EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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NI UNA VENTANA ROTA


No muy lejos de mi casa hay una zona urbanizada abandonada. Hace unos pocos años se proyectó la construcción en aquellos terrenos de una serie de viviendas que incluirían los correspondientes servicios y creo recordar que incluso se habló de la posibilidad de instalar un centro comercial.

La explosión de la burbuja inmobiliaria dejó la obra a medio hacer si bien – no sé si por obligación legal o porque el desarrollo del polígono quedó estancado en esa fase – se concluyeron los saneamientos y las conducciones de agua, gas y electricidad así como las calzadas, aceras y alumbrado. Incluso quedaron acondicionadas unas cuantas zonas de recreo con sus jardines delineados y unos acogedores bancos, donde supongo que algún día podrán descansar los paseantes y tomaremos el sol los cálidos días de primavera. Hasta puede que alguna que otra pareja se jure amor eterno o rompa definitivamente su relación bajo la sombra de unos árboles hoy descuidados y abandonados a su suerte. Pasear por allí en estos días es un ejercicio de tristeza que sólo lleva a la melancolía; las tapas de las arquetas han desaparecido, los cables de farolas y casetas están arrancados y la maleza crece en el lugar donde deberían levantarse unas casas que no sé si alguna vez se construirán.

Siempre ocurre así. Cualquier degradación sea física o moral, personal o social empieza con la simple desaparición de la tapa de una arqueta o por el cristal roto de una ventana trasera. Es el mismo proceso que nos ha llevado a esta triste situación de corrupción generalizada.

Farolas rotas en el Portal del Ángel. Barcelona (España)

Farolas rotas en el Portal del Ángel. Barcelona (España)

En 1996, George L. Kelling y Catherine Coles publicaron Arreglando Ventanas Rotas: Restaurando el Orden y Reduciendo el Crimen en Nuestras Comunidades, un libro de criminología y sociología urbana que se basaba en un artículo publicado en The Athlantic Monthly en 1982 por James Q. Wilson y el propio Kelling. La teoría es sencilla y fácilmente comprobable. Si un edificio tiene una ventana rota y esta no se repara, es muy posible que cualquier gamberro, por puro disfrute, rompa alguna más. Si la situación persiste, alguna pandilla se aventurará a entrar en el edificio, saltando un muro o a través de una puerta poco asegurada. Si no vive nadie o hay pocos vecinos, se harán con la finca, expulsando o aterrorizando a quienes decidan quedarse o, simplemente, no puedan irse. Al final, un día organizarán una fogata y el edificio acabará consumido por las llamas.

O piensen si no, en algo más sencillo, alguien tira una bolsa de basura fuera del contenedor, poco a poco, los desperdicios se acumulan hasta que la acera se convierte en un estercolero junto a un contenedor vacío.

Los autores defienden que una forma muy eficiente de prevenir y evitar el vandalismo es solventar los problemas cuando son pequeños. Si somos eficientes y arreglamos la primera ventana rota en un par de días, nadie pensará que ese edificio es un buen lugar para jugar al tiro al blanco y además consagraremos la normalidad. A corto plazo puede ser caro, pero a medio y por supuesto, a largo plazo, es mucho más barato. Como toda teoría social tiene defensores y detractores, pero todo el mundo debe coincidir en que el desorden y la inacción política no son el mejor caldo de cultivo para una sociedad tranquila y sin delitos. Lo que más puede beneficiar a un delincuente es que el resto de los ciudadanos no lo considere como tal. Es su mayor triunfo. En casi todas las películas de cine negro aparece un capo mafioso defendiendo que él es un ciudadano honrado que sólo busca con sus acciones el bien de la comunidad.

Con la corrupción política en España ha pasado algo similar. La sociedad no sólo no ha rechazado las pequeñas corruptelas, los enchufes, los contratos a amigos y familiares, la existencia de tratos de favor o las pequeñas trampas fiscales sino que las ha visto con cierta indulgencia y en más de una ocasión, con una indisimulada envidia que provocaba más el intento de emulación que el rechazo.

Pero a la primera ventana rota del enchufe para obtener un puesto de trabajo público, ha seguido el apedreamiento del resto de cristales del edificio mediante sustanciosos contratos a empresas amigas a cambio de pequeñas o no tan pequeñas comisiones. Poco a poco, los vándalos se dieron cuenta de que la sociedad española no censuraba sus conductas y se sintieron impunes. Es claro que si todos fuéramos ángeles no serían necesarios jueces ni policías, pero no lo somos. Es más, hasta entre los ángeles hubo quien ofendió a Dios, le desobedeció y se rebeló contra sus mandatos por lo que fue expulsado del cielo y se convirtió en el ángel caído.

Ahora, debemos proceder a una carísima limpieza política de regeneración democrática y también social. Seguro que si hubiéramos arreglado aquella primera ventana rota de las pequeñas corruptelas hoy no estaríamos ante un edificio calcinado que hay que levantar de nuevo.

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