EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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LECCIONES DESDE EL PARAÍSO


A Tahití la situó en el imaginario occidental la aventura de los amotinados de la Bounty liderados por el alférez Fletcher Christian, a quien el cine convirtió en apuesto príncipe azul tras la pícara sonrisa de Clark Gable, el rostro hierático de Marlon Brando o la humana candidez de un bisoño Mel Gibson. Gauguin fue cautivado por sus paradisíacos paisajes y por la exótica belleza de sus mujeres que plasmó en decenas de lienzos primitivos y bizarros, tan sensuales que son una eclosión de carnalidad y color. No teníamos más idea de la isla que la de un edén de infinitas playas de fina arena bañadas por un mar dibujado en brillantes tonos. Pero eso fue hasta ayer.

Porque ayer la selección tahitiana de fútbol nos obsequió con una exquisita lección sobre gestión de expectativas. Tras el partido que les enfrentó a la española, muchos espectadores se preguntarían que razones para sonreír podían tener los jugadores de un equipo que acababa de perder diez a cero. La respuesta es muy sencilla. Básicamente, una: saber que la vida es una cuestión de expectativas. Solo un patriotero paranoico, un providencialista demente o algún que otro iluminado de los muchos que oscurecen nuestra vida diaria, hubiera podido plantearse que Tahití tenía alguna posibilidad, no ya de ganar el encuentro, sino de perder por un resultado más o menos habitual en un evento de estas características.

Una playa paradisíaca. Los Enebrales, Punta Umbría (España).

Una playa paradisíaca. Los Enebrales, Punta Umbría (España).

Valorar las propias expectativas y asumir las limitaciones que nos lastran es una indudable prueba de madurez. Y si lo es en la vida diaria, mucho más importante es aplicar a la gestión empresarial ese mismo análisis. Afrontar un proyecto requiere asumir la posibilidad de fracasar, pero el fracaso no es una magnitud mensurable de modo absoluto ya que depende casi en su totalidad de las expectativas generadas previamente por el sujeto. En estas fechas de fin de curso encontraremos padres frustrados por notables hijos que han fracasado en su asalto al sobresaliente junto a felices progenitores de algún que otro aprobado por los pelos. El primero fracasa porque deja de ser un niño de sobresalientes para acomodarse en burguesa mediocridad de los notables en tanto que el segundo triunfa porque abandona el infierno de los suspensos para alcanzar la gloria inmortal y eterna de los aprobados. Cuando nada se espera de alguien cualquier cosa que haga se convertirá en un acontecimiento digno de loa y alabanza. Cuando, al contrario, se espera todo, nada cubrirá las expectativas generadas en uno mismo y en quienes le rodean.

La selección tahitiana, consciente de su flagrante inferioridad, prefirió disfrutar del partido antes que embarcarse en la indeseable y quimérica misión de convertir en realidad unas expectativas imposibles de cumplir. En el mercado, la competencia recuerda a la sensación de conducir una gélida noche de invierno con las ventanillas bajadas; los golpes del viento helado sobre las mejillas nos impedirán dormirnos pero no por ello conduciremos mejor ni más rápido ni llegaremos antes al destino. De la competencia se aprende y el aprendizaje sí nos hace mejores pero nuestras capacidades como empresa siempre serán limitadas y esa limitación es la línea roja que separa la eficiencia del fracaso que casi siempre es evitable. Basta con analizar capacidades y aptitudes y generar expectativas razonables. Los resultados de nuestras decisiones de gestión siempre tienen lógicas consecuencias. De nada hubiera servido a los tahitianos salir al ataque contra la selección española salvo que no les hubiera importado encajar no diez, sino quince o veinte goles.

Pero la felicidad de la selección tahitiana tras la goleada nos enseñó algo más. También hay una gestión positiva del fracaso. Tahití puede presumir de algo que no ha estado al alcance de otras muchas selecciones. Sólo puede perder por diez a cero ante el Campeón del Mundo quien se haya clasificado para la Copa de Confederaciones. O lo que es lo mismo, la gestión de las expectativas y del fracaso inevitable dibuja otra realidad. Ante la seguridad de la derrota podemos obtener rentabilidades. La de los jugadores tahitianos será la de haber disputado un torneo al alcance de unos pocos y jugar contra quienes sin duda, serán durante mucho tiempo un equipo de leyenda.

Una empresa puede obtener rentabilidades similares. Cuando las grandes corporaciones de un sector económico concreto son objetivamente imbatibles, el hecho de que la nuestra, pequeña y sin recursos suficientes para ganar la primacía del mercado aparezca ante el resto del mundo como su competencia, ya es un triunfo de gestión. Será imposible desbancarlos pero jugaremos a su mismo nivel y esa ventaja competitiva nos hará no el último de los primeros sino el primero de los segundos. Y será en ese mercado donde seremos imbatibles. Claro que esto será así siempre que no nos durmamos en los mullidos laureles de la gloria.

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