EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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EL ESTADO DE BIENESTAR COMO EXCUSA


Los embriones de lo que luego sería el estado nacieron en el momento en el que los individuos asumieron que les resultaría beneficioso renunciar a una parte de su libertad a cambio de la seguridad que ofrece la pertenencia a una determinada estructura sociopolítica. Esa es la primitiva raison d’être del estado, garantizar la paz interior y exterior del país y la seguridad de sus miembros. Poco a poco, esa idea se amplió impregnándose de cierto humanismo que el cristianismo acabó convirtiendo en un deber moral de los reyes hacia sus súbditos. Pero es el liberalismo clásico, básicamente anglosajón, el que al transformar en ciudadano al súbdito exige al estado que asuma cierta responsabilidad respecto al bienestar de sus ciudadanos pues como defendió Lord Acton en afortunada frase es la seguridad de que gozan sus habitantes la forma más cierta por la cual podemos juzgar si un país es realmente libre.

La expresión Welfare State (Estado de Bienestar) fue acuñada por el Arzobispo de Canterbury, William Temple, como contraposición al Warfare State (Estado de guerra) de la Alemania nazi que proclamara Goebbles en su soflama de 1943 sobre la guerra total. Tras la Segunda Guerra Mundial que fue, de una u otra forma, el triste colofón de la traumática experiencia que supuso la Gran Depresión para el mundo industrializado, se extendió la idea de que era necesario establecer una legislación que permitiera combinar la democracia y el capitalismo con unos determinados niveles básicos de desarrollo y bienestar social. Así, Aneurin Bevan, Ministro de Salud en el gabinete laborista de Clement Atlee (1945-1951) y creador del Sistema Nacional de Salud británico afirmó algo tan obvio como que ninguna sociedad puede legítimamente llamarse civilizada si un enfermo no puede ser tratado por falta de medios. Igualmente, la devastada Alemania gobernada por la democristiana CDU de Konrad Adenauer puso en práctica lo que los teóricos denominan capitalismo renano o economía social de mercado cuya idea fundamental defiende la necesidad de una gestión política que impida, en una sociedad libre y moderna, la expulsión del mercado y del sistema económico de los sectores más desfavorecidos.

Las propuestas del Estado de Bienestar son razonablemente modestas. Se trata de librar a los ciudadanos de la tiranía de los denominados cinco grandes males; miseria, necesidad, ignorancia, desempleo y enfermedad, proponiendo, en consecuencia, un sistema que, sin convertirle en un parásito, proteja al ciudadano desde la cuna hasta la tumba. No se trata de que el estado actúe con la caridad displicente de un monarca absoluto sino de que la riqueza nacional permita que todo ciudadano, que por el hecho de serlo es también contribuyente, tenga garantizado un nivel de vida, cuando menos digno, y que la igualdad de oportunidades y la consiguiente meritocracia sean una realidad y no una quimera. Es decir, al concepto mínimo de seguridad que caracterizaba a los estados primigenios, añade lo que podríamos denominar seguridad vital.

En definitiva, lo que un ciudadano actual pide al estado es muy poco; seguridad, educación, sanidad y de modo limitado, infraestructuras.

La diplomacia y el ejército garantizan la seguridad exterior a la vez que la interior es competencia del sistema judicial y la policía. Educación y sanidad son las dos grandes inversiones de un estado moderno. La educación permite aspirar a un futuro mejor, puesto que cuanto mayor sea la formación de los ciudadanos de un país, más productivo, eficiente y rentable será su sistema económico. Una sanidad desarrollada es garantía de una sociedad saludable y está característica es imprescindible para una economía fuerte que genere riqueza. Las infraestructuras, en cambio no han de ser, necesariamente, competencia y monopolio estatal. Basta con que el estado garantice la existencia y mantenimiento de una red básica pudiendo la iniciativa privada acometer todas aquellas que no sean estrictamente imprescindibles. Y por último, es lógico que la administración pública requiera de una estructura suficiente para gestionar estas competencias.

No me dejo en el tintero ni las pensiones ni la protección a los desempleados. Es conveniente recordar que en estos casos el ciudadano no percibe una ayuda del estado sino el retorno de su ahorro previo que el estado simplemente garantiza. Por tanto, la aportación estatal solo existirá cuando dicho ahorro se haya agotado.

En función de lo planteado podemos preguntarnos cuál es el futuro del estado de bienestar. La derecha neoliberal cree que es insostenible y aboga por la privatización de servicios sociales básicos pero despilfarra ingentes cantidades de dinero de los contribuyentes en salvar la parte más podrida del sistema bancario. Lo mismo hace la izquierda estatista aunque clame contra cualquier reducción de una estructura estatal claramente sobredimensionada. Al final, ambas propuestas utilizan el estado de bienestar como excusa para intentar imponer su modelo de sociedad, unos quieren arrancar el rostro humano al capitalismo y otros siguen anhelando el mito del estado socialista. Si el primer escenario adolece de falta humanidad, el segundo carece de libertad.

Pero la realidad es que el estado de bienestar tiene poco que ver con el leviatán en que lo han convertido. Cualquier sociedad moderna es capaz de generar riqueza suficiente para mantener seguridad, educación, sanidad e infraestructuras, amén de garantizar pensiones y protección al desempleo. Lo que es inasumible para una economía que quiera ser productiva y eficiente es cargar a la cuenta del estado de bienestar la ingente cantidad de instituciones inútiles, empresas públicas ineficientes, radios y televisiones gubernamentales ruinosas o infraestructuras caprichosas que se han creado ad maiorem gloria de nuestros dirigentes de todos los colores.

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