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REQUIÉM POR LA OBRA SOCIAL DE LAS CAJAS


Publicado en Granada Hoy.

Los franciscanos impulsaron la creación de Montes de Piedad para combatir la usura de los banqueros del quattrocento. El Monte era la Caja pública que desde el siglo XII y para cubrir necesidades monetarias o pagar obras públicas, existía en Italia. La pobreza evangélica de los hijos de San Francisco le añadió de Piedad. Su ideal era auxiliar con préstamos baratos, los actuales microcréditos, a agricultores, artesanos, comerciantes y menesterosos y así, los franciscanos comprobaron que los pobres, que sólo tienen su honra, suelen ser mejores pagadores que los ricos.

En España, con dinero y grano cedido por benefactores, el Arca de Limosnas de Castilla hacía préstamos anuales a los necesitados y en 1550 nació en Dueñas nuestro primer Monte de Piedad. Más tarde, al modo italiano, se expandieron para financiar a los pobres con operaciones gratuitas o a bajo interés que se garantizaban con alhajas, muebles o ropas.

La necesidad de fondos para prestar se cubría con donaciones hasta que en el siglo XVIII nacieron las Cajas de Ahorros. Pretendían mejorar las condiciones de vida de los más humildes fomentando el ahorro y revirtiendo los beneficios a la sociedad mediante lo que hoy llamamos Obra Social. A las Cajas, transformarse en los mismos bancos contra lo que lucharon sus creadores las ha hecho desaparecer como tales.

Colas de visitantes en la Casa Milá (La Pedrera), en parte propiedad de la Obra Social de Catalunya Caixa. Barcelona (España)

Cola de visitantes en la Casa Milá (La Pedrera), en parte propiedad de la Obra Social de Catalunya Caixa. Barcelona (España)

La Obra Social las ha identificado y diferenciado de la Banca. Una parte gestionaba sus inversiones en cultura o servicios asistenciales y otra financiaba todo tipo de proyectos ajenos que han fomentado nuestro desarrollo social. Por eso, parece increíble su agonía. La crisis financiera y sobre todo, la pésima gestión de muchos de sus dirigentes han llevado a la ruina o a la desaparición de las Cajas y de su Obra Social. Para cumplir las exigencias de capital se han convertido en meros accionistas de bancos y sólo podrán financiar su Obra Social si estos obtienen beneficios y reparten dividendo. Para las nacionalizadas la situación es mucho peor; sus posibles beneficios tendrán un fin prioritario, devolver las ayudas recibidas. De ese modo, las Obras Sociales sólo dispondrán del patrimonio acumulado o de los ingresos que sean capaces de generar. En Italia, las cajas segregaron la actividad financiera y la social. Esta, gestionada por fundaciones sufrió una gravísima caída de ingresos.

La UE abomina del modelo de control político que ha arruinado a la gran mayoría de las Cajas y así lo estableció en el Memorando de Entendimiento firmado el pasado verano. Por eso, la norma que prepara el gobierno exige su conversión en fundaciones bancarias y dada la atroz experiencia acumulada hará incompatible ser patrono de la Caja con cualquier cargo político electo o ejecutivo en un partido, asociación empresarial o sindicato. Llega tarde, muy tarde, pero al menos, demuestra que se puede aprender de los errores. La prohibición de compatibilizar el Consejo del banco participado y el de la Fundación afecta a todas las antiguas Cajas salvo a las nacionalizadas que ya no tienen ninguna participación bancaria.

En ese escenario, es imposible que su futuro se parezca al pasado más reciente. Y es muy triste, porque la Obra Social de las Cajas con la red cultural y asistencial más amplia de España, es un referente mundial. Pero no debemos engañarnos, las nuevas fundaciones bancarias serán muy pocas y necesitarán nuevas fuentes de financiación. Dada la escasez de recursos, sólo serán eficientes si establecen prioridades al analizar los proyectos en los que participen. Y desde luego, pasarán muchos años antes de que volvamos a ver, como en 2009, presupuestos de 2.200 millones en Obra Social.

De todos modos, nadie duda que obras sociales como la de las cajas vascas o la de La Caixa no sufrirán graves recortes dada la salud financiera de esas entidades. De hecho, Caixabank mantiene un presupuesto de 500 millones anuales para su Obra Social, la mejor dotada de España. Aún así, su futuro estará ligado a bancos en los que, con seguridad no serán los únicos accionistas, con intereses no siempre coincidentes y en los que, quizás, sea difícil mantener esa tradicional vinculación al territorio que caracterizó a las Cajas.

Lo más grave de toda esta situación es la enorme pérdida de apoyos que la sociedad española va a sufrir. Afectará al acceso a la cultura, a la investigación y a la concesión de becas; a la lucha contra la pobreza y a la asistencia sociosanitaria entre otras muchas cosas.

Es patético que la gestión politizada y caciquil de unos pocos haya quebrado entidades centenarias, arruinado a miles de clientes engañados y dilapidado un enorme patrimonio, obligándonos a entonar un solemne réquiem por la Obra Social de muchas Cajas de Ahorros.

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