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TONY LEBLANC Y EL PRECIO DEL SABER


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Se nos ha ido Tony Leblanc. Un genio y un referente de una época. Habiendo nacido en el Museo del Prado donde su padre, que trabajaba como conserje disponía de una vivienda, sólo podía ser artista. Vivió la guerra como adolescente en un Madrid sitiado durante tres años y fue un joven buscavidas de la posguerra. Futbolista, boxeador, boy de Celia Gámez, bailarín de claqué y por fin, actor de cine. Debutó en Los últimos de Filipinas, un clásico de la época y de la épica española y se convirtió en un referente de ese cine entrañable de la década de los cincuenta y sesenta donde, entre broma y broma, se dejaba escapar cierta crítica ácida que una censura miope centrada en el largo de faldas y escotes dejaba pasar sin enterarse.

Los personajes de Tony Leblanc eran una visión amable de aquella España del desarrollismo pero nunca ocultaban el ansia de mejora y libertad que todo el país pedía en un silencioso grito. Lo recordamos como descarado voluntario de la Cruz Roja que sólo buscaba ir gratis al fútbol en Tres de la Cruz Roja, haciendo el papel del tonto para dar a algún primo el timo de la estampita en Los Tramposos o como entrenador del inolvidable José Luis Ozores en El tigre de Chamberí, y siempre lo hacemos con cariño.

Pionero de la televisión e innovador genial fue capaz de mantener a toda España pendiente del televisor mientras pelaba y se comía una manzana tras haber anunciado que iba a hacer algo que nadie había hecho jamás en televisión. Y, desde luego, lo consiguió.

Pero si algo recuerdo con especial interés es su papel en Las chicas de la Cruz Roja, la película de Rafael J. Salvia donde interpreta a un mecánico, novio de una jovencísima Concha Velasco, entonces Conchita.

Vista de la Playa de Torrenueva en 1978. Motril (España)

Vista de la Playa de Torrenueva en 1978. Motril (España)

La escena a la que me refiero es memorable y nos da, sin lugar a dudas una auténtica lección del desprecio que sufren, en muchas ocasiones, quienes ofrecen al mercado sus conocimientos. Supongo que la recuerdan. Un par de señores trajeados se encuentran ante el capó levantado de su vehículo en una calle de Madrid. Miran absortos el motor sin colegir, ni remotamente, por qué el coche está parado y se niega a arrancar. Un más que dispuesto Tony Leblanc se acerca y les convence inmediatamente de que él es capaz de solucionar el problema. Le quita la llave de tubo a uno de ellos, que la esgrime sin saber muy bien que es lo que tiene entre manos, aprieta una tuerca, le pide que arranque, aprieta otra y el motor vuelve a la vida.

El aparentemente agradecido propietario echa mano a la cartera y pregunta solícito cuanto debe. Tony Leblanc pide veinte duros con una franca sonrisa y el buen señor se lleva las manos a la cabeza y pregunta algo airado: Pero hombre, ¿veinte duros por apretar un tornillo? A lo que el inefable Tony Leblanc contesta con una frase lapidaria: No, eso es gratis. Los veinte duros se cobran por saber que tornillo hay que apretar.

No sé si los guionistas de la película, el propio director y Pedro Masó eran conscientes de la trascendencia socioeconómica de la escena. Vivimos en un país que nunca ha valorado suficientemente el conocimiento. En definitiva, cree que no vale nada porque no hay esfuerzo físico en su venta. Pero si algo se aprende en economía es que nada es gratis, o como sentenció Milton Friedman Los almuerzos gratis no existen, frase que proviene de una vieja locución latina, Nunquam prandium liberum.

Toda decisión económica tiene sus costes inevitables. Quien comercia con su conocimiento lo adquirió previamente, no sólo con un claro esfuerzo personal y económico sino renunciando a otras cosas, como vaguear o divertirse, y es justo que todo ello sea recompensado.

Sin embargo, es difícil encontrar en el mercado, agentes dispuestos a pagar por el capital intelectual y deberíamos preguntarnos cual es la razón ya que nadie pone en duda que todo bien tangible ha de tener un precio y no hay persona que no entienda que la fabricación de cualquier producto requiere unos costes intrínsecos.

Pero calcular el precio sólo en función de su coste de fabricación es un tremendo error. El precio de las cosas, sean bienes o servicios, lo determina el adquirente, no el fabricante. Cuando vemos el trabajo metódico, pausado y meticuloso de un artesano, no sólo lo admiramos sino que también lo valoramos con profunda devoción pero, sin embargo, casi nunca estamos dispuestos a pagar el precio que nos pide por el producto terminado ya que creemos que no nos aporta utilidad suficiente. A esa realidad podríamos llamarla Paradoja del artesano: El bien resultante del trabajo de un artesano tiene valor intrínseco pero su precio lo expulsa del gran mercado.

Por eso es muy importante entender que el valor del capital intelectual no sólo no debe ser despreciado sino que se rige por las mismas reglas que cualquier otro, la necesidad del adquirente y la utilidad que obtenga de su adquisición. Por eso, la lapidaria frase de Tony Leblanc compendia toda esa idea. Recuerden siempre que los veinte duros se cobran por saber que tornillo hay que apretar.

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