EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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DECIDIR POR IMPULSOS


El casamentero es un cuento corto de H.H. Munro, uno de los grandes clásicos del humor inglés, más conocido por Saki, seudónimo que va unido a sus deliciosos cuentos de humor y horror. Clovis, personaje recurrente en el universo sakiano mantiene en El casamentero una conversación surrealista en medio de una cena frugal con su amable anfitrión, un tipo estirado al que no le une casi nada, más allá de la relativa amistad que este mantiene con su madre. Como no tiene la menor idea de cuáles son los gustos o intereses de su compañero de mesa y por mera formalidad social, comenta con cierto aire despreocupado: Mi madre está pensando en volverse a casar. ¡Otra vez?, contesta sorprendido su interlocutor. Es la primera vez, responde el bueno de Clovis. Usted debe saberlo, claro. Yo tenía la impresión de que se había casado antes una o dos veces por lo menos.

¿Para que sirve la escalera? Igreja dos Terceiros. Braga (Portugal).

¿Para que sirve la escalera? Igreja dos Terceiros. Braga (Portugal).

Y es en la réplica del joven, donde aparece la exuberante genialidad de Saki: Tres veces, para ser matemáticamente exactos. Quise decir que era la primera vez que piensa en casarse; las otras veces lo hizo sin pensar. En realidad, soy yo el que piensa por ella en este caso. Hace ya dos años que murió su último marido. Y no es menos espectacular el remoquete final de la conversación: Evidentemente, usted considera que la brevedad es el alma de la viudez.

En el mundo de la empresa hay demasiados directivos que sufren lo que podríamos denominar síndrome de la madre de Clovis. Se caracterizan por no tener objetivos claros, a lo más, te cuentan que en un futuro indeterminado su empresa se situará entre las primeras de su sector, de su región o de su país, pero son incapaces de definir cuándo y cómo van a afrontar las inversiones o gestiones necesarias para conseguir ese aparente objetivo. Y lo denomino aparente porque un objetivo puede ser indefinido pero ha de ser cierto. Por ejemplo, cualquier líder político que se encuentra a la cabeza de un país en guerra, planteará a sus conciudadanos un claro objetivo, la victoria. Es un caso evidente de indefinición, le falta el cuándo y el cómo pero es cierto, sabemos hacia donde queremos encaminarnos y asumimos el terrible riesgo que supone la derrota. Cuando en mayo de 1940 sir Winston Churchill se hizo cargo del gobierno, dejó a sus conciudadanos un meridiano mensaje. Como Primer Ministro declaró que Inglaterra no se rendiría jamás y sólo prometió a los británicos sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor. Por algún extraño motivo, la versión española de la mítica frase siempre elude la palabra esfuerzo, no sé porqué será y prefiero no imaginármelo. En ese momento, el difuso objetivo de ganar la guerra se concretaba en dos graves exigencias, la de no rendirse y la de dedicar a la victoria todos los recursos y esfuerzos necesarios. Para conseguir un objetivo debemos planificar hitos temporales. Y así se hizo, primero resistir y evitar la invasión nazi de Inglaterra, después equilibrar las fuerzas de ambos adversarios y por último avanzar hasta la victoria final en el mismo corazón de Berlín.

Los afectados por el síndrome de la madre de Clovis se caracterizan por no marcar hitos para la consecución del objetivo, que además, no suele concretarse más allá de lo que suele ser una pomposa declaración en la que siempre, declaran orgullosos que su empresa es líder del sector, sin aportar más datos que los que se derivan del propio convencimiento.

Por eso, su gestión es impulsiva, incoherente y plagiaria. No toman en consideración la posibilidad de que cada una de sus decisiones provocará reacciones, dentro y fuera de la empresa. Unas veces positivas y otras no. El personal, los socios o accionistas, la competencia, los clientes, los proveedores o los bancos financiadores siempre reaccionan de alguna manera ante las decisiones de gestión de cualquier empresa. Si no se valora esa posibilidad y sus consecuencias se corre el riesgo de que los efectos de nuestra decisión se vuelvan contra nosotros y obtengamos un perjuicio mucho mayor que el beneficio del que supusimos que íbamos a disfrutar.

Esos impulsos no surgen de la reflexión sino que en muchas ocasiones nacen del conocimiento de las decisiones de otros y por eso mismo su incoherencia suele reportar grandes pérdidas ya que no se coordinan con otras decisiones previas o posteriores y surge el enfrentamiento del propio negocio dando frutos tan inesperados como cainitas.

Y por último, suelen ser terriblemente plagiarios. Al carecer de plan alguno abusan del recurso a la copia y cometen el error de no valorar la idoneidad de las decisiones que son como los medicamentos, ni buenos, ni malos, sino idóneos para tratar cada enfermedad. Ya dijo Paracelso que el veneno es la dosis. Por esa razón, lo que permite a otras  estructuras crecer puede estrangular el desarrollo de las que carecen de sus capacidades y, quizás, adolecen de sus defectos.

Solo una gestión planificada, con objetivos claros y metas cercanas que nos ayuden a alcanzar el fin buscado, permitirá empresas saneadas; lo demás, los tristes impulsos desesperados solo nos llevarán como a la madre de Clovis a casarnos sin pensarlo y a que sean otros los que piensen por nosotros, o lo que es lo mismo, a que gestores profesionalizados sustituyan a los empresarios y directivos de carácter impulsivo. Pero hay que tener grandeza para reconocer las propias limitaciones.

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