EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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PROFECÍAS AUTOCUMPLIDAS


Nadie puede negar la dureza de la actual situación económica y las dificultades que aún deberán pasar ciudadanos y empresas hasta superarla. No debemos caer en el uso de tópicos tan manoseados y voluntaristas como los consabidos brotes verdes o las luces al final del túnel, sencillamente porque no responden a un análisis pormenorizado de la realidad pero ello no es óbice para entender que muchas empresas están ante la mayor oportunidad de su historia presente y futura y que no deben desperdiciarla. El simple hecho de existir ya es una fortaleza de la que nacen oportunidades de negocio. Sin embargo, quizás por el prolongado período de crisis que estamos viviendo y la ausencia de memoria al respecto de una situación similar, estamos rodeados de profetas tremendistas y apocalípticos que niegan la simple posibilidad de que la crisis se suavice. El peligro de dichos planteamientos nace de la aceptación determinista de un futuro distópico que supone la negación de nuestra propia libertad.

En un artículo anterior – Melancolías empresariales – analizaba el concepto de comparación nostálgica que define como, ante una realidad no deseada y claramente peor que la inmediatamente anterior, muchas empresas sufren una absoluta paralización que las deja en estado catatónico. Al hilo de esa idea me parece interesante recordar el teorema que el sociólogo estadounidense William Thomas formuló en The child in America: Behavior problems and programs (1928) y cuya formulación es la siguiente: Si las personas definen las situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias.

Cualquiera que haya leído la Biblia o al menos recuerde lo que en tiempos de nuestros padres se llamaba Historia Sagrada tendrá claro que la misión principal de los profetas siempre fue amargarles la vida a los miembros del pueblo elegido. El cine bíblico, tan del gusto del exuberante Cecil B. de Mille, está repleto de escenas donde un tipo barbado y con muy malas pulgas anuncia a los judíos y a quien se tercie que pronto conocerán el mayor dolor y que las más terribles plagas y tragedias asolaran la tierra como consecuencia – todo hay que decirlo – de los excesos y pecados del pueblo de Dios. Pero no suele ofrecer una solución alternativa y razonable para evitar los años de llanto y crujir de dientes. Tampoco solían ser muy agradables los vaticinios de sibilas, augures y demás adivinos del mundo grecolatino ni lo son las llamadas profecías de san Malaquías que nos sitúan a las puertas del fin del mundo o las famosas cuartetas de Michel de Nôtre-Dame, más conocido por Nostradamus de las que no se conoce que presagien alegría alguna.

Lanzar profecías al viento puede ser un entretenimiento propio de pesimistas, gafes y cenizos y no tener más trascendencia que la propia de cualquier anécdota. El problema surge cuando gracias a la situación general o personal del oyente hace que este se convenza de que el desenlace anunciado, aunque trágico e indeseado, se ha convertido en inexorable. La profecía acaba tomando cuerpo y llega a cumplirse. Y lo más curioso es que siempre se parte de análisis erróneos de la realidad, o al menos, de planteamientos excesivamente prejuiciosos.

Todas las crisis económicas de las que tenemos conocimiento han sido sucedidas por períodos de bonanza, más o menos sostenida y también por etapas de euforia desmedida que dieron lugar a las tan conocidas burbujas de sobrevaloración de activos, como la que hemos vivido.

Otro sociólogo estadounidense, Robert K. Merton redefinió el teorema de Thomas y dedujo del mismo la idea de profecía autocumplida: La profecía que se autorrealiza es, en principio, una definición falsa de una situación que despierta un comportamiento que acaba conviertiéndo en verdadera la falsa concepción original.

Unas circunstancias como las actuales son claramente propicias para el desarrollo de legiones de agoreros. Por ese motivo, directivos y empleados de cualquier compañía acaban convenciéndose de la imposibilidad de sobrevivir a la crisis. De ese modo, se identifican las dificultades transitorias con una ineludible descomposición permanente de la compañía y las recurrentes crisis de liquidez con el derrumbe definitivo de la solvencia. Así, quienes deberían orientar su esfuerzo hacia la rentabilidad se rinden ante falsas evidencias.

Recurriendo a la guerra como modelo de gestión empresarial y al Medievo cómo época de referencia, podríamos decir que en lugar de defender la barbacana del castillo para contener al enemigo a la espera de poder salir a derrotarlo a campo abierto la abandonan. Se refugian adocenados a cobijo de algún templo entre llantos y lamentos. Y así, con el triste y falso consuelo de la desgracia común viven una tensa espera hasta que el hacha del verdugo del invasor acabe de un tajo con sus vidas.

En definitiva, los grupos sociales no reaccionan tan sólo ante la realidad de las situaciones sino que en muchas ocasiones, lo hacen en función de cómo perciben esa realidad y adecuan su conducta a la percepción más que a la realidad. Por ese motivo, la desaparición de muchas empresas acaba siendo fruto, más que de la situación del mercado, de comportamientos gerenciales nacidos no del análisis sino de la influencia negativa del entorno. Motivo por el cual es fundamental racionalizar la gestión y rodearse de colaboradores con espíritu crítico que no seguirán la estela, positiva o negativa del gerente, sino la que les marque una libre y consecuente responsabilidad.

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