EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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DEPENDE DEL VIOLINISTA


Recuerdo que en una ocasión me contaron una de esas historietas con moralina que aunque tengan un planteamiento tan inocente como previsible, nos muestran una conclusión tan contundente que nos sorprende por su evidencia.

El cuento empieza con un mendigo sentado en una banqueta ante la puerta de uno de esos cafés vieneses que forman parte del paisaje imperial de la capital austríaca. El hombre rasgaba un viejo violín con el escaso éxito que proclamaba una gorra ayuna de monedas. Casualmente pasó por allí Stefan Gluck, el exitoso concertino de la más prestigiosa orquesta de Viena y al ver el crimen musical que se estaba perpetrando con una exquisita pieza de su admirado maestro Johann Strauss, ofreció al mendigo unos cuantos billetes con la condición de que le permitiera usar el violín.

Salón del Café Central. Viena (Austria).

Salón del Café Central. Viena (Austria).

Ante una limosna tan generosa, el pobre hombre no tuvo inconveniente en hacerlo. El violinista tomó el instrumento en sus manos con la misma ternura que una madre acuna a su recién nacido, lo acarició y empezó a afinarlo con delicadeza. Tensó el arco y comenzó a interpretar la misma pieza que acababa de profanar el mendigo. En un momento, los paseantes volvieron la cabeza y se acercaron. Los parroquianos del café salieron a la calle y los camareros dejaron sus bandejas sobre las mesas y se dispusieron a disfrutar del improvisado concierto. Hasta los cocheros tiraron de las riendas de sus caballos y pararon sus fiaker en mitad de la calzada. El rasgueo cadencioso de las cuerdas del violín, el hábil staccato del maestro y un delicioso pizzicato final arrancaron hasta lágrimas de los transeúntes.

En unos minutos, la gorra reventaba de monedas y billetes y un aplauso atronador rompió los segundos de silencio admirado en que se había sumido la plaza. Incluso algún que otro espectador comentó que ya quisiera ese presumido de Gluck tocar el violín como aquel desconocido. Es claro que no había reconocido al maestro. Finalizado el repentino concierto, Gluck devolvió al mendigo el violín cuya propiedad proclamaba orgulloso. Entre aplausos y palmadas en la espalda el famoso concertino saltó a un fiaker y abandonó la plaza al punto. El mendigo reinició su concierto y volvió a arrancar lamentos y chirridos del mismo violín que unos minutos antes había inundado la plaza de elegantes acordes. El hombre no volvió a ver su gorra llena pero desde aquel día siempre que tenía ocasión contaba a quien quisiera oírle que su violín había estado en manos del famoso Stefan Gluck.

Con las empresas ocurre igual. El éxito y por tanto el beneficio, no depende sólo de la arquitectura de la misma si no que es fruto de la eficiencia de los gestores y de su capacidad para extraer de esa estructura los mejores acordes. Sea cual sea el objeto social de un negocio, adquirir mesas o sillas, locales, vehículos o maquinaria sólo requiere dinero. Hacer rentable ese cúmulo de elementos materiales es responsabilidad del gestor y exige capacidad y liderazgo. Y a veces, la arquitectura ni siquiera es necesaria como ocurre en la industria de servicios donde el valor añadido lo aportan, exclusivamente, las personas.

Por eso extraña tanto que muchas empresas den a los trabajadores menos valor que a sus elementos de inmovilizado. Mientras nuestros empresarios no entiendan que el mayor valor de sus negocios está en sus trabajadores, España seguirá siendo el páramo empresarial que es. Un país de pequeñas empresas que no crecen por miedo de sus dueños a perder el control de toda la actividad productiva. Como el empleo se genera mayoritariamente en microempresas estamos condenados a sufrir un mercado laboral inestable en el que es imposible plantearse una carrera profesional puesto que sólo funciona por impulsos del crecimiento general de la economía. En años de bonanza el empleo crece como la espuma, en los de crisis se desploma. La razón, la total ausencia de músculo financiero de nuestras pequeñas y medianas empresas.

Además, los gestores deben empezar a liderar y dejar de mandar. La diferencia es fundamental; el jefe ordena, el líder consigue que quienes le siguen lo hagan por convencimiento y admiración, no por miedo a perder el empleo. Cada vez es más necesario el liderazgo. El mercado es más complejo y requiere más de la capacidad intelectual que de la mera adquisición de bienes para explotar. El capital más rentable del futuro será el intelectual, ni siquiera el financiero. Las ideas pueden copiarse pero quien las crea siempre dispondrá de una clara ventaja competitiva. Por eso no es tan importante el violín que utilicemos, lo que es fundamental es saber elegir el violinista.

En recuerdo de Ariel Villada Salazar, amigo y violinista.

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1 comentario

  1. “Las ideas pueden copiarse pero quien las crea siempre dispondrá de una clara ventaja competitiva”. Una frase muy acertada. Añadiría también con tu permiso, que los empresarios deben dejar que las buenas ideas aportadas por sus trabajadores fluyan. Ya que en numerosas ocasiones son ellos mismos los “cuellos de botella”, para que se lleven a cabo.

    Me ha encantado este post. Te felicito

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