EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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EL VIL METAL Y LA POBREZA


Desde que Judas Iscariote, tal y como nos cuentan los Evangelios, vendió al Maestro por un puñado de monedas, el dinero, como simple concepto, se convirtió para todo el orbe cristiano en pervertidor moral de las almas de aquellos que caían bajo su hechizo. Pero la idea no es nueva, ya los latinos censuraban la auris sacra fames, la detestable hambre de oro, la insaciable sed de riquezas y los escolásticos recordaban que Aristóteles condenó la usura al afirmar que nummus nummum parere non potest (el dinero no puede generar dinero).

Lo que hace moralmente reprobable al dinero son las consecuencias sociales o personales provocadas por la forma en que se usa. El dinero o la riqueza pueden crear abundancia en unos pocos y escasez en la mayoría o equiparar a todos en lo material. Su utilización racional y prudente convive con el más absoluto despilfarro. Y por tanto, esa censura moral es justa pero debe dirigirse a quienes hacen mal uso de su riqueza y no tanto al dinero que, en sí mismo considerado, sólo puede aspirar a ser su representación. El dinero es moralmente neutral, como lo es un cuchillo que sirve igualmente para cortar un plato de exquisito jamón con el que agasajar a quien nos visita o para degollarle. La decisión y por tanto, la responsabilidad de su uso sólo pueden estar en quien lo empuña.

Debemos entender que el dinero no es más que un medio de pago. Esa es la mejor y más sencilla de sus definiciones; se usen conchas, piedras, monedas, billetes o sofisticados documentos, todos ellos no son más que meros sistemas convencionales, aceptados por todos que nos sirven para remunerar el trabajo o adquirir bienes y servicios. Actúa además como medio de cambio ya que cuando intercambiamos trabajo, bienes o servicios por dinero, lo hacemos para adquirir otros bienes o servicios utilizando el mismo patrón o unidad de cuenta.

Es claro que convertir a una abstracción jurídica y económica en un referente inmoral que oculta la avaricia y la codicia de muchos seres humanos no es más que una nueva versión del inocente chivo expiatorio que los antiguos judíos abandonaban en medio del desierto tras cargarle con todas las culpas del pueblo elegido.

Sólo el ser humano tiene voluntad y raciocinio suficientes para decidir si atesorará su riqueza para el disfrute propio o la dedicará a crear más; si la despilfarrará en su propio provecho o beneficiará al conjunto de la humanidad. Por ello, como la perversión y la generosidad son actitudes netamente humanas, seremos cada uno de nosotros quienes decidamos cual será el destino de nuestros bienes, trabajo y aptitudes.

Por tanto, no debemos censurar el dinero sino su uso; ni siquiera es justo hacer de la riqueza per se, un elemento moralmente negativo porque su creación es positiva para todos. Ya decía, Mario Moreno Cantinflas, en una de sus populares expresiones, tan jocosas como profundas, que no hay que acabar con los ricos, ¡con quien hay que acabar es con los pobres! O mejor, con la pobreza. Porque es absurdo desear la desaparición de quienes gracias a su sacrificio y constancia y a un arduo trabajo han conseguido tras largos años de esfuerzo una mayor o menor fortuna que contribuye también a disminuir la pobreza de todos. Sobre todo, cuando la mayor tragedia de la humanidad es la miseria y todo lo que conlleva y que atenta contra la salud, la educación y el desarrollo de millones de seres humanos.

Como señala el Premio Nobel de Economía hindú Amartya Sen lo que hace al comercio justo es la libertad de las partes porque, en ese caso, cualquier transacción busca la satisfacción de ambas. Así, los países más libres y las democracias son más ricos porque el mejor caldo de cultivo para la creación de riqueza son la seguridad jurídica, la erradicación de la corrupción y la libertad.

Amartya Sen conoce bien la pobreza y las recurrentes hambrunas que han asolado India y que ha estudiado con detalle. Para él, la gran división no es entre izquierda y derecha sino entre democracia y autoritarismo y por eso defiende que en países con prensa libre y elecciones regulares no puede haber hambre masiva y explica cómo es la falta de democracia la que ha producido algunos de los grandes fracasos de la historia humana.

Pero Amartya Sen da un paso más allá e introduce un nuevo concepto: la capacidad. No basta con tener libertad de comprar o de decidir, hay que disfrutar de unos estándares mínimos que nos permitan ejercer la libertad y ahí coincide con los grandes pensadores liberales del fin de siglo como John Rawls o John N. Gray que frente a eso que se conoce como neoliberalismo defienden la tradición liberal que antepone la libertad y la dignidad del ser humano a cualquier otra consideración. El profesor Sen defiende que la pobreza no es fruto de un error de distribución de la riqueza, sino una cuestión de valores en relación a la distribución de los bienes. Por eso, el comercio internacional abierto, la libertad y la democracia son las bases que contribuyen al progreso social. La libertad económica es la gran oportunidad para conseguir libertades políticas y así, una sociedad que se acostumbra a escoger en el ámbito económico le cuesta aceptar que otros la suplanten en lo político y elijan por ella.

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