EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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SE VENDE


Publicado en Granada Hoy.

Con la misma exuberancia con que la primavera cuaja de flores los parques, la crisis que parece perenne, tapiza las fachadas de carteles que suplican Se Vende. La diferencia es que estos, amarillentos y ajenos a las estaciones, proclaman su aflicción cada día del año. Ha debido ser la influencia de ese bombardeo subliminal del mensaje, lo que ha llevado al gobierno a decidir tarifar los permisos de residencia para extranjeros de un modo sencillo; medio millón en inmuebles o dos millones en deuda pública. Hasta la mayor de las desesperaciones puede intentar ocultarse tras el velo de la aparente indiferencia o del eufemismo de la prosa administrativa. En este caso nos pretenden convencer de la bondad de la medida porque se trata de favorecer la llegada de inversiones y talento a España. Y se hace en el mismo país en el que dos o tres veces por semana la prensa nos descubre un nuevo evasor fiscal con cuentas en Suiza y en el que raro es el día en el que no nos quejamos de la sangría de talento que sufrimos y que obliga a emigrar a nuestros jóvenes, conocidos por pertenecer a la generación calificada en una más que manoseada expresión, como la más preparada de la historia.

La ley prevé otorgar permisos de residencia a los extranjeros que inviertan -y aquí vuelve la más barroca y leguleya de las prosas- en proyectos empresariales que creen trabajo o sean relevantes para la innovación científica y tecnológica. La pregunta es clara, ¿no sería mejor ayudar a los españoles a crear empresas? No es tan difícil. Se trata de bajar impuestos, eliminar tasas y barreras administrativas, reducir el estado, eliminar las administraciones ineficientes y gestionar el dinero público como si fuera propio. Es un absurdo contradiós quejarse de que, como leí en una irónica pancarta, las tres únicas salidas que tienen los universitarios en España son por tierra, mar y aire a la vez que se extiende la alfombra roja a cualquiera que compre una casa o un puñado de deuda pública. En otra vuelta al pasado vamos a recuperar la simonía. Al menos, los reyes medievales no tenían reparos a la hora de vender feudos, beneficios y privilegios. Podríamos imitarlos y establecer una Lista de Precios que determine cuánto vale la residencia o la nacionalidad. Y para quienes hagan compras masivas de deuda, podemos otorgarles la Medalla al Mérito del Acreedor o incluso concederles un título nobiliario. ¡Qué más da! Ya que quieren que perdamos la vergüenza, al menos, vamos a venderla cara y sin complejos.

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