EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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HAY OTROS CAMINOS


A lo largo del siglo XX, los grandes objetivos políticos y económicos de los gobiernos occidentales fueron la creación de un estado del bienestar basado en una sociedad de clases medias. Iniciamos el siglo actual con estos objetivos más o menos cumplidos y de pronto, no sabemos aún muy bien por qué, parece que todo se desvanece. Esta malhadada crisis está dejando demasiados desequilibrios económicos, probablemente porque dura ya mucho más de lo que esperábamos todos y porque los estados han antepuesto la macroeconomía y la pervivencia de las grandes estructuras empresariales a las necesidades de los ciudadanos.

A veces, los árboles no nos dejan ver el bosque. Granada (España)

A veces, los árboles no nos dejan ver el bosque. Granada (España)

Volvemos a asistir, como tantas veces a lo largo de la historia, a la indignante claudicación intelectual de nuestros gobernantes. Insisten en qué sólo hay un camino para superar esta crisis y curiosamente es el que marcan los mismos que desde su codiciosa irresponsabilidad han provocado esta situación dramática. Un camino que sólo busca mantener un status quo que se ha demostrado ineficiente. La corriente más extendida entre los gobernantes es eso que se ha denominado neoliberalismo y que mancha de modo indigno la gran tradición liberal que, desde el siglo XVIII ha promovido las libertades civiles en la economía y en la política. Olvidan que la esencia del liberalismo está en oponerse a cualquier forma de despotismo. Por eso, quienes defienden mercados sin reglas y estados débiles sólo son radicales del mercado pero nunca liberales. Ser liberal es luchar por el desarrollo de las libertades individuales para conseguir el progreso de la sociedad sin olvidar jamás la dignidad del individuo que está por encima de cualquier otra consideración. El liberalismo es la semilla de la que germinó el estado de derecho, la democracia representativa y la división de poderes.

Por ello, desde la visión más clásica del liberalismo que antepone la dignidad del ser humano a cualquier otra consideración no puedo menos que suscribir lo dicho por el entonces Cardenal Bergoglio en una conferencia dictada en su Buenos Aires natal a finales de 2011. Señalaba el hoy Papa Francisco que la crisis económico-social y el consiguiente aumento de la pobreza tiene sus causas en políticas inspiradas en formas de neoliberalismo que consideran las ganancias y las leyes de mercado como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad de las personas y de los pueblos.

Es claro que entre el capitalismo y el ya casi olvidado socialismo real hay una gran diferencia. El primero es moldeable, siempre ha sabido adaptarse y es capaz de reinventarse una y otra vez. En unas ocasiones nos lleva hacia el progreso y en otras, como hoy en día, nos empuja hacia el precipicio. Es curioso que estos radicales del mercado que abogan por abandonar a cada ciudadano a su suerte a la vez que predican el minarquismo más excesivo y casi la desaparición del estado son los mismos que ven imprescindible rescatar entidades financieras quebradas con miles de millones de dinero de los contribuyentes.

Esa contradicción tan clara recuerda aquello que escribió G.K. Chesterton sobre el hecho de que demasiado capitalismo no quiere decir muchos capitalistas, sino muy pocos capitalistas. Concentrar los medios de producción en muy pocas manos no crea competencia sino oligopolios. El auténtico mercado es aquel que dispone de suficientes agentes para que la creación de riqueza sea efectiva. Si la experiencia histórica ha demostrado lo negativo que es el control centralizado de la economía por parte de los burócratas socialistas no lo es menos que el sistema económico quede en manos de unos cuantos grupos monopolísticos. Por esa razón, las grandes corporaciones representan la cara más despótica del capitalismo y del mercado.

Es claro que el mercado y la libertad individual son los dos motores más eficientes para impulsar el progreso humano. Al fin y al cabo, el mercado es algo absolutamente natural pues nace del intercambio de excedentes y sólo desde la libertad se puede crear, innovar y progresar.

Respetando ambos planteamientos, el catolicismo ha creado su propia interpretación del fenómeno económico. La doctrina social cristiana respeta el mercado porque lo que entiende como algo natural y no puede menos que respetar el libre albedrío que Dios concedió al hombre. Basándose en el Evangelio y en su propia tradición, la doctrina social de la Iglesia Católica se refiere al conjunto de la realidad social, política y económica de la humanidad y aunque la preocupación fue muy anterior es la Rerum Novarum de León XIII quien da carácter oficial al pensamiento católico que busca soluciones a los problemas nacidos del desequilibrado desarrollo económico del siglo XIX.

Son principios básicos de esta doctrina la dignidad del ser humano, que está hecho a imagen y semejanza de Dios; la primacía del bien común, que no debe entenderse como la negación del individuo sino como una orientación hacia el progreso de las personas porque el orden social y su progreso deben subordinarse al bien de las personas y no al contrario. Por tanto, entiende como necesaria la protección a la familia y al individuo.

Igualmente defiende el respeto a la propiedad privada que nace del esfuerzo de cada individuo y anima a la participación social, porque todos somos miembros de la sociedad. Y, por último, lo más importante en estos momentos que vivimos, aboga por una cultura de la vida y de la calidad de vida, promoviendo que la persona pueda disfrutar de todas las condiciones necesarias para vivir: educación, trabajo, alimentación, salud, etc.

No parece difícil, una vez realizado este breve análisis reconciliar cristianismo y liberalismo. Aunque a algunos les extrañe, porque a veces, los árboles no nos dejan ver el bosque, los grandes principios del liberalismo no pueden surgir más que de la tradición cristiana que lo vio nacer.

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