EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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PELIGROSOS ILUMINADOS


Se ha convertido en una especie de mantra el recurso a los emprendedores como los auténticos salvadores de esta situación de crisis que se está alargando más de lo que nadie hubiera esperado. Y es claro que el emprendimiento y la creación de empresas sean pequeños o medianos negocios es fundamental, pero no para salir de la crisis, sino en cualquier momento ya que una economía sana requiere que se renueve el tejido empresarial de modo continuado.

Lo que ya es más discutible es que cualquier emprendimiento tenga posibilidades de éxito. Del mismo modo que inventar e innovar son hechos muy diferentes aunque relacionados y necesarios para el desarrollo económico, el mero hecho de emprender no garantiza el éxito de un negocio.

Una empresa no es simplemente una idea; es más, cada día nacen empresas rentables que se consolidan rápidamente sin aportar más novedad que la calidad del trabajo diario de sus componentes y cuya única vocación es la de ofrecer una digna remuneración a empresarios y trabajadores. No es necesario emprender un negocio con la idea preconcebida de crear un emporio empresarial y menos aún de hacerlo de modo meteórico, entre otras razones porque dependemos siempre de algo tan evanescente y caprichoso como es el mercado, amén de la competencia, la financiación, los gustos del consumidor o las decisiones políticas del gobierno de turno.

El árbol truncado. Llano de la Perdiz. Granada (España).

El árbol truncado. Llano de la Perdiz. Granada (España).

Quizás por todo ello quienes creen que idea y negocio son magnitudes equivalentes acaban siempre fracasando ya que obvian que entre aquella supuesta genialidad que se les ocurrió un día y su concreción en un negocio rentable hay un enorme abismo que sólo puede atravesarse si nos dotamos de un meditado plan de negocio que debería incluir, cuando menos, el análisis del mercado en el que queremos movernos, el estudio de los gustos de nuestra posible clientela así como, y esto siempre es fundamental, saber con qué recursos humanos y financieros contamos y cuáles van a ser los costes de puesta en marcha de nuestra empresa. Algo que muchos emprendedores olvidan.

De todos ellos los más peligrosos acaban siendo los iluminados. Su perfil es claro, sostendrán hasta el final la genialidad de su idea y la incomprensión del mercado al que niegan su derecho a ser soberano, a que todos y cada uno de los consumidores elijan a placer, en uso legítimo de su libertad personal, cómo y cuando quieren un producto así como cual desean específicamente.

Y lo peor no es que, a lo largo de tu vida te encuentres con un puñado de iluminados, según ellos incomprendidos y realmente extravagantes sino que sean capaces de involucrar en su delirio a colaboradores y trabajadores que se acaban convirtiendo en compañeros de un viaje a ninguna parte, sin recursos ni vituallas que sólo puede finalizar con la más absoluta de las ruinas. Remedan, en cierto modo, la Cruzada de los pobres que Pedro de Amiens, conocido como el Ermitaño predicó a finales del siglo XI, poco después de que el Papa Urbano II, tras el Concilio de Clermont-Ferrand lanzara su llamamiento a la recuperación de los Santos Lugares. Así, al grito de Deus le volt – Dios lo quiere – Pedro enardeció a las masas que en número de varios miles emprendieron una desordenada marcha que salió de Francia en mayo de 1096 y llegó a Constantinopla a finales de julio, engrosada por otros cuantos millares de abducidos por el verbo del predicador. La falta de previsión, la ausencia de logística e incluso el hambre de la muchedumbre convirtió la peregrinación en un saqueo que asoló media Europa. El objetivo de conquistar Jerusalén con un ejército de pordioseros desarmados no parecía realizable, menos aún cuando empezaron las escaramuzas con las avanzadillas selyúcidas cerca de Nicomedia. Ante estos reveses, el líder de la algarada decidió regresar a Constantinopla y pedir ayuda al emperador Alejo Comneno. Mientras negociaba con los bizantinos, su ejército era masacrado en las llanuras de Civitot así que Pedro el Ermitaño prefirió esperar a que llegaran los nobles occidentales en mayo de 1097 y se convirtió en capellán del victorioso ejército que tomó Jerusalén en el verano de 1099.

Aquellos enardecidos artesanos y labriegos que abandonaron sus casas convencidos por el verbo exaltado de Pedro el Ermitaño nunca regresaron, sus huesos acabaron esparcidos por los llanos de Anatolia pero su líder murió convencido de la bondad de su desastrosa idea, conquistar los Santos Lugares con una masa de pobres e iletrados, aunque bienintencionados seguidores.

De modo parecido, estos gestores iluminados no reparan más que en su visión cuasiprofética y adolecen de una abismal falta de previsión para afrontar las necesidades de gestión que cualquier empresa exige lo que demuestra que no son líderes sino meros encantadores de serpientes. Por ello, cualquier proyecto iniciado desde esas premisas acabará como la Cruzada de los Pobres, arruinado, deshecho y abandonado en alguna llanura recóndita.

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1 comentario

  1. Misael dice:

    D. Luis,

    Muchas gracias. Desconocía la historia de Pedro el ermitaño.
    En el callejón con salida hacia precipicio llamado Expaña, abundan los iluminati. Acaso el gran prócer zapatié no ha sido un Pedro ermitaño en toda regla. Prometió lo blanco, lo negro y lo blanco y lo negro a la vez… Y eso en la tan cacareada sociedad de la información, a la no menos voceada generación más preparada. En en el siglo de las TIC´s, se volvieron a repetir los tics totalitarios revestidos de seda.

    Me niego a llamar emprendedor al empresario. No todos los empresarios son emprendedores. El empresario quiere ganar dinero y si lo hace honradamente no hay problema alguno. Tampoco es obligación del empresariado dar trabajo.

    Aquí hay que preguntar a los que abrieron el tablacho de la globalización que inundó el mercado de productos chinos (y marroquís, turcos,…), pero a cambio nos enseñó, por la vía de la multiplicación de parados, que los costes laborales nacionales no son homogéneos en el mundo.

    Confianza pedía zapatié para salir del agujero. Paciencia, mucha paciencia, es lo que pide Rajoy. Ya ve vd. todo es cosa del estado del ánimo. Lástima la fuerza mental no logre acallar el ruido-tripa del hambre.

    Saludos

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