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LA LINTERNA DE DIÓGENES


Publicado en Granada Hoy

Diógenes de Sínope creía tan poco en el ser humano que una mañana y a plena luz del día recorrió las calles de Atenas portando una linterna encendida y gritando busco un hombre.

Grand Place. Bruselas (Bélgica)

Grand Place. Bruselas (Bélgica)

Todos con los que se cruzó fueron apartados de su camino porque le parecieron escombros. Sólo pretendía hallar un hombre honrado sobre la faz de la tierra. Y esa es la misma sensación que se está instalando en la sociedad respecto al estado, no lo encontramos entre tantos hueros sucedáneos con los que nos cruzamos a diario.

Elestado se mantiene con los impuestos que son fruto del esfuerzo de los contribuyentes. Y estos lo conciben como una estructura de gestión y solidaridad a la que piden poco, educación, sanidad y seguridad, básicamente. Pensiones y prestaciones sociales son retornos de sus aportaciones personales que el estado solo debe garantizar. Y justamente, esas sencillas peticiones se están eliminando a la vez que pervive lo que Diógenes denominaría escombros: instituciones de todo tipo y condición que sólo son fatuas y ridículas justificaciones a la existencia de un estado que cada vez aporta al ciudadano mucho menos de lo que le exige y además, lo hace a mayor precio.

La libertad es para don Quijote, el más preciado de los dones que han recibido los hombres. Como la mera existencia del estado la cercena, un hombre libre sólo aceptará que las leyes impongan límites al ejercicio de su propia libertad individual si los beneficios sociales obtenidos son proporcionales a su renuncia. Para la tradición liberal, la exigencia de una entrega desproporcionada de libertad es una de las formas más viles del despotismo. Cuando los impuestos son tan altos que rozan lo confiscatorio, el estado obliga al ciudadano a una entrega inmoral de su libertad porque le impone una aportación abusiva del resultado de su esfuerzo. Por tanto, no puede extrañar que aparezcan actitudes de oposición, respetuosas o no con la ley, a esas políticas fiscales que gastan los recursos aportados por los ciudadanos en aquello que la sociedad ni quiere ni ha solicitado nunca. Más aún, cuando la ejemplaridad pública es una quimera y la igualdad ante la ley fiscal no es percibida por la ciudadanía como una realidad tangible.

Se cuenta que Alejandro Magno quiso conocer a Diógenes un día en que este se hallaba absorto en sus pensamientos. El rey se acercó y le preguntó si podía hacer algo por él. La contestación del filósofo fue tan clara como la que hoy puede dar cualquier contribuyente español a quienes le intentan convencer de la obligación de mantenerles en la dirección de tanta institución inútil, vana y vacía: Sí, tan sólo que te apartes porque me tapas el sol. Es poco lo necesario y mucho lo superfluo.

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