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RABILLOS DE PASA


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Otra vez parece que la solución al problema financiero de Grecia se estanca. La clara intransigencia alemana y su ciega insistencia en la austeridad nos están empezando a pasar factura en forma de recesión y bajo crecimiento. Creer que se tiene la razón no nos la da y los defensores de la austeridad a ultranza deberían asumir ya y de una vez por todas que su receta no está dando resultado.

Cuando los recortes, como vemos día a día en España, se centran en educación, sanidad, seguridad o justicia que son las únicas razones que permiten justificar la existencia del estado, empezamos a plantearnos si este sirve para algo y si es realmente necesario. Más, cuando los mismos que defienden la austeridad que sufren los ciudadanos, como la única salida posible a la crisis, siguen despilfarrando el dinero de los contribuyentes en una gigantesca estructura estatal de raíz decimonónica e ineficiencia probada, en televisiones públicas sin audiencia ni calidad o en empresas zombies cuya utilidad o necesidad son más que discutibles.

Cervecería Hofbräuhaus donde se proclamó el Programa de 25 puntos del partido nazi. Munich (Alemania).

Cervecería Hofbräuhaus donde se proclamó el Programa de 25 puntos del partido nazi. Munich (Alemania).

Como no podía ser de otra manera, la luterana rigidez demostrada por la canciller de Alemania está provocando cierto rechazo en aquellos países que, como Grecia, dependen de sus socios europeos para poder salir adelante. Es innegable la generosidad que Alemania y otros países ricos han demostrado dentro de la Unión y que se ha concretado en los diversos programas europeos que han buscado incentivar el desarrollo y equilibrar la renta per cápita de todos los estados miembros. Pero, de igual manera, los alemanes de hoy no deben olvidar que fue una generosidad mucho mayor la que permitió el conocido milagro alemán de la posguerra.

Grecia es hoy un país hundido, moral, social y económicamente. Los ciudadanos griegos son conscientes de que una parte muy importante de esa terrible ruina es fruto de la mala gestión de sus gobernantes, pero saberse el paria de Europa, no debe ser plato de gusto como no lo fue para la derrotada Alemania de la posguerra.

Del mismo modo que la sociedad griega es hoy, por acción u omisión, responsable de su pésima situación económica, los vencidos y desahuciados alemanes de la posguerra no podían evitar que el resto del mundo les viera como culpables, voluntarios o no, de la tragedia que acababa de asolar Europa.

Y ciertamente, la de los nazis, como todas las dictaduras, existió gracias al apoyo de unos pocos y al consentimiento cobarde o convencido de muchos.

En palabras del pastor luterano Martin Niemöller, atribuidas mayoritaria y erróneamente a Bertoldt Brecht, aquellos alemanes guardaron silencio cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, porque no eran comunistas, y cuando encarcelaron a los socialdemócratas, porque no eran socialdemócratas, y cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protestaron porque no eran sindicalistas, ni cuando se llevaron a los judíos, porque no eran judíos, por eso cuando fueron a buscarlos a ellos ya no había nadie más que pudiera protestar.

Por eso asusta la fragilidad de la memoria colectiva. Los problemas financieros de la Grecia de hoy no son nada comparados con los que provocó Alemania al final de ambas guerras mundiales de las que fue, sin duda alguna, la principal responsable.

Es claro que las exigencias del Tratado de Versalles fueron excesivas aunque la República de Weimar las asumió, con dificultades y gracias a préstamos de los EE.UU. hasta la llegada de Hitler al poder. La burbuja de crédito se reventó durante la Gran Depresión y acabó con el patrón oro y con la democracia de Weimar.

Al final de la II Guerra Mundial, la situación fue parecida. La diferencia estribó en la generosidad de los Aliados y en especial, de los EE.UU. que aceptaron perdonar la deuda alemana. El Tratado de Londres de 1953 condonó la mitad de las reparaciones de guerra y estableció que el abono de los intereses de empréstitos extranjeros quedara en suspenso hasta la reunificación de Alemania que, en aquellos días, era como aplazarlo ad calendas graecas ya que nadie podía pensar en una caída inmediata del comunismo que permitiera, de nuevo, una Alemania unida. Ese gesto salvó a la RFA de una quiebra absoluta y permitió el tan aireado milagro alemán. Y no debe olvidarse que uno de los países que apoyó la condonación fue la hoy apestada Grecia.

Sin embargo, desde la reunificación alemana de 1990, nadie ha querido abrir la caja de los truenos y la estricta y exigente Alemania ha olvidado abonar la deuda que, jurídicamente, mantiene con varias naciones del mundo aunque en octubre de 2010 Alemania liquidó los últimos pagos pendientes de la I Guerra Mundial.

La realidad es que Grecia va a ser incapaz de pagar su deuda, como ocurrió con la Alemania devastada tras la locura nazi. Por ello, mutualizar la deuda europea puede ser la solución a largo plazo para una Unión Europea saneada y fuerte. Más, cuando Grecia es muy pequeña en relación a toda Europa, por lo que asumir mediante una quita parte de su deuda por el resto de los socios no es un problema serio, excepto por la posibilidad de contagio que hoy se aleja claramente.

Además, si la Unión fue generosa aceptando los costes evidentes de la reunificación alemana no parece excesivo que hoy, Alemania lo sea con el resto de los socios. No es por tanto, un mal momento para recetar a los gobernantes alemanes rabillos de pasa, que son muy buenos para la memoria y recordarles la promesa que realizaron en 1990, cuando se comprometieron a compensar a Europa por otras vías.

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