EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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GESTORES CREPUSCULARES


El cadáver inerte de un joven flota en la piscina de una lujosa aunque avejentada mansión que en otros tiempos fue la envidia del todo Hollywood. Una voz en off nos cuenta que estamos en el escenario de un asesinato, el de un guionista novato que siempre quiso tener una piscina aunque el precio que ha debido pagar por ella ha superado ampliamente lo que estaba dispuesto a desembolsar. Con esa escena se inicia Sunset Boulevard, obra maestra del genial Billy Wilder en la que Joe Gillis (William Holden) un joven escritor abrumado por las deudas acaba refugiándose en la mansión de una vieja estrella del cine mudo, Norma Desmond (Gloria Swanson). Allí no encuentra un futuro dorado sino la muerte. Cuando Gillis, desesperado, huye de sus acreedores su coche pincha. Se aparta de la carretera y despista a los cobradores que pasan de largo. En ese momento descubre una mansión semiabandonada en cuyo inmenso garaje esconde el coche. Tras los visillos una mujer, oculta tras unas gafas oscuras, llama su atención y le invita a entrar y explica a Gillis los detalles de un entierro. En el centro de la estancia hay un catafalco; cuando levanta el lienzo que lo cubre, aparece el cadáver de… ¡un mono! El joven intenta explicarse; la mujer indignada lo echa de la casa pero Gillis la reconoce: Usted es Norma Desmond. Salía en las películas mudas. Era usted grande. La respuesta de la diva es memorable: Soy grande. Son las películas las que se han hecho pequeñas.

Hotel del Duque en Güejar Sierra. Sierra Nevada. Granada (España)

Hotel del Duque en Güejar Sierra. Sierra Nevada. Granada (España)

Y ahí se nos muestra el primer error de muchos gestores de empresa: la soberbia. Cada vez que un directivo o un empresario culpa de sus males al mercado, a los clientes o proveedores, a los bancos, o lo que es mucho peor, a sus propios trabajadores cae en un craso error. Negar que la realidad cambió y que no lo hicimos con ella, es tan habitual que nos lleva a concluir que uno de los mayores defectos de muchos empresarios es su narcisismo como gestores. El mercado se mueve; es como un río que avanza más o menos lento, a veces se remansa, se arremolina en rápidos o cae en peligrosas y elevadas cascadas. Si nos quedamos en la orilla, jamás llegaremos al mar y si no acondicionamos nuestro ritmo de remo al de la corriente, nos quedaremos atrás o caeremos al vacío y nos hundiremos.Cuando Norma Desmond averigua que Gillis es guionista le muestra un extenso e infumable guión que ha escrito y con el que pretende volver al cine. El joven escritor se ofrece para revisar el texto y es automáticamente contratado. Le acomodan en una habitación sobre el garaje desde la que presencia la ridícula y triste ceremonia con aires de solemnidad con la que la vieja diva y su chófer, el siempre excéntrico Erich von Stroheim, entierran al mono. El resumen de Gillis resulta lapidario: Todo era muy raro, pero vería cosas aún más raras.

La excentricidad es moneda corriente en esos gestores que se ven, de pronto, fuera de mercado. Intentan acomodarse a la nueva realidad tan rápido que resultan extravagantes. Su actitud equivale a confundir un mueble viejo con una antigüedad. Consagran sus vicios de trabajo como métodos clásicos de gestión a la vez que se empeñan en adentrarse, eso sí, de torpe modo, en lo más novedoso.

Cuando Gillis despierta, descubre que Max, el mayordomo, ha traído todas sus pertenencias desde el apartamento y ha abonado las rentas pendientes. Además, su contrato es realmente elevado así que, aunque sea sin mucho convencimiento, Gillis acepta la oferta. ¿Cuántas veces nos encontramos gestores que, pensando en hacer en un mes lo que negaron en años ofrecen cifras astronómicas a sus colaboradores? Construir la casa por el tejado o tener más generales que soldados, son dos frases que reflejan claramente estos comportamientos que sólo ahondan en la crisis de esas empresas que han perdido el paso del mercado. Es natural que un trabajador acepte una remuneración indecente si se le presenta la ocasión, más en situaciones de crisis, que abonan la existencia de empresas rezagadas respecto al mercado.

Al igual que Gillis trabaja interrumpido continuamente por la vieja gloria del cine, estos gestores crepusculares pretenden supervisar todos y cada uno de los pasos de sus empleados, tengan o no tiempo o conocimientos para ello. Son incapaces de delegar y así ralentizan, aún más, el desarrollo de su negocio, consiguiendo el objetivo contrario del perseguido.

Una noche, Desmond actúa ante Gillis con la contumacia recalcitrante del gestor que sigue empeñado en utilizar recursos caducos a la vez que desprecia las innovaciones del mercado, en el caso de la película, el cine sonoro. Y así la película avanza hasta el estallido final de la diva que, tras una fuerte discusión porque no acepta la realidad de que su guión no interesa a nadie ni la partida de Gillis, le dispara en el jardín. Herido de muerte, el joven cae a la piscina y la narración vuelve al punto inicial.

Sunset Boulevard es una lírica y extraordinaria metáfora sobre la resistencia a asumir los cambios sociales y nuestro papel en cada momento. Los gestores que se encastillen en posiciones numantinas, sin admitir su evolución, serán barridos por el mercado. Los que no son capaces de asumir la innovación permanente disfrutarán de carreras cortas, fulgurantes quizás, pero con el brillo de una estrella fugaz. Y ambos, acabaran siendo gestores crepusculares, su estrella se perderá en un horizonte lejano y antiguo. Mercado y empresa son entes vivos y sólo la capacidad de adaptación de un gestor le permitirá disfrutar de una larga carrera.

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