÓN.

Toda crisis es fruto de una serie de hechos anteriores, a veces conocidos previamente, a veces sorpresivos pero no por ello inexistentes.

La historia, como decían los romanos, es maestra de la vida. La obsesión de los economistas por centrar toda su investigación en los últimos decenios en los modelos matemáticos nos lleva a una situación compleja, somos capaces de explicar numéricamente cualquier acontecimiento a posteriori pero nuestra incapacidad apriorística es absoluta.

Además, analizar la economía como un sencillo o complejo modelo matemático es un error de trágicas dimensiones. La economía es parte de la vida y es un reflejo de la actividad humana que no es fácilmente predecible ni analizable en función de patrones reiterados.

La libertad del ser humano es un elemento difícil, por no decir imposible de predecir. Para conocer la realidad económica hay que volver, con nuevos bríos a los análisis tradicionales, incluir en ellos la moral, la ética y las ideas políticas, pues el mercado tiene sus reglas internas de funcionamiento que no tienen por qué corresponder a las leyes.

No podemos olvidar la psicología ni la sociología, somos seres humanos y vivimos en sociedad.

Es fundamental conocer la historia, el arte, la literatura, el cine, y cualquier manifestación humana porque el principal, sino el único agente del mercado es el hombre y este, desde siempre se mueve, en una parte importante por sus propios gustos que no son reducibles a la racionalidad.

Hay algo o mucho de irracional en el ser humano y esa cualidad, sea positiva o no, esa aptitud y la actitud que de ella surge son fundamentales en el análisis económico.

Por eso hay que pensar para innovar, hay que buscar nuevas soluciones a nuevos y viejos problemas. Ese es el desafío de los economistas y de los empresarios, de los directivos y de los subordinados. El mundo avanza gracias a la creatividad que nos permite superar las crisis.

Por todo ello, vamos a poner pocos números encima de la mesa esta tarde, por que vamos a hablar de alguien que, como escribió Shakespeare, en La Tempestad esta hecho de la misma materia de los sueños.

II.        LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX. CONTEXTO HISTÓRICO.

II.1.-    DE LA GRAN DEPRESIÓN A LA II GUERRA MUNDIAL.

 Tras el magnicidio de Sarajevo, la alegre sociedad de la Belle Epoque se lanzó a la guerra con la misma inconsciencia y alegría con la que hubiera ido a un baile. Lo que todo el mundo pensaba que iba a durar unas pocas semanas, a lo más, unos meses, se acabó convirtiendo en una guerra de posiciones que los Imperios Centrales acabaron perdiendo por puro y simple agotamiento, y que si se prolongó fue porque la revolución de octubre sacó a Rusia de la guerra y liberó el frente oriental. En el barro de las trincheras de Francia se mezclaron por primera vez todas las clases sociales. Los obuses no distinguían orígenes ni galones y todos los ciudadanos fueron carne de cañón.

El armisticio de Compiégne provocó un terremoto en Centroeuropa, cayeron dinastías centenarias, Alemania se convirtió en una república y se desintegró el milenario Imperio Austro-húngaro, heredero del medieval Sacro Imperio. Y si el comunismo acabó con tres siglos de los Romanov en el trono fue, en parte, por la intransigencia iluminada del zar Nicolás II.

Entre los vencedores, el Imperio Británico se vio inmerso en una profunda crisis social y económica. La indiscutible primacía de su industria durante el siglo XIX había sido puesta en entredicho desde principios de siglo por el rápido desarrollo de Alemania y EE.UU. Francia debía afrontar la reconstrucción de una parte importante de su territorio que había sido el principal teatro de operaciones del frente occidental. Italia no conseguía salir de la apatía y los EE.UU. aparecían como una potencia mundial digna de tener en cuenta.

En ese momento, la ilusión de los que anhelaban una sociedad diferente pugnaba con la resistencia de quienes preferían que nada cambiase. El mundo que vivió el cambio de siglo se desmoronó de tal modo que, finalizada la I Guerra Mundial, nada volvió a ser como antes. Las sociedades occidentales estaban tan radicalizadas que salvo algunas excepciones ejemplares, acabaron echándose en brazos de los totalitarismos fueran soviéticos o fascistas. Pocos países fueron capaces de realizar un cambio social y económico tan importante sin abandonar la senda de la libertad y la democracia. El Tratado de Versalles, las consecuencias de la guerra y la posterior crisis económica fueron causas que llevaron a media Europa a caer bajo la bota del totalitarismo. La revolución de octubre hizo de un oscuro exiliado como Lenin el líder de una dictadura comunista; la marcha sobre Roma aupó al poder a Mussolini, un desconocido maestro de escuela socialista, y un aún más desconocido y mediocre pintor de postales llamado Adolf Hitler se convirtió en canciller de Alemania.

A mediados de los años veinte, EE.UU. era una economía desarrollada. Había generado un clima de gran prosperidad si bien sustentó su expansión productiva en la financiación crediticia. Sin embargo, la sensación de un crecimiento indefinido y seguro era tal que el presidente Calvin Coolidge declaró al final de su mandato (1928) que el Congreso puede considerar el presente con satisfacción y encarar el futuro con optimismo, ya que la fuente principal para esta bendita situación sin precedentes reside en el carácter del pueblo norteamericano.

Durante el período de entreguerras se gestó una crisis de magnitudes desconocidas hasta entonces y que conocemos como Gran Depresión. Cuando el 24 de octubre de 1929 – conocido como el jueves negro – se pusieron a la venta trece millones de acciones que no encontraron contrapartida, la bolsa cayó estrepitosamente. En ese momento, miles de accionistas fueron conscientes de que su riqueza solo era aparente, sobre todo porque la bolsa siguió cayendo durante dos años y medio hasta que marcó su mínimo histórico el 8 de junio de 1932. El pánico bursátil se trasladó a los bancos y transformó la crisis financiera en bancaria. Los especuladores, acuciados por sus agentes de bolsa, que habían comprado títulos en descubierto, retiraron el dinero de las entidades para poder cubrir las deudas. Como era imposible hacer frente a tales reintegros masivos y simultáneos muchas entidades quebraron, arruinando a empresarios y particulares, aunque no hubieran invertido en Bolsa.

El desempleo y la miseria alcanzaron de lleno al mundo desarrollado. Arthur M. Schlesinger, Jr. nos cuenta como sin dinero para el alquiler, los hombres sin trabajo y todas sus familias comenzaron a levantar barracas donde encontraban tierra desocupada. A lo largo de los terraplenes de los ferrocarriles, al lado de los incineradores de desperdicios, en los basureros de las ciudades, aparecieron poblados de cartón embreado y hojalata, cajas viejas de empaque y carrocerías de automóvil inservibles. […] Símbolos de la Nueva Era, esas comunidades recibieron muy pronto un nombre sardónico: se las llamó Villas Hoover, y de hecho en muchos casos solo los afortunados podían encontrar refugio en ellas.

El paro se convirtió en la gran pesadilla del mundo industrializado. En 1932 había en EE.UU. trece millones de parados, más del diez por ciento de la población total. La crisis que fue muy dura en la ciudad, lo fue aún más en el campo. La caída de los precios agrarios llevó a la ruina a muchas pequeñas explotaciones y las ejecuciones hipotecarias realizadas por los bancos lanzaron de sus casas a miles de ciudadanos.

La Alemania nazi tomó como excusa la afrenta del Tratado de Versalles y basó su recuperación económica en el rearme y las exigencias a los vencedores de la I Guerra Mundial que no quisieron, no supieron o no pudieron evitar la tragedia que supuso la II Guerra Mundial cuyas consecuencias económicas y políticas dibujaron el mundo durante más de medio siglo.

 

II.2.-    LAS CONFERENCIAS DE YALTA Y BRETTON WOODS.

Yalta, antigua residencia de verano de los zares en la península de Crimea, fue el escenario donde se reunieron los líderes de los países vencedores de la II Guerra Mundial. Entre el 4 y el 11 de febrero de 1945 el premier británico, sir Winston Churchill, el Presidente de los EE.UU., Franklin D. Roosevelt y el Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética, Iosif Stalin decidieron el futuro de la humanidad. En la Conferencia de Yalta se adoptaron acuerdos trascendentales como la creación de la ONU y de su Consejo de Seguridad y el desarme, la desmilitarización y la partición de Alemania.

Las democracias liberales occidentales y el totalitarismo marxista habían sido aliados de conveniencia durante la II Guerra Mundial. El enemigo común que representaba el totalitarismo nazi-fascista estaba a punto de ser derrotado y la alianza accidental entre dos formas radicalmente diferentes de entender el mundo estaba virtualmente rota. Por eso, el encuentro ha quedado para la historia como el lugar y el momento donde los Aliados se repartieron el mundo y es también considerado unánimemente como el punto de partida de la Guerra Fría.

Durante cuatro décadas, el enfrentamiento entre las democracias occidentales y el totalitarismo marxista creó un mundo dividido, cuando menos, en dos áreas meridianamente diferenciadas. Cada una de esas partes vivía económicamente de espaldas a la otra, el centro del enfrentamiento era político y militar, en tanto que una parte importante de la fuerza demostrada por cada bloque se basaba en la disuasión nuclear. En Asia y África, la descolonización hizo aparecer nuevos actores en el contexto internacional, si bien, ninguno de ellos consiguió hasta finales de siglo aparecer como un actor de importancia en el concierto internacional.

En el ámbito económico, unos meses antes de Yalta se había celebrado – del 1 al 22 de junio de 1944 – una importante Conferencia Monetaria y Financiera en el complejo hotelero de Bretton Woods, (Nueva Hampshire, EE.UU.). Si Yalta marcó el futuro político del mundo, Bretton Woods lo hizo con el económico.

La Conferencia estableció las reglas básicas para las relaciones comerciales y financieras entre los países más industrializados del mundo. Fue allí donde se decidió la creación del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional y el uso del dólar como moneda de referencia. Uno de los principales objetivos de la conferencia fue acabar con el proteccionismo, política habitual desde el inicio de la I Guerra Mundial en 1914, hasta aquel momento.

Para la mayoría de los economistas de la época, la economía mundial sólo crearía riqueza si la política generalmente aceptada era el librecambio ya que, además, las relaciones internacionales basadas en el libre comercio contribuirían al mantenimiento de la paz. Por eso se vio necesaria la creación de un tercer organismo que velara por la libertad de comercio internacional. Así, en 1948, se creó el GATT (Acuerdo General de Aranceles y Comercio) que posteriormente absorbería a la Organización Mundial del Comercio (OMC).

EE.UU. era el país que tenía mejores expectativas de beneficio ante una liberalización del comercio mundial. Aunque la Gran Depresión había provocado un grave colapso de su economía, tras el fin de la II Guerra Mundial, EE.UU. aparecía ante los ojos del mundo como la mayor y más fuerte economía conocida. De hecho, en ese momento, representaba casi el 50% del PIB mundial aunque su población no pasaba del 7% del total mundial.

Las razones eran claras. El New Deal del presidente Roosevelt había conseguido recuperar al país de la tragedia que supuso la Gran Depresión, aunque solo fuera parcialmente. Hasta el ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941, más de dos años después de la invasión nazi de Polonia, EE.UU. había permanecido ajeno a la conflagración, lo que le había permitido actuar como proveedor y prestamista. Esa actividad comercial y financiera facilitó un rápido crecimiento industrial y una fuerte acumulación de capital que contribuyó a consolidar una poderosa industria manufacturera. A todos esos factores se unía un hecho fundamental de cara a la necesaria recuperación de la posguerra. Dado que el país no había sufrido ningún ataque en el continente, todas sus infraestructuras estaban intactas.

Ni los estadounidenses, ni sus aliados británicos y franceses querían volver a caer en los errores del Tratado de Versalles. Sus intereses fundamentales eran consolidar la democracia en Europa Occidental, evitar el avance del comunismo y obtener mercados a medio plazo. Por todo ello, el Programa de Recuperación Europea (European Recovery Program), conocido como Plan Marshall, en homenaje a George Marshall, Secretario de Estado de los EE.UU, fue la consecuencia lógica de la situación geopolítica y de las ideas que se habían consolidado entre los líderes occidentales.

William L. Clayton, uno de los responsables del diseño del plan tuvo claro desde el principio que Europa era un mercado natural para su país que, como señaló en una ocasión, “precisaba de grandes mercados por todo el mundo, donde comprar y vender”.

En agosto de 1941, Churchill y Roosevelt se reunieron “en el Océano” a bordo del USS Augusta, según expresaba el comunicado oficial. De ese encuentro surgió la Carta del Atlántico, la más notable precursora de la Conferencia de Bretton Woods. La idea que rondaba a ambos mandatarios era evitar, tras el fin de la guerra, otro descalabro económico como el que se produjo en los años posteriores a la I Guerra Mundial. La Carta del Atlántico afirma el derecho de todas las naciones a comerciar libremente, a la libertad de los mares y su igualdad en el acceso al comercio y  a las materias primas.

A la Conferencia de Bretton Woods asistieron representantes de cuarenta y cuatro naciones. Asia y África eran mayoritariamente colonias europeas, y de hecho, India acudió como parte de la delegación de británica. El bloque comunista, dirigido férreamente por la Unión Soviética, participó pero no ratificó los acuerdos al entender que eran ajenos a la economía socialista. China, aunque también asistió, abandonó todas las instituciones en 1949, tras el triunfo de la revolución comunista acaudillada por Mao.

El principal objetivo del sistema económico establecido en Bretton Woods fue dar estabilidad a las transacciones comerciales a través de un sistema monetario internacional, con tipo de cambio sólido y estable. Se tomó como base un patrón combinado entre oro y divisas que obligaba a los EE.UU. a mantener el precio del oro en 35,00 $ / onza y se le concedió la facultad de cambiar dólares por oro a ese precio sin restricciones ni limitaciones. Al mantenerse fijo el precio de una moneda (el dólar), los demás países deberían fijar el precio de sus monedas con relación a aquella, y de ser necesario, intervenir dentro de los mercados cambiarios con el fin de mantener los tipos de cambio dentro de una banda de fluctuación del 1%.

II.3.-    EL PROCESO DE INTEGRACIÓN EUROPEA.

El libre mercado y la desaparición de fronteras tienen una clara expresión en el Movimiento Europeísta. En 1951 se constituye la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero) y en 1957, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Francia, Italia y Alemania firman el Tratado de Roma por el que se constituye la Comunidad Económica Europea.

En la década de los sesenta desaparecen los derechos de aduana en las transacciones comerciales entre los socios y nace la política agraria común. El Parlamento Europeo aumenta su influencia en los asuntos de la Comunidad Económica Europea y en 1979 es elegido por sufragio universal por primera vez.

En 1973 se incorporan Dinamarca, Irlanda y el Reino Unido; en 1981, Grecia y cinco años más tarde, España y Portugal.

Ese mismo año (1986) se firma el Acta Única Europea, tratado que constituye la base de un amplio programa de seis años, destinado a eliminar las trabas a la libre circulación de mercancías a través de las fronteras de la futura Unión Europea, y que da origen, por ello, al mercado único.

En 1993 culmina la creación del mercado único con las cuatro libertades de circulación: mercancías, servicios, personas y capitales. Ese mismo año nace la Unión Europea mediante el Tratado de Maastricht con la idea de crear una unión política y económica.

En 1995 ingresan Austria, Finlandia y Suecia y en 2004 se produce la gran ampliación hacia el este incorporándose diez nuevos países, seguidos de otros dos en 2007.

 

II.4.-    LA CRISIS DE LOS SETENTA Y LA CAÍDA DEL COMUNISMO.

El sistema de Bretton Woods quebró en los años setenta. EE.UU. soportaba el coste de la guerra de Vietnam y en 1971, por primera vez en todo el siglo XX, sufrió un déficit comercial. Los países europeos cambiaron los dólares sobrevalorados por marcos alemanes y oro. El Reino Unido y Francia reclamaron a EE.UU. la conversión de sus excedentes de dólares en oro lo que provocó la contracción de las reservas estadounidenses. El presidente Richard Nixon no sólo impidió las conversiones sino que devaluó el dólar con la idea de que las exportaciones estadounidenses se abaratasen y, de ese modo, aliviar el desequilibrio comercial. Aunque las decisiones tomadas tuvieron cierto éxito no fueron capaces de crear un nuevo sistema de tipos cambiarios estables y el valor de las monedas empezó a fluctuar. La crisis del petróleo, fue un elemento añadido a la situación económica de los países occidentales que sufrieron algunos de los peores momentos socioeconómicos desde la Gran Depresión. Aparece la estanflación, que combina, a la vez, paro e inflación. Hasta ese momento el desempleo y la inflación aparecían como fenómenos independientes e incluso excluyentes entre sí.

En el orden político, la supuesta solidez del bloque soviético era pura fachada desde hacía años. En un momento tan temprano como 1956, sólo tres años después de la muerte de Stalin, los mineros polacos habían llevado a cabo las Protestas de Poznan y la revolución húngara hubo de aplastarse con la invasión de Hungría por parte del Ejército Rojo. En 1968 fueron los ejércitos del Pacto de Varsovia quienes acabaron con la Primavera de Praga.

En octubre de 1978 el Cardenal Wojtyla, Arzobispo de Cracovia (Polonia) fue elegido Papa con el nombre de Juan Pablo II. Unos meses más tarde Margaret Thatcher ganaba las elecciones en el Reino Unido y en noviembre de 1980 Ronald Reagan se convertía en el 40º presidente de los EE.UU. Los tres eran profundamente anticomunistas y serán figuras esenciales en la desaparición de los regímenes marxistas totalitarios.

En ese mismo año (1980) el economista húngaro János Kornai publicaba su conocido artículo “Economics of Shortage” donde aparece por vez primera el concepto de economía de penuria y en el que criticaba las viejas economías de planificación centralizada de los países comunistas y argumentaba que la escasez crónica en Europa durante los años setenta y ochenta no era consecuencia de errores de planificación o de precios mal determinados, sino de imperfecciones del propio sistema dirigido propio del bloque comunista.

En 1985, Mihail Gorbachov es elegido Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética liderando una cierta apertura ante el colapso económico que sufre la U.R.S.S.

El sindicato clandestino polaco Solidarność que había sido el gran protagonista de las huelgas de Gdansk a principios de los ochenta consigue forzar unas elecciones semilibres para junio de 1989, en las que barre al partido comunista polaco. A partir de ese momento, el movimiento de protesta se extiende por toda la Europa del Este, donde uno tras otro caen los regímenes comunistas. De esa manera, el orden político surgido de la Conferencia de Yalta desaparece con la caída del Muro de Berlín en 1989.

III.-     LA GLOBALIZACIÓN EN EL FIN DE SIGLO.

III.1.-   EL LIBRE MERCADO COMO REFERENCIA MUNDIAL.

La caída de la utopía totalitaria soviética deja un vacío que llenan, con mayor o menor fortuna, las democracias liberales en casi toda Europa. La sensación de victoria absoluta entre los defensores del capitalismo y la democracia liberal se concreta en El fin de la Historia y el último hombre (The End of History and the Last Man), un libro publicado en 1992 por el politólogo estadounidense de origen japonés, Francis Fukuyama. La tesis central de libro se basa en la idea de que la historia humana sólo puede entenderse como lucha entre ideologías y esta, con la caída del comunismo, ha concluido. Por tanto, la única opción viable de futuro es el liberalismo democrático. Las ideologías han sido sustituidas por la economía y por la ciencia, que no ha encontrado aún sus límites.

Hoy la tesis es poco apoyada y ha quedado anticuada. La propia apertura de los mercados, la aparición de nuevos actores de importancia en el mundo como, ente otros, los llamados BRIC (Brasil, India, Rusia y China); los nuevos procesos de integración regional compleja que toman como ejemplo el éxito de Unión Europea; la aparición del islamismo radical, e incluso los nuevos fenómenos internacionales como el terrorismo internacional, han dejado claro que la historia en su sentido de lucha ideológica, continúa.

Casi a la vez, en 1993, otro politólogo estadounidense, Samuel P. Huntington publicaba ¿Choque de Civilizaciones? (The clash of Civilizations?) en la revista Foreign Affairs que posteriormente apareció como libro, El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order). Huntington retoma el concepto de civilización establecido por el historiador británico Arnold J. Toynbee y afirma que, en el siglo XXI los actores políticos principales serán las civilizaciones trasladándose a esta los conflictos que hasta ese momento se habían producido entre las ideologías.

Para Huntington, el mundo se divide en una serie de grupos o civilizaciones con un alto componente religioso y cultural que es donde, significativamente se producen las líneas de fractura. Dichas civilizaciones son:

  • La Cultura occidental que incluye a los países cristianos de Europa y América, si bien plantea la existencia de dos subcivilizaciones como son el mundo ortodoxo de Europa oriental y Rusia, los países iberoamericanos.
  • El judaísmo.
  • El mundo musulmán que se extiende desde el Magreb hasta India y Pakistán.
  • La India con su propia civilización hindú.
  • La civilización sínica, China, Indochina y la diáspora a lo largo del mundo.
  • Japón, que representa una forma particular de civilización.
  • El África sub-sahariana.
  • Las áreas budistas del norte de la India.

El argumento principal de Huntington se basa en que tras la Guerra Fría los conflictos se han concentrado en los límites de cada civilización a la vez que defiende, a diferencia de otros autores la inevitabilidad de los conflictos. Abundando en esa idea clasifica a las civilizaciones islámica y sínica como rivales de la occidental y etiqueta a la ortodoxa, la hindú y a Japón como civilizaciones oscilantes (swing civilizations).

En contra de estas tesis puede argumentarse que estas civilizaciones están, a su vez, fragmentadas. El mundo islámico presenta fracturas étnicas y, sobre todo, religiosas entre chiismo y sunismo, como grandes corrientes.

Por otra parte, los valores occidentales son mucho más fácilmente transmisibles de lo que Huntington considera. Nadie puede negar que grandes naciones como India o Japón sean democracias consolidadas de corte occidental.

Por último, es muy interesante recordar la importante aportación del economista hindú Amartya Sen, Premio Nobel de Economía en 1998. Su tesis central es más cualitativa que cuantitativa lo que supone una visión refrescante frente a la concepción generalizada en la economía del último siglo. Sostiene que la pobreza no es fruto de un error de distribución de la riqueza, sino una cuestión de valores en relación a la distribución de los bienes. Entiende que un comercio internacional abierto, la libertad y la democracia son las bases que contribuyen al progreso social.

Especializado en el estudio de las hambrunas, tan recurrentes en su país, Amartya Sen defiende que en países con prensa libre y elecciones regulares no puede haber hambre masiva y señala que la gran división no es entre izquierda y derecha sino entre democracia y autoritarismo. Explica como algunos de los grandes fracasos del mundo se han producido por la falta de democracia.

Pone por ejemplo el caso de China, que ha tenido grandes éxitos en los últimos tiempos respecto a sus objetivos económicos, que posee uno de los comportamientos económicos más logrados y, sin embargo, ha sufrido la mayor hambruna que se conoce en la historia. La causa de la hambruna fue, sin duda, una política equivocada, una política que fracasa, pero que no pudo cambiarse durante tres años porque nadie se atrevía a desafiar al Gobierno.

Su gran aportación ha sido el concepto de capacidad (capability). En el debate tradicional sobre la libertad magistralmente expuesto por Isaiah Berlin en su ensayo de 1958 Dos conceptos de libertad (Two concepts of Liberty) se diferencia la libertad negativa y la libertad positiva. La libertad positiva es la capacidad de cualquier individuo de ser dueño de su voluntad, en tanto que la libertad negativa supone que somos libres en tonto que nada ni nadie restringe nuestras acciones. En esa dicotomía, el liberalismo tradicional ha defendido la libertad negativa argumentando con gran base histórica que todos los totalitarismos han cercenado la libertad individual argumentando que el objetivo final era una libertad idílica a la que se llegaría en un futuro perfecto.

Para Amartya Sen el gran concepto es la capacidad (capability), es decir, no basta con tener libertad de comprar o de decidir hay que disfrutar de unos estándares mínimos que nos permitan ejercer la libertad, en lo que está en línea con los grandes pensadores liberales del fin de siglo como John Rawls o John N. Gray que frente a eso que se conoce como neoliberalismo defienden la tradición liberal que antepone la libertad y la dignidad del ser humano a cualquier otra consideración.

Para Amartya Sen, la antiglobalización sólo defiende otro modo de organización y distribución de recursos con el objetivo de defender privilegios de carácter local. Critica también los planteamientos comunitaristas, que acaban negando la capacidad personal de elegir supeditando al sujeto a su grupo cultural originario, aunque parten del propósito de defender las identidades colectivas.

Sea de cual sea el futuro de la humanidad parece evidente que el libre mercado tendrá un claro protagonismo ya que hasta China, aun siendo una dictadura y un estado oficialmente comunista se ha convertido en un actor más y, por su peso específico muy importante en el mercado internacional.

III.2.-   LA GLOBALIZACIÓN POLÍTICA Y ECONÓMICA.

La globalización es un proceso social, tecnológico económico y cultural que, en mayor o menor medida ha existido siempre. La creciente capacidad de comunicación y el desarrollo tecnológico nos permite ampliar nuestros mercados y abrir nuestra propia sociedad a otros países eliminando fronteras. Se entiende como un proceso dinámico generado en las sociedades occidentales libres que viven bajo regímenes políticos democráticos y cuyo sistema económico es el capitalismo democrático.

El ordenamiento jurídico se actualiza y se ve en la necesidad de uniformizar y simplificar procedimientos y regulaciones nacionales e internacionales con el fin de mejorar las condiciones de competitividad y seguridad jurídica. También supone un enorme avance al universalizar el reconocimiento de los derechos humanos fundamentales.

La caída del comunismo y el consiguiente fin de la Guerra Fría permitieron expandir a lo largo del mundo los valores democráticos y capitalistas. En el campo económico su característica principal es la integración de las economías locales a una economía de mercado mundial donde los modos de producción y los movimientos de capital se configuran a escala planetaria.

La revolución informática, que recuerda tanto a la revolución industrial del siglo XVIII como al desarrollo generado por la imprenta en el Renacimiento, ha sido fundamental en este proceso. En el ámbito tecnológico la globalización depende de los avances en el desarrollo de las TIC y de Internet.

Culturalmente, y así lo anticipó Marshall McLuhan cal definir el concepto de aldea global en función de los medios de comunicación de masas, el proceso de globalización interrelaciona las sociedades y culturas locales en una cultura global. Existe la duda sobre si es o será un proceso de asimilación occidental o de fusión multicultural. Lo que sea lo decidirán los ciudadanos.

III.3.-   LA ECONOMÍA GLOBAL. VIRTUDES Y DEFECTOS.

La globalización no es algo esencialmente nuevo, las relaciones entre países existen desde siempre. El comercio internacional no solo se ha limitado a las meras transacciones comerciales con el consiguiente flujo monetario sino que siempre se ha comportado como un medio de transferencia cultural, ideológica, social y tecnológica. Las relaciones económicas entre diversos países y culturas han generado riqueza a la vez que desequilibrios económicos en función de las circunstancias de cada momento histórico.

Por ello, acusar al proceso globalizador de ser el responsable de las deslocalizaciones resulta ridículo ya que solo es fruto de algo que siempre ha existido y que conceptualizó Schumpeter en su libro Capitalismo, socialismo y democracia denominándolo destrucción creadora. En un mercado libre, los nuevos productos liquidan modelos de negocio anticuados aunque estuvieran sólidamente establecidos.

El crecimiento económico sostenido a largo plazo se basa en innovaciones como la máquina de vapor, la electricidad o la informática.

Actualmente vivimos esa misma situación. Internet y el desarrollo de negocios “on line” están provocando cambios que mudarán la faz del mercado tal y como lo conocemos. Para Schumpeter, y creo que todos podemos suscribirlo, la destrucción creadora es el hecho nuclear del capitalismo cuya esencia es el dinamismo.

La introducción de un nuevo bien y de su método de producción, igual que las ventas “on line” son nuevas formas de comercialización. Son casos de destrucción creadora como la apertura de mercados, la aparición de materias primas, la creación de monopolios o la destrucción de los existentes.

El miedo a lo nuevo parte de una idea que se repite como un mantra aunque la historia la desmienta: la innovación destruye puestos de trabajo. La realidad es bien distinta. La innovación reduce precios y convierte en bienes de consumo masivo aquellos que se concibieron como un lujo, por ejemplo los automóviles. Innovar estimula la demanda, expande la actividad económica y genera más y mejores puestos de trabajo.

El planteamiento recuerda al de luddites del siglo XIX. Estos basaban sus planteamientos en la aversión a la tecnología que en aquel momento se plasmaba en las máquinas que empezaban a sustituir el trabajo artesanal. Su líder, Ned Ludd, de quien tomaron el nombre, realmente no existía en una suerte de líder virtual avant la lettre.

Las protestas del ludismo contra las industrias por los despidos y los bajos salarios ocasionados por la introducción de las máquinas se concentraban en la destrucción física de las máquinas. Sin embargo, en pocos años la población trabajadora en los mercado tecnologizados se multiplicó varias veces generando nuevos mercados, alza de salarios e incremento de la producción y del bienestar social.

Curiosamente, desde hace unos años aparece un movimiento autodenominado neoludismo que se opone, en plena era digital, a la inteligencia artificial y todo avance científico que se apoye en la informática.

III.3.a.-         A favor de la globalización.

Entre sus partidarios hay diversas corrientes ideológicas con visiones encontradas y radicalmente diferentes en su percepción sobre los beneficios de la globalización. La tesis básica reside en el hecho de que la globalización supone la extensión de la libertad y el capitalismo, con los consiguientes beneficios que ambas cosas suponen para la humanidad.

Desde las posturas que apoyan el libre comercio el aumento de la prosperidad económica y de las oportunidades de desarrollo son necesarias para incrementar las libertades civiles y provocará un reparto más eficiente de los recursos. En general, esto conduce a reducción de precios, el incremento del número de empleos, de la producción y del nivel de vida.

La desigualdad del ingreso a nivel mundial está decreciendo, como argumentó ya en 2007 el economista Xavier Sala-i-Martin así como la pobreza absoluta. Según el Banco Mundial, el número de personas que viven con un dólar o menos de ingreso al día ha caído en términos absolutos de mil quinientos millones de personas a mil cien millones a la vez que la población mundial aumentaba por lo que la caída relativa es mayor. De hecho ha bajado de un 40% a 20% en los países en vías de desarrollo.

En lo que respecta a la mejora de las condiciones de vida debemos destacar que lamortalidad infantil ha decrecido en todas las regiones del mundo a la vez que ha aumentado la esperanza de vida. Esta no solo se ha doblado en los países en desarrollo desde la II Guerra Mundial sino que se está reduciendo la distancia entre estos países y los desarrollados. Incluso en el África subsahariana, la región menos desarrollada, la esperanza de vida ha aumentado de menos de 30 años antes de esa guerra a alrededor de 50 años.

Ha mejorado claramente la proporción de la población mundial que vive en países donde la provisión de alimentos per cápita es mayor a 2.200 calorías por persona. Entre 1950 y 1990. La tasa de alfabetización mundial aumentó del 52% al 81%. Las tendencias son iguales en lo que respecta a acceso al agua potable, electricidad, medios de transporte y de comunicación. El porcentaje de menores en la fuerza de trabajo ha caído desde un 24% en 1960 al 10% en el 2000.

Por último, en el terreno político es digno de reseñar que actualmente más del sesenta por ciento de los países del mundo son democracias. Hace un siglo el sufragio universal, entendido como muestra de democracia, era una anécdota. Los partidarios de la globalización critican duramente algunas políticas habituales en países desarrollados porque van contra los principios básicos del libre comercio. Sobre todo en lo que respecta a los diferentes tipos de subsidios, como los agrarios de la UE y de los EE.UU. o las barreras administrativas que ocultan la aplicación real de aranceles práctica habitualmente por Japón.

III.3.b.-         Críticas a la globalización.

Las críticas radicales a la globalización se agrupan en el denominado movimiento antiglobalización o altermundismo.

Este se sitúa en diversas posiciones ideológicas que pueden resumirse en las siguientes:

a.-    Aquellas claramente nacionalistas que ven en la globalización una amenaza para las naciones estado y entienden que estas sufrirán un acoso que las llevará progresivamente a su desaparición.

b.-    La extrema derecha nacionalista que sigue postulando planteamientos de exclusión nacional e incluso xenofobia ante la mundialización.

c.-    Los nostálgicos del marxismo que se oponen al proceso por su defensa de la libertad de mercado tan denostada por el dirigismo socialista.

d.-    Los movimientos populistas tercermundistas que lo ven como una continuación del colonialismo y que contienen habitualmente componentes antioccidentales, bien sea por un rechazo histórico al papel de Europa como potencia colonizadora o a las posturas antiestadounidenses tan rentables políticamente en determinados países.

e.-    Algunos movimientos religiosos ultraconservadores que abominan de las influencias que puedan recibir de otras culturas o países.

El punto en común de todas estas posturas es su aversión a lo que denominan fundamentalismo de mercado que no es más que el libre mercado. Habitualmente acusan a la globalización de fomentar un estilo de vida consumista y materialista obviando que cada ciudadano en el ejercicio de su libertad puede decidir que estilo de vida quiere seguir. Su planteamiento acaba siendo similar, la creación de un estado fuerte y regulador. De ese modo solo pretenden resucitar algunos conceptos amortizados como son el desarrollismo, el dirigismo y el proteccionismo.

III.4.-   LOS BENEFICIOS DE UN MERCADO LIBRE Y MUNDIAL.

El libre comercio que propugna la globalización no sólo se refiere al libre movimiento de capitales sino que exige igualmente el libre movimiento de mercancías, servicios y personas, las denominadas en la UE cuatro libertades de circulación y que tanto han aportado al desarrollo económico, social y político de Europa.

En defensa del capitalismo global es un libro del autor sueco Johann Nonberg. En él analiza el desarrollo de su país, Suecia, que era en 1870 más pobre de lo que es el Congo hoy en día. La esperanza de vida era muy baja y la mortalidad infantil era el doble de la de cualquier país en desarrollo promedio. El libre comercio permitió a Suecia especializarse y convertirse en un actor de importancia en la economía mundial. Cultivar en Suecia es duro pero sin embargo gracias al desarrollo de la industria maderera y la siderurgia, la venta de estos productos al exterior permitió al país adquirir los alimentos necesarios para una población que, literalmente, se moría de hambre.

El desarrollo experimentado por el mundo no ha surgido de la utopía hacia la que quería llevarnos la revolución socialista y que a la negación de la libertad sumó la ruina económica. Al contrario, la tendencia predominante del último cuarto de siglo ha sido la de avanzar hacia una mayor libertad individual. El comercio internacional y la libertad de elegir han crecido; las inversiones y ayudas al desarrollo han transmitido ideas y recursos. Muchos beneficios se han derivado del conocimiento, riqueza y tecnología de otros países.

Pero el mayor cambio ha tenido lugar en la manera de pensar de los ciudadanos. El fácil acceso a los medios de comunicación permite que las ideas fluyan a una velocidad desconocida. El aporte de ideas es continuo y no conoce fronteras. Internet permite ahondar más aún en la idea de la aldea global ya que, desde el poder no es posible o es mucho más difícil impedir el tránsito de información o de la mera opinión de cualquier ciudadano.

Al igual que ocurrió durante la primera ola de industrialización acaecida durante el siglo XIX, en el último medio siglo la pobreza global se ha reducido más que en los 500 años anteriores juntos. Hemos señalado antes la mejora de todos los indicadores de bienestar social y concluimos que son los datos de los países en vías de desarrollo son hoy mejores que los que disfrutaban los países hace cien años. ¿A qué se debe esta situación?

La mejora está, sin duda, en que valores y estructuras que eran monopolio del mundo rico occidental se han extendido por el mundo. Valores como la libertad o la igualdad de oportunidades, los medios de comunicación, la ciencia, la tecnología, la medicina, etc. Y todo eso es lo que se denomina globalización.

El movimiento antiglobalización defiende que la globalización crea pobreza y desigualdad. En ambas cosas están equivocados. La pobreza ha disminuido en las décadas de la globalización. Y la desigualdad no es tal, existe hoy pero, a diferencia de otros momentos de la historia, la liberta se está extendiendo y esa es la auténtica razón por la que unos países son más ricos que otros. El denominado norte no es más rico porque robe al sur. Es imposible porque entonces la riqueza del mundo sería una cantidad fija y sabemos que la riqueza es capaz de crecer y así lo hace. La auténtica razón esta en la libertad, que es libertad de empresa, de actuación, personal, etc. Quienes tienen la libertad de emplear su inteligencia en lo que consideran adecuado, y la libertad de trabajar en su propio beneficio, son quienes crean sociedades ricas.

Son la producción y el crecimiento económico quienes producen más riqueza. El capitalismo exige una producción mayor y más eficiente ya que quien no lo consigue está fuera del mercado. Sólo la liberta de las partes hace al comercio justo ya que cualquier transacción requiere para cerrarse la satisfacción de ambas partes. Los países más libres y las democracias son más ricos. Siguiendo a Amartya Sen la seguridad jurídica, la erradicación de la corrupción y la libertad son el mejor caldo de cultivo para la creación de riqueza.

La libertad económica es una oportunidad para conseguir libertades políticas. Es difícil para un dictador mantener libertad económica y evitar la libertad política. Una sociedad que se acostumbra a escoger le cuesta aceptar que otros elijan en su lugar. Por esa razón, la libertad económica acaba derivando en libertad política.

En definitiva, la globalización que significa aumento en el comercio internacional, de las comunicaciones y de las inversiones, esta siendo la manera más eficiente para extender oportunidades a todos los países. Resulta curioso ver como desde los países ricos del norte se defiende un proteccionismo que sólo conseguiría impedir a los países pobres comerciar. Si terceros países nos hacen la competencia tendremos que ser más eficientes, no más proteccionistas. Buscar el desarrollo de los demás a través de la caridad y no de las oportunidades es cínico e ineficiente.

Es una verdad incuestionable que grandes partes del mundo están rezagadas, especialmente el África Sub-sahariana. Pero también lo es que es la parte del mundo donde la libertad y la democracia no existen, donde las regulaciones son caprichosas y la corrupción es absoluta.

Acusan a la globalización por la miseria africana es ridículo. Recuerda aquella anécdota en la que un gerifalte de Corea del Norte explicó a un político de Mongolia que realizaba una visita oficial al país que ciudadano norcoreano medio es infeliz y miserable porque el imperialismo estadounidense le provoca una terrible angustia y tristeza. Al parecer, la falta de libertad, la hambruna y el estado de terror no tienen influencia en el ánimo de ciudadano norcoreano.

El mundo nunca ha sido un mejor lugar donde vivir que en la actualidad. La pobreza nunca había sido tan baja y los niveles de vida tan altos como ahora. Y la era de la globalización ha creado el escenario para un crecimiento aún más rápido de las oportunidades y la creación de riqueza.

IIII. LA PRIMERA CRISIS DEL SIGLO XXI.

IIII.1.-  LAS CRISIS FINANCIERAS COMO ELEMENTO RECURRENTE.

Desde hace ochocientos años las crisis económicas, sean financieras o no, son recurrentes y en cierto modo previsibles aunque, desgraciadamente, esta segunda cualidad suele explotarse poco. Además, cualquiera que avise, en plena bonanza, de la cercanía de una crisis será tachado, como mínimo, de agorero, pesimista, interesado o profeta de la catástrofe.

Joseph de la Vega fue un judío cordobés del siglo XVII, que, perseguido por la Inquisición huyó a Portugal y acabó exiliado en Ámsterdam, entonces centro financiero mundial. En los Países Bajos ejerció, junto a su padre Isaac, como operador de bolsa. Fruto de su experiencia nos legó un interesante libro Confusión de Confusiones escrito en 1688, donde nos narra la conocida tulipomanía de 1637. La burbuja irracional generada alrededor de los tulipanes, flores desconocidas en Europa occidental y cuyos primeros bulbos empezaron a llegar desde Turquía a través de Ámsterdam y Amberes. Llegaron a pagarse cantidades astronómicas por ellos, hasta que cayó el mercado que había crecido, como siempre, apalancándose.

En Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds, (Extraordinarias desilusiones populares y la locura de las multitudes, 1841) Charles Mackay, un economista y periodista financiero relata la historia de la gran burbuja de la South Sea Company en 1720. El Reino Unido consiguió en el Tratado de Utrecht derecho a un barco que comerciara con bienes y a una cuota para aportar 4.800 esclavos al año desde África. Sin embargo, la compañía ofreció canjear los títulos de deuda pública por acciones, anunciando que iba a explotar el monopolio del comercio con España, lo que no era cierto. Especuló con las acciones que multiplicaron su precio por tres hasta que, descubierta la realidad del fraude, se desplomaron. Isaac Newton, que perdió mucho dinero en esta operación sentenció: He logrado predecir el movimiento de los astros pero no la locura de las masas.

Parecida fue la de la Mississippi Company (luego Compagnie d’Occident o Compagnie du Mississippi, que más tarde compró la Compagnie des Indes Orientales y la Compagnie de Chine) en 1719, un holding de empresas de origen francés comprado por el financiero escocés John Law, excelente matemático que utilizó su conocimiento de la teoría de las probabilidades para especular en los mercados.

Son también lecturas obligadas los análisis de John Kenneth Galbraith sobre El crac del 29 y la excepcional recopilación de Charles P Kindleberger, titulada Manias, Panics and Crashes.

Una simple lectura de estos títulos muestra el carácter irracional, volátil y propenso a burbujas, fraudes y crisis periódicas de los sistemas financieros y bancarios. Suponer que el consumidor o el agente económico actúan racionalmente es un grave error. Si el consumidor razona reduce el riesgo de error pero no lo elimina y si no razona el riesgo será mayor pero tampoco garantiza que la actuación sea incorrecta.

El razonamiento, por tanto no elimina los riesgos, pero además, una decisión no sólo se basa en la razón entendida como algo puro sino que esta tiene componentes personales de todo tipo que son siempre subjetivos. El propio Kindleberger decía que desechaba los modelos que trataban de demostrar que existían burbujas racionales porque eran un intento fallido de elevar la técnica por encima del sentido común.

Pues bien, a pesar de estas burbujas y crisis financieras recurrentes a lo largo de la historia, paradójicamente, la corriente académica dominante durante las tres últimas décadas ha sido la de la hipótesis de los mercados financieros eficientes en conjunción posterior con la hipótesis de las expectativas racionales, que establecen que los mercados financieros son eficientes y sus precios son correctos en cuanto que reflejan el valor fundamental de los activos que se contratan, y que los inversores, operadores y agentes que intervienen en ellos son totalmente racionales y toman las decisiones correctas dada la información disponible, la misma racionalidad que muestran todos los ciudadanos ante las decisiones de política económica que hacen que éstas tiendan a tener poca eficacia ya quelas han descontado con anterioridad a ser tomadas

Y, lo que es más sorprendente, sin tener en cuenta el trabajo de los tres premios Nobel de economía, George Akerlof, Joseph Stiglitz y Michael Spence, que ganaron, en 2001, sus respectivos premios por demostrar las inconsistencias, ineficiencias y fallos de los mercados financieros y otros, derivados dela existencia de información asimétrica en todos ellos, lo que producía problemas de selección adversa, de comportamiento de rebaño, de contagio y de riesgo moral.

Y sin tener tampoco en cuenta a uno de los primeros premios Nobel de economía, Herbert Simon, que en 1978 ya planteó las dificultades de la toma de decisiones correctas en la empresa y los fallos de la economía neoclásica al explicarlos, así como la importancia de la racionalidad limitada (bounded). Ni tampoco a Maurice Allais (1953), premio Nobel en 1988, que había mostrado las «paradojas de Allais», en las que decisiones de inversión que parecían correctas no lo eran en absoluto y llevaban irremediablemente a pérdidas.

Ni por último tampoco a otros dos premios Nobel de economía de 2002, Daniel Kahnernann y Vernon Srnith (Amos Twersky, fue sólo mencionado porque al fallecer unos meses antes no pudo recogerlo), que recibieron sus premios por demostrar que los agentes, inversores y operadores de los mercados financieros tienden a mostrar una racionalidad limitada en general, pero especialmente limitada en situaciones de incertidumbre elevada.

Paul Krugman premio Nobel de Economía en 2008, también había contribuido notablemente a desmitificar los mercados financieros con su hipótesis del valor de Pangloss o panglossiano, en alusión al Doctor Pangloss, supuesto discípulo de Leibniz  en la obra de Voltaire, Cándido (1759).

Este valor sólo puede conseguirse cuando se vive en el mejor de los mundos (en referencia a Leibniz) o, lo que es lo mismo, bajo una situación de riesgo moral, mediante la cual existe un incentivo muy grande a tomar riesgo sin límite, ya que, si se gana, se consigue un retorno extraordinario (panglossiano) y, si se sale perdiendo, termina pagándolo otro, normalmente el contribuyente. En esta situación las decisiones de inversión no se toman basándose en las tasas de beneficio que pueden parecer realistas, sino en las que se puedan dar en condiciones ideales El término panglossiano se refiere así a un optimismo infundado.

A pesar de estas evidencias académicas tan premiadas que han matizado o rechazado, en todo o en parte, las hipótesis anteriores, la enseñanza convencional de la economía y de las finanzas en las universidades y escuelas de negocio ha seguido siendo la dominante, es decir, la de las expectativas racionales, los mercados financieros eficientes y la racionalidad de los agentes.

Una de las razones de que sigan enseñándose las finanzas de la misma manera es que es, sin duda, la forma, desde el punto de vista matemático, más simple y fácil de explicar pero la condición humana está sujeta a impulsos, motivaciones y tentaciones que muchas veces la alejan de la racionalidad y que, por tanto, los modelos derivados de la matemática y de la física que forman la base delas hipótesis anteriores no deben de tomarse como fieles representantes de la forma de actuar y de tomar decisiones de las personas ya que, aunque reflejan perfectamente y se aplican correctamente a las condiciones de la materia, no pueden reflejar ni aplicarse en el caso de las condiciones y tomas de decisión de los seres humanos.

La economía es una ciencia social, ni exacta como las matemáticas, ni natural. La primera, ante cualquier planteamiento repite siempre los resultados y en las segundas, la condición para que las reacciones a la acción inicial sean idénticas es que se cumplan una serie de condiciones determinadas como son, por ejemplo, la presión y la temperatura.

La economía es una ciencia social y su agente principal es el hombre que como escribió Shakespeare en La tempestad está hecho de la misma materia de los sueños y, como le está permitido pensar, puede decidir y al ser su decisión personal es, muy habitualmente, impredecible.

La crisis puntocom se produjo porque los inversores pensaron que Internet era una nueva y desconocida forma de hacer negocio y la revolución tecnológica justificaba los precios desorbitados que se pagaban por las acciones de dichas compañías, ya que se produciría en un corto período de tiempo un enorme incremento de la productividad, en una magnitud impensable hasta ese momento.

La realidad viene demostrando que se han ido repitiendo olas de optimismo ingenuo, que hacen que deje de percibirse la realidad tal como es, lo que lleva a excesos de autoconfianza, de creerse superior a lo que realiméntese es y de caer en la tentación de la soberbia o de la codicia, con lo que deja de pensarse de forma racional

Esto lleva a cometer equivocaciones graves que, de forma colectiva, conducen irremediablemente a una crisis que, una vez comenzada, tiende a provocar, a la inversa, olas de pesimismo y de desconfianza que la tornan todavía más grave, haciendo a la postre que cueste mucho tiempo y esfuerzo colectivo volver a recuperar la confianza y retornar a una situación normal

Un reciente libro, de lectura obligada, es el del premio Nobel George A Akerlof y de Robert J Shiller, titulado Animal Spirits (2009), en recuerdo de Keynes, que demuestra por qué dejar a los mercados sin regulación supervisión lleva a crisis como la actual, ya que controlar y canalizar esos “impulsos emocionales» requiere la intervención de los gobiernos, para evitar o reducir las consecuencias de situaciones y reacciones de excesiva confianza primero y de excesiva desconfianza, de miedo e incluso de pánico después que suelen desatarse sucesivamente, como ha demostrado, una vez más, la crisis financiera actual.

 

IIII.2.- LA GESTACIÓN DE LA CRISIS.

Si en algo coinciden hoy la mayoría de los analistas es en que la Gran Depresión de los años treinta es la última gran crisis global. Por tanto, parece interesante volver la vista atrás para comprender las causas que la produjeron y las soluciones, acertadas o no, que se aplicaron y obtener de esa visión enseñanzas para estos atribulados tiempos.

No es difícil encontrar paralelismos entre la Gran Depresión de 1929 y la crisis actual, denominada ya por algunos autores como la Gran Recesión. En principio es interesante destacar que aunque las crisis económicas puedan parecer distintas entre sí, es posible colegir que todas las debacles financieras tienen características comunes. Así lo han hecho respecto a la actual Rogoff y Reinhardt, en su libro Esta vez es diferente igual que lo hicieron antes Galbraith y Kindleberger  en sus ya clásicos estudios históricos. Y lo más curioso es que no aprendemos ni siquiera de los errores, o mejor, aprendemos poco. La realidad es que las crisis se repiten porque lo hacen sus causas aunque las consecuencias son diferentes ya que sí aprendemos a situar cortafuegos para minimizar las consecuencias.

Rogoff y Reinhardt han estudiado sesenta y seis países de los cinco continentes y durante los últimos ochocientos años llegando a la conclusión, casi esperada, de que esta vez, tampoco es diferente. Su tesis es terrible en su simplicidad: se han vivido innumerables crisis y todas ellas obedecen a causas muy similares dando lugar a consecuencias sociales muy parecidas. La base teórica de su tesis es tan clara como nuestra incapacidad para reconocer lo evanescente de un concepto fundamental en la economía: la confianza.

De todos modos, esta no es una postura general puesto que otros autores defienden que no existen procesos recurrentes y que cada crisis es distinta en sus causas y desarrollo lo cual es lógico al ocurrir en momentos históricos y en sociedades diferentes. Pero no puede negarse que hay características comunes y al final, siempre se repite lo principal aunque varíe lo accesorio.

Aunque no sea santo de la devoción de los mercados, ya que suele ser calificado como keynesiano radical, o quizás por ello mismo, vamos a seguir a Hyman Minsky cuya línea principal de investigación se centró en la fragilidad intrínseca de los mercados financieros y en la comprensión de sus crisis. Lord Keynes ya había abordado la inestabilidad de los mercados afirmando que pueden permanecer irracionales más tiempo de lo que uno puede mantenerse solvente. Suya es también la conocida comparación de la Bolsa con los concursos de belleza.

Pero fue Minsky quien mostró cómo evoluciona esa inestabilidad y cómo interacciona con la economía. En síntesis, Minsky defendía que en tiempos de prosperidad se desarrolla una euforia especulativa a la vez que aumenta el volumen de crédito, hasta que los beneficios producidos por los activos adquiridos son incapaces de pagar el crédito obtenido llegando el impago y con él, la crisis. Dado que la concesión de préstamos se contraerá independientemente de cual sea la calidad de los posibles prestatarios, la economía pasa de la crisis a la recesión. Últimamente se ha repetido hasta la saciedad esta frase escrita por Minsky en 1974: Una característica fundamental de nuestra economía es que el sistema financiero oscila entre la robustez y la fragilidad, y esa oscilación es parte integrante del proceso que genera los ciclos económicos.

Minsky estudia los ciclos de prosperidad tratando de definir qué factores provocan la expansión y cuales desencadenan la crisis y la contracción de la economía. Basa su análisis en la descripción de la situación financiera de las empresas, que reduce a tres tipos: la empresa cubierta, que es aquella cuyos flujos de caja son suficientes para pagar el principal y los intereses de las deudas que ha contraído; la especulativa, que, aunque es capaz de hacer frente al pago de los intereses no lo es de devolver el capital y requiere una reestructuración urgente de su deuda y la empresa Ponzi cuyo flujo de caja es tan reducido que es incapaz de hacer frente, ni siquiera a los intereses y que se encuentra, técnicamente, en quiebra.

La clasificación es aplicable a empresas, particulares o estados ya que se basa en la capacidad de devolución de deuda que es una característica común a todos ellos.

Es claro que un sistema financiero formado por empresas del primer tipo será un sistema sólido que sólo empezará a hacer aguas si sus miembros se convierten en empresas especulativas y aumentará su vulnerabilidad si la calidad de sus agentes se degrada hasta la fragilidad que representa el tipo Ponzi.

En una situación de tipos bajos de interés y facilidad de crédito, las empresas tienden hacia el tipo Ponzi y por tanto degradan el sistema financiero. Para Minsky, cualquier sistema solvente evoluciona de modo natural a su degradación. La contundencia de la tesis es algo excesiva pues parece más cercana al determinismo calvinista de la predestinación que a la libertad predicada como cualidad inherente de los mercados. Financieramente es recomendable que el volumen de deuda sea acorde con la capacidad de devolución del prestatario pero la financiación barata genera grandes incentivos para el endeudamiento y aunque lo razonable sea utilizar los tiempos de bonanza para reducir deuda, esta crece.

En estos últimos años los bajos tipos de interés alimentaron la burbuja, – en particular, la inmobiliaria – crearon demanda, dieron lugar a la revalorización de los activos, a las compras con alto endeudamiento y a las rápidas compraventas que generaron beneficios porque siempre había alguien dispuesto a pagar más, aunque fuera poco más. Siguiendo a Minsky, el aumento del crédito acaba generando desconfianza en los prestamistas que incrementan los tipos hasta que la mera especulación no es suficiente para pagar los costes y surge el credit crunch o contracción del crédito.

Y es en ese momento cuando aparece la volatilidad de los valores que afecta incluso a las empresas solventes llegando la crisis a todos los sectores. Evidentemente, las burbujas se pinchan cuando alguien, en un rapto de racionalidad, descubre que no tiene sentido pagar el precio que le piden por un bien determinado puesto que cree que el precio es excesivo y nada lo justifica. En ese momento, el último comprador que financió la adquisición se queda al descubierto y el mercado se inunda de una oferta de bienes sobrevalorados que acaban perdiendo todo su valor.

La venta masiva de terrenos generó una espiral bajista del mercado – a mayor oferta, menos precio – que nos lleva a una demanda ingente de liquidez y entonces se produce lo que se conoce ya como momento Minsky. Esta situación, definida para el mercado financiero, es muy clara en el inmobiliario que supone un paradigma. Cuando el comprador de una casa recibe sólo el ochenta por ciento de su valor y además tiene que demostrar su capacidad de devolución, el riesgo de los bancos es muy bajo. Pero si los precios suben, – y entonces y hoy han subido desmesuradamente -, aparecen los especuladores y como crece el valor de la garantía, los bancos relajan los criterios de riesgo. En el momento del estancamiento y sobre todo, cuando los precios bajan, – bajaron y están bajando – llega el problema. En la situación previa, el banco podía soportar una caída de valor del veinte por ciento e incluso más, ya que si el prestatario había devuelto un diez por ciento del capital prestado una caída de precios del treinta por ciento sería indiferente pues garantía y deuda estarían equilibradas. Es muy diferente si la cartera de préstamos está constituida por operaciones financiadas en su totalidad ya que una simple bajada del dos por ciento equivale a la quiebra del prestamista.

En la situación actual se han producido múltiples quiebras bancarias reales que se han impedido mediante aportaciones de capital por parte de los estados ya que los créditos impagados, sobre todo los del sector inmobiliario han degradado el balance de las entidades. La participación de los estados se negó inicialmente, pero se aceleró tras la caída de Lehman Brothers. Esta responde básicamente al esquema que hemos planteado.

En 2007, sufrió un fuerte varapalo en razón de la crisis generada por las hipotecas subprime, un nombre nuevo para algo tan viejo como el prestatario tipo Ponzi de la clasificación de Minsky. En 2008 la acumulación de pérdidas fue ya tan alta que en el segundo trimestre fiscal ascendieron a 2.800 millones de dólares y se vio obligada a vender 6.000 millones en activos tras haber perdido en los primeros seis meses del año el 73% de su valor en bolsa y el 15 de septiembre fue a la quiebra presentando un pasivo de 613.000 millones, la mayor quiebra de la historia.

Sin duda alguna la responsabilidad de la espiral de crédito es tanto de los prestatarios que arriesgaron más de lo razonable como de los bancos prestamistas que actuaron con absoluto desprecio de la prudencia natural en la concesión de operaciones de préstamo que, por algo, reciben el nombre de riesgo bancario.

La banca tradicional basa el análisis del prestatario en los factores que influyen en el riesgo de crédito, conocidos como las Cinco Ces, por sus iniciales en inglés: Carácter (character),  que es la integridad y honradez del cliente que es determinante para valorar una operación; Capacidad (capacity), posibilidad del prestatario para generar fondos y devolver el dinero; Patrimonio (capital); Garantía (collateral), si es necesaria para afianzar la operación y Situación (conditions) o entorno del prestatario. Curiosamente, en cada crisis la banca olvida aplicar el manual y acaba teniendo una enorme cartera de préstamos degradados, Ponzi o subprime; cambia el nombre pero no la realidad de los mismos.

 

IIII.3.-  CAUSAS DE ESTA CRISIS.

 

Siguiendo a Guillermo de la Dehesa (La primera gran crisis financiera del siglo XXI. Orígenes, detonantes, efectos, respuestas y remedios) los orígenes de esta crisis son múltiples, macroeconómicos, microeconómicos, teóricos y por otra parte de economía política y de política económica

Esta crisis, que surge por primera vez en los países avanzados, tiene su origen a su vez en las crisis que sufrieron, por este orden, los países emergentes de Asia, Europa y América Latina al final de los años noventa. Tras esta crisis que se debió a un exceso de endeudamiento por parte de los países emergentes, éstos dejaron de endeudarse en el exterior, redujeron sus tasas de inversión y de consumo y empezaron a ahorrar y a acumular enormes reservas en moneda extranjera para evitar futuras crisis y pasaron de ser tomadores e importadores de capitales de los países desarrollados a prestamistas y exportadores de capital a dichos países

Como el exceso de ahorro financiero generado por estos países necesitarse absorbido por un exceso de inversión y de consumo en otros, la mayor parte de los países en desarrollo emergentes desarrollaron superávits externos por cuenta corriente mientras que la mayor parte de los desarrollados, por definición, entraron en una situación de déficit externo corriente.

Al principio, las grandes empresas de los países desarrollados absorbieron dichos ahorros aumentando sus inversiones, especialmente en tecnologías dela información, pero el colapso de la burbuja de estas tecnologías y de Internet hizo que algunos bancos centrales, pero especialmente la Reserva Federal americana, desarrollaran una política monetaria muy acomodaticia para evitar la recesión.

Los bajos tipos de interés y la amplia disponibilidad de crédito y la enorme liquidez suministrada por las inversiones de los excesos de ahorro de los países emergentes en los desarrollados, y sobre todo en Estados Unidos, hicieron que en varios países aumentase la compra de viviendas y los créditos hipotecarios, con lo que los precios de la vivienda empezaron a subir con rapidez en varios países desarrollados como el Reino Unido, España y Australia, pero también en Estados Unidos.

La diferencia entre ellos es que, además, este último desarrolló el crédito hipotecario subprime dirigido a las familias con pocos recursos económicos

Los inversores internacionales nunca solían comprar estos créditos hipotecarios ya que requieren seguirlos de cerca puesto que representan un crédito incierto a largo plazo y una tasa de impago que un inversor lejano no está dispuesto a admitir.

Sin embargo, esta vez la ingeniería financiera americana desarrolló una nueva idea para sacar dichas hipotecas de sus balances totalizarlas, mediante su división en tramos y posteriormente reempaquetándolos, se han desarrollado así productos financieros cada vez más complejos con la garantía de dichas hipotecas y otros créditos

Si miles de estos créditos hipotecarios se empaquetaban, mejoraba su calidad crediticia al reducirse su probabilidad de impago por la ley de los grandes números más todavía si se empaquetaban con otros créditos de consumo, de coches y de tarjetas de crédito, ya que al aumentar su diversificación se reduce todavía más su riesgo promedio de impago.

Además, dichos paquetes podían trocearse en tramos con distintos niveles de riesgo que podían venderse separadamente de acuerdo con el apetito de riesgo y la capacidad de evaluación del riesgo de cada inversor.

Las agencias de calificación crediticia (o rating), que era imposible que conociesen la capacidad de pago de cada propietario de una vivienda, sólo podían procesar la información directa disponible suministrada por el banco que titulizaba, como el nivel aparente de solvencia del propietario y la relación porcentual entre el valor de la hipoteca y el precio de la vivienda, eso sí, sin poder contrastarlos.

Los inversores y los mismos bancos (algunos que también las totalizaban) compraban los títulos que se emitían con la garantía de estos paquetes o de cada tramo de ellos, ya que pensaban que su rentabilidad era elevada en relación a su riesgo, porque se fiaban de la clasificación crediticia dada por las agencias, porque sus ejecutivos tenían un sistema de incentivos basados en sus beneficios a corto plazo y porque creían que la situación de financiera no iba a dar un cambio tan brusco como el que ha sufrido.

En esta ocasión, una vez más, se ha pasado de la euforia previa a la crisis a la depresión posterior en un corto período de tiempo. Tras unos años eufóricos en que los financieros eran considerados como héroes y ganaban como tales, y en que los gobiernos y bancos centrales creían que las recesiones iban a ser insignificantes gracias a la llamada «gran moderación» del ciclo, de repente ha llegado la recesión más grave desde la Gran Depresión

Tras años de gran expansión del crédito, de creciente apalancamiento, de caída del ahorro y de aumento del consumo y de grandes beneficios para las entidades y operadores financieros, a partir del 9 de agosto de 2007, los inversores perdieron abruptamente la confianza en los mercados de papel comercial en que se financiaban dichos títulos y más tarde en todos los mercados financieros y sus instituciones, con lo que la liquidez se secó y con ella todo el apalancamiento que había producido la burbuja financiera, que explotó fulminantemente y que todavía no se ha recuperado.

Los mercados financieros, uno tras otro, fueron secándose o dejaron de funcionar parcial o totalmente, primero fue el del papel comercial (pagarés),después el resto de los mercados garantizados por hipoteca, especialmente los productos estructurados con ellas, a continuación los de otras titulizaciones de créditos, luego el interbancario y los mercados monetarios, y finalmente, los mercados bursátiles.

Pocos pensaban que esta crisis podía ocurrir. La inflación era baja y el crecimiento elevado siendo ambos estables, los países emergentes tomaban por primera vez el liderazgo. Existían suficientes salvaguardas en el sistema financiero: los bancos centrales estaban dispuestos a prestar a los bancos siempre que fuese necesario, los depositantes estaban ampliamente asegurados por sus fondos de garantía, los inversores estaban más protegidos que nunca por los códigos de buen gobierno de las empresas y los reguladores supervisores estaban ocupados de que los bancos y otras entidades financieras no tomasen un riesgo excesivo.

Pero al mismo tiempo, como se ha señalado más arriba, era muy difícil detectar con tiempo de antelación una crisis y especialmente cómo y cuándo iba a ocurrir, cuando se sabe que éstas se repiten tras períodos en que todo va bien y se desarrolla una actitud de euforia.

Existen varias características del sistema financiero que le hace especialmente importante para la economía y la sociedad en su conjunto: En primer lugar, los bancos y otras entidades financieras son unas instituciones que toman prestado a corto y que prestan a largo, luego incurren en un riesgo de tipos de interés, de plazos y, por supuesto, de impago de lo quejan prestado, lo que les hace ser muy vulnerables a cambios en las condiciones económicas.

En segundo lugar, los bancos, aunque sean privados, cumplen un servicio público: miles de millones de pagos diarios, cada uno requiriendo un transvase o transferencia de fondos, son realizados por los bancos. Cientos de millones de personas en el mundo han colocado sus ahorros en depósitos fondos bancarios y han comprado su vivienda, su coche o financiado sus estudios o su empresa con un préstamo bancario que bien directamente a través de una aseguradora les han cubierto el riesgo de accidente, robo, etc.

En tercer lugar, estas entidades son las que cumplen la tarea de canalizarlos recursos de aquellos que ahorran a aquellos que consumen e invierten y también de transferir el riesgo de aquellos que no pueden tomarlo a aquellos que están dispuestos a asumirlo.

En cuarto lugar, una de las políticas económicas que más relevancia tienen para suavizar las fluctuaciones y ciclos económicos y para mantener la estabilidad de precios, que es la política monetaria, necesita, para tener eficacia, al sistema bancario, que es el que la transmite desde los movimientos autónomos del tipo de interés operados por el banco central al coste del crédito bancario y de ahí al resto de la economía, lo que se llama mecanismo de transmisión de la política monetaria

Finalmente, el sistema financiero está basado exclusivamente en su capacidad de recoger y analizar información.

Si todo el mundo tuviese acceso a toda la información, no haría falta tener un sistema bancario ni ningún intermediario financiero. Los bancos y otros intermediarios sólo existen porque la información es asimétrica. De no ser así, todos los ahorradores últimos de la economía prestarían directamente a los inversores últimos o invertirían directamente en las acciones y los bonos emitidos por las empresas los gobiernos. Sin embargo, el problema fundamental es que la información es asimétrica, es decir, unos saben mucho más de cada situación que otros.

Por ejemplo:

i.-    El prestatario sabe más sobre su propia solvencia o la del proyecto que presenta para pedir el préstamo que el prestamista.

ii.-   El cliente de una seguradora sabe más sobre su probabilidad de riesgo de accidente o sobre su probabilidad de enfermedad o de esperanza de vida que el asegurador.

iii.-  El vendedor sabe siempre más sobre la calidad y características del producto industrial de servicios o activo financiero que quiere vender que el comprador.

iiii.- El que busca empleo sabe más sobre su capacidad de llevar a cabo el puesto de trabajo al que se presenta que el empleador.

v.-    El trabajador decampo sabe más sobre las condiciones de la cosecha que su terrateniente.

vi.-   Los ejecutivos de una empresa o un banco saben más sobre su situación económica patrimonial que su consejo de administración y, a su vez, su consejo de administración sabe más sobre ella que sus accionistas, etc.

Por esta razón existen los intermediarios financieros entre ahorradores e inversores, ya que han desarrollado una ventaja informacional sobre cómo recoger, analizar, calcular y explotar sus mayores conocimientos sobre la capacidad de pago de los prestatarios o sobre la situación de solvencia de las empresas que emiten acciones o bonos.

Esta actividad exige un grado desconfianza muy elevada por parte de los depositantes o de aquellos que invierten en fondos, acciones o bonos, en la veracidad y exactitud de la información que reciben de dichos intermediarios

Este grado de confianza, si se quiebra, puede llegar a paralizar la actividad de los intermediarios financieros de los mercados, produciendo corridas bancarias y mercados sin actividad, con consecuencias muy graves para la economía en general.

Esta quiebra de confianza ha ocurrido, de nuevo y con más fuerza, enasta crisis: primero se perdió la confianza de los inversores en unos instrumentos financieros complejos, garantizados por hipotecas cuya elevada calificación crediticia resultó ser errónea, pero que ya se sospechaba que podría serlo, puesto que era una incongruencia total que tuvieran un rendimiento superior al de otros activos con su mismo rating, pero algunos inversores son capaces de ignorar la realidad cuando pueden ganar más.

Cuando una gran empresa industrial o de servicios va a la quiebra, sus competidores se alegran porque piensan que puede ser beneficioso paralelos ya que supone otro competidor menos en el mercado y creen que pueden absorber una parte de su cuota de mercado

Sin embargo, cuando un banco de tamaño grande cae, el resto de los bancos tiembla, ya que están unidos por el mercado interbancario, que es el mercado de mayor volumen de todos los que existen, ya que el quebrado puede dejar de devolver enormes volúmenes de crédito que tiene tomados a otros bancos

Si estos últimos, a su vez, tienen problemas por culpa del anterior, pueden llevar ala quiebra a otros bancos como fichas de dominó

Es decir, si el sistema bancario llega a colapsar, aunque sea de forma temporal, se pone en peligro el sistema de pagos y el sistema de crédito que utilizan diariamente más de mil millones de personas en el mundo

Un colapso del sistema de pagos supone la paralización de la actividad económica

Una contracción fuerte del crédito tiene consecuencias devastadoras para todos los hogares y empresas que los han tomado y necesitan renovar sus líneas o que tienen que pedir nuevos créditos

Unos mercados que se secan y dejan de funcionar o que se mantienen poco activos dificultan la única financiación alternativa que tienen las empresas y las mismas entidades financieras fuera del crédito

Dado que el sistema financiero es enormemente complejo y está muy interconectado, la crisis financiera de un país grande o de algunos intermediarios financieros grandes puede contagiarla resto del mundo

Todos estos fallos del sistema financiero llegan a producir irremediablemente una grave recesión que puede llegar a tener efectos globales, como ha ocurrido en esta crisis

Sin embargo, el problema es que, en una crisis financiera aguda de parte de la red de bancos cómela que se ha experimentado, ya no es suficiente estar informado sobre sus socios sino que es necesario tener suficiente información sobre los socios desuso socios, y conforme la crisis se hace más aguda necesitan tener también información sobre los socios de los socios de sus socios, etc.

Esto significa que los costes de obtener y tratar dicha información llegan a ser inmanejables hasta que, dada su creciente incertidumbre, deciden liquidar sus posiciones con el resto de bancos y el mercado interbancario y el de líneas mutuas de crédito colapsa

El problema de esta crisis es que la historia ha vuelto a repetirse una vez más, y no se han aprendido las lecciones de la Gran Depresión. Entonces, ante la evidencia de la vulnerabilidad de la actividad de los bancos, de las enormes pérdidas sufridas por sus depositantes, por sus accionistas y por sus acreedores, se discutió si sólo debería haber dos tipos de bancos, unos que estaban autorizados a tomar depósitos pero que sólo podían invertirlos en activos totalmente seguros y de elevada calidad y otros que no tendrían acceso a ellos, que debían financiarse en los mercados de deuda y que eran los que podían prestar a los inversores y a los consumidores con riesgo. Es decir, banca comercial y banca de negocios, que hoy se ha mezclado con el resultado de todos conocido.

Esta idea había surgido del Plan Chicago para la Reforma Bancaria que habían elaborado algunos economistas de la Universidad de Chicago en 1933, tales como Frank Knight, Irving Fisher y Henry Simons, que eran de los más importantes de la época.

Finalmente, el gobierno de Roosevelt decidió lo siguiente:

i.-    Crear un Fondo de garantía de depósitos (FDIC) para evitar que los depositantes volviesen a perder la confianza en los bancos en el futuro.

ii.-   Autorizar a la Reserva Federal para que pudiese actuar como prestamista de última instancia de los bancos inyectándoles la liquidez necesaria para evitar que llegasen a quebrar.

iii.-  Aprobar la ley Glass-Steagall, que establecía la separación de los bancos en dos tipos: por un lado, los comerciales que tomaban depósitos del público y que los prestaban a riesgo, que estaban sujetos a una estrecha regulación por las agencias federales, y por otro, los de inversión, que no podían tomar depósitos del público y que debían financiarse en los mercados de renta variable y renta fija, sin necesidad de estar regulados como los anteriores

Como ocurre a menudo, esta solución creó, a su vez, un problema, que era que si los bancos veían que los depositantes no iban a sufrir fuertes pérdidas ya que estaban garantizados sus depósitos y el banco central iba a ayudarles en caso de que ellos tuviesen dificultades de liquidez o de solvencia, tendrían un incentivo claro a tomar más riesgo, es decir, estaban en una situación que se ha dado en llamar de azar o de riesgo moral.

Esta situación fue formalizada por Kenneth Arrow, pero es un término que existía ya en las compañías de seguros desde mediados del siglo XVI, aunque se refería a un azar subjetivo y no moral en el sentido ético, y que posteriormente ha pasado a ser un caso especial dentro de la teoría, más amplia, de la información asimétrica.

Azar o riesgo moral es aquella situación en la que una parte es responsable de los intereses de otra pero tiene un fuerte incentivo a poner sus intereses por delante de los de la otra parte

De forma muy coloquial, se resume con la frase siguiente: Si sale cara gano yo y si sale cruz pierdes tú.

A partir de los años ochenta surge una tendencia creciente hacia la desregulación a la autorregulación bancaria que tiene sus orígenes en una nueva corriente teórica, que pasa a ser dominante, basada en las tesis de las expectativas racionales y de los mercados eficientes y completos y de los nuevos modelos macroeconómicos, en los que los mercados financieros son neutrales para la actividad económica porque son casi perfectos.

Los orígenes de la actual crisis han sido por tanto, de un lado, macroeconómicos, de otro, microeconómicos, de otro, teóricos y, finalmente, psicológicos.

 

  1. Macroeconómicos: La acumulación creciente de desequilibrios por cuenta corriente de la balanza de pagos en el mundo y las dificultades creadas por la política económica que mantuvo durante entiempo excesivo un nivel muy bajo de los tipos reales de interés.
  2. Microeconómicos: Han tenido que ver con fallos en los sistemas de incentivasen las entidades financieras, fallos en la medición externa del riesgo parparte de las agencias de calificación y en la medición interna por parte delos bancos y fallos en la regulación y supervisión de los sistemas financieros por parte de las autoridades administrativas o los bancos centrales.
  3. Teóricos: Derivan de una corriente teórica dominante en el pensamiento económico, desde hace ya más de tres décadas, que ha creído en exceso en la eficiencia y tendencia al equilibrio del sistema bancario y delos mercados financieros, olvidándose de que su larga historia ha estado plagada de fallos, de burbujas y de crisis.
  4. Psicológicos: La historia nos muestra que los agentes económicos son seres humanos y no máquinas y tienden a ser muy optimistas cuando todo va bien e invariablemente cometen excesos pensando que esta vez es diferente y que va a durarla situación mucho tiempo, con lo que terminan equivocándose, perdiendo sus ahorros y su confianza y convirtiéndose a un profundo pesimismo, acelerando la caída y haciéndola más cara

 

IIII.4.- LA SALIDA A LA CRISIS. MÁS MERCADO.

Si la globalización que no es una novedad si no un proceso nos ha demostrado que la libertad de mercado permite generar riqueza, la salida a la crisis está en el propio mercado. El mercado libre no es un mercado sin reglas es un mercado no intervenido.

Hablar de mercado libre en países como España donde el estado en cualquiera de sus manifestaciones ocupa una parcela importante de la estructura económica parece una broma de mal gusto.

Escuchar que no hay diferencias de fondo entre la forma de gestionar la economía de un país y la de una familia cualquiera se ha convertido en una especie de mantra. Y es una idea tan cierta como que la propia etimología de la palabra no significa en griego otra cosa que administración del hogar. Lo que originalmente nombraba al ama de casa – “oikonomiá” – acabó denominando al administrador, pues “oikos” es casa, en el sentido patrimonial de la expresión y “némein”, administrar.

Gestionar correctamente una familia, una empresa o un país, requiere plantearse con antelación dos cuestiones fundamentales: con qué dinero se cuenta y en que pretendemos gastarlo. Cuando hemos reunido todos los datos, se anotan en un papel – o, si son muchos, en una libreta – para obtener algo tan importante como un presupuesto. Es decir, una lista más o menos compleja en la que apuntamos los ingresos y los gastos para después hallar la diferencia entre ambos y poder prever si tendremos o no fondos suficientes para abonar todo lo que tenemos intención de adquirir. Si nos sobra dinero tendremos superávit y podremos destinarlo a compras o inversiones, o guardarlo en previsión de tiempos más duros. El caso contrario es más preocupante puesto que el déficit – sobre todo si aparece cuando no disponemos de ahorro – nos va a exigir buscar financiación para poder cumplir con nuestras obligaciones y hacerlo, además, con la diligencia propia de un buen padre de familia, en añeja expresión de nuestro veterano Código Civil.

Los gastos siempre son ciertos. Sabemos qué obligaciones asumimos y cuanto cuestan.

En cambio, los ingresos no son más que una mera previsión, en definitiva una opinión, a veces un deseo que puede o no, convertirse en realidad. Parafraseando el famoso soliloquio de Segismundo en “La vida es sueño” de Calderón de la Barca, podemos decir que los ingresos presupuestados son como la vida, “un frenesí, una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. Pero soñar los ingresos convierte la realidad económica en una pesadilla.

Para un estado la situación es idéntica. Mantener el delicado equilibrio del presupuesto familiar no es menos complejo que hacerlo con el de un país, una región o un ayuntamiento. La única regla de oro es gastar menos de lo que se ingresa. Ahorrar es la mejor forma de reducir los déficits y amortizar las deudas y se consigue gastando menos o ingresando más. Y aquí ya no son tan iguales estados y familias.

¿En qué se diferencian? En la capacidad de cada uno de ellos para generar ingresos. El estado ostenta un poder coercitivo del que no dispone el ciudadano. La ley permite a los poderes públicos detraer parte de la renta de los ciudadanos mediante impuestos, pero lo veta a los particulares. Igualmente, el estado tiene mayor capacidad de endeudamiento puesto que puede obligar, convencer o sugerir a determinadas entidades, por ejemplo el Fondo de Reserva de la Seguridad Social, a adquirir su deuda, algo fuera del alcance de cualquier particular.

En las familias, para aumentar los ingresos sólo hay un camino, trabajar más y mejor, lo que no siempre es posible. El trabajo es un bien escaso y no nace exclusivamente, como por desgracia sabemos, de la mera voluntad de quien quiere trabajar. En cambio, los impuestos sólo requieren para exigirse la decisión, publicada en el BOE, del gobierno de turno.

Esa es la razón de que las familias apliquen la austeridad con mayor asiduidad que el endeudamiento. La austeridad familiar se traduce en que los hermanos pequeños heredan la ropa de los mayores; los padres renuncian a salir los fines de semana o dejan de fumar; se hacen croquetas con el pollo que sobró del cocido y las dos semanas de vacaciones de otros años se convierten este, en diez días.

La austeridad pública se concreta, casi siempre, en subida de impuestos y exigencias al ciudadano para que pague bienes o servicios que ya financió con sus impuestos, ante la supuesta imposibilidad de eliminar determinados gastos.

Como es más duro ganar dinero trabajando que conseguirlo mediante la recaudación coercitiva, la eficiencia de las familias para ahorrar es muy superior a la de las administraciones públicas.

Plantear recortes sustanciales o incluso la desaparición de partidas de gasto cuya utilidad es de muy difícil justificación – cargos de confianza, coches oficiales, patrocinios deportivos o subvenciones ocultas a equipos de fútbol y caprichos variados como las televisiones y radios públicas, auténtico sumidero por el que desaparecen cantidades ingentes de dinero de nuestros impuestos – suele calificarse por parte de ciertos dirigentes como demagogia.

O sencillamente se recurre a la vieja metáfora del “chocolate del loro”.

IIII.6.- CONCLUSIONES.

Repartir un goloso pastel de chocolate entre dos niños, sobre todo si uno de ellos es especialmente quisquilloso, puede terminar en una tragedia familiar de lloros y recriminaciones respecto a qué parte del pastel es más grande y a las ocultas razones que llevaron a quien lo cortó a entregar el más pequeño de los trozos al pobre niño quejoso y agraviado.

Cualquier persona sensata deduciría que la mejor manera de dividir una tarta en dos trozos es, sin duda, aquella en la que quien corta es el último en elegir. En ese caso, parece claro que pondrá todo su empeño en que los dos trozos sean tan iguales que no quepa duda alguna al respecto. Aun así, si supiera que el otro detesta el dulce o le consta que es un bendito, la solución es indiferente ya que es seguro que cogerá el trozo menor. Pero si carece de esa información, la utilidad del método es incuestionable.

Tan es así que el derecho mercantil utiliza este razonamiento desde hace siglos para afrontar el reparto justo de los negocios en común. Aunque ya en el derecho romano hay cláusulas similares, el pacto andorrano es la forma habitual de desbloquear una situación en la que dos socios no coinciden en el rumbo que debe llevar la empresa. El acuerdo es muy simple, uno de ellos valora la acción y el otro decide si prefiere vender su parte o comprar la del tasador. Así, la estimación será muy objetiva; si es mayor que el precio de mercado, quien tasó se verá obligado a comprar caro y en caso contrario tendrá que vender barato, perjudicándose en ambos casos.

Su origen se remonta al siglo XIII. Aurembiaix – hija de Ermengol VIII – era la legítima heredera del Condado de Urgel pero el control efectivo del feudo lo ejercía su primo Geraldo de Cabrera. En las Cortes de Monzón, Jaime I se reunió con el conde intruso que propuso una idea al rey de Aragón para acabar con el litigio: devolvería el feudo a la corona a cambio de una importante cantidad de dinero en concepto de prenda; si Aurembiaix entregaba al rey esa cantidad, recobraría el condado, si no, él devolvería el dinero de la prenda a cambio de Urgel.

Utilicemos la anécdota del pastel para buscar la forma más eficiente de dividir los costes de la crisis. No es más que un juego, pero nos obliga a pensar, así que supongamos que sólo podemos hacer tres cortes y que la tarta en cuestión es, como casi todas, cilíndrica.

La mayoría de la gente pensará que la única posibilidad que tenemos es hacer seis trozos. Marcamos el centro de la tarta y los cortes equivalen a tres diámetros del círculo. Ese suele ser el punto en el que, aunque parezca mentira, se paran los gobiernos. No es muy difícil hacer siete, basta con que los cortes no sean diámetros sino cuerdas y dejar un triángulo en el centro. No mejoramos mucho, pero hacemos una parte más aunque ya saben que, en este mundo del pensamiento oficial y único, la excusa más habitual es aquella tan reveladora que se concreta en la expresión, “no hay más que un camino” que resume en seis palabras, la rendición intelectual más absoluta.

Sin embargo, las posibilidades de obtener ocho trozos son varias: hacer dos cortes verticales en cruz y uno horizontal que divida la tarta en dos más finas; cortar tres rodajas con dos cortes y dividirlas con un tercero vertical o cortar en dos partes, poner un trozo encima de otro, dar otro corte y por último, apilar los cuatro trozos y dar el tercer corte.

Pero sigamos dándole vueltas al asunto, no nos conformemos con ocho partes. ¿Se podrían hacer más? Si. Lo más fácil, aunque a los cerebros cuadriculados y a las mentes dogmáticas les parezca imposible, es dividir la tarta en infinitos trozos y sin salirnos de la propuesta inicial de que es cilíndrica y solo podemos dar tres cortes.

La solución más ingeniosa y por tanto la más elegante, es apoyar la punta del cuchillo en el centro de la tarta y utilizándolo como pivote girar hasta convertirla en una hélice de infinitas vueltas ya que no hay porque asumir que no puede hacerse un corte de ínfimo grosor. Después la cortamos por la mitad y todavía nos quedaría la posibilidad de dar un tercer corte que se torna innecesario.

Este caso, nos aporta una enseñanza muy simple: no debemos tomar decisiones precipitadamente. Los directivos de una empresa o los líderes de un país deben huir de las soluciones trilladas, sencillamente por qué son conocidas por todos y, por tanto, no aportan nada nuevo a la solución de los problemas que nos preocupan. Es un craso error.

El progreso surge cuando hacemos lo que nadie había hecho hasta ese momento. Por eso es irracional que una sociedad medianamente preparada como la nuestra se paralice pensando que no hay más que un camino. Sencillamente, es falso.

Luis G. Chacón Martín

Noviembre de 2012

NOTA FINAL: Todos los libros consultados y utilizados para la preparación de esta conferencia están citados en el texto de la misma por lo que no se adjunta bibliografía.

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