EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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VIVIENDO ENTRE ZOMBIS


Hay demasiadas empresas – públicas y privadas – cuya vida, como la de los condenados a muerte, se reduce a contar tristemente las horas, esperando el alba fatal en que el verdugo pondrá fin a sus días. Lo hacen, rememorando esas escenas que tanto hemos visto en el cine, desde la oscuridad de la mazmorra y escuchando el repiqueteo constante de los carpinteros que levantan el cadalso en el patio del penal. Solo que para ellos, la mazmorra es el pequeño espacio que aún les queda de un mercado que les arrincona poco a poco y lo que repiquetean no son los martillos sino el timbre de la puerta por la llegada constante de reclamaciones judiciales, embargos administrativos y demandas laborales.

"El fantasma de la ópera". Ópera de Viena (Austria).

“El fantasma de la ópera”. Ópera de Viena (Austria).

Vivimos en un mercado lleno de zombis que deambulan sin rumbo y cuya actividad es similar a la de un oso que hiberna. Estas empresas se mantienen vivas porque no aceptan su muerte, porque son incapaces de afrontar que hace tiempo que llegó su hora y que no hay lugar para ellas bajo la luz del sol. Al igual que los zombis, esas figuras legendarias del vudú que tantas veces hemos visto en el cine y la televisión, transitan por el mercado como muertos resucitados. En la tradición del culto vudú, los hechiceros resucitaban a aquellos a quienes querían convertir en sus esclavos.

De ese modo, el muerto revivido que carecía de conciencia y de capacidad volitiva alguna quedaba reducido a mero instrumento de los deseos de su amo y se convertía en el brazo ejecutor de cualquiera de las indignidades que este le exigiera. Y así ocurre con miles de empresas hundidas hasta el cuello en el agujero negro de las refinanciaciones. Son negocios que han desaparecido financiera y comercialmente y que se mantienen con una cantidad mínima de financiación a precios desorbitados que les impide recuperarse a la vez que les imposibilita desaparecer. El único objetivo de este tipo de operaciones es evitar su quiebra para que la banca acreedora no tenga obligación de provisionar sus cuentas y reconocer las pérdidas generadas por su anterior política de riesgos, irresponsable y excesivamente arriesgada. Y así, las entidades financieras actúan como el perro del hortelano, ni comen ni dejan comer.

Pero más triste es aún la realidad de todas las entidades financieras que sobreviven con la respiración asistida de la ayuda pública que se diluye entre el fango de sus inversiones fallidas. La cantidad de sobreoferta generada por la burbuja inmobiliaria no se va a digerir en un par de años, ni mucho menos. Veremos – ya ha ocurrido en otras latitudes – como los bancos, propietarios últimos de infinidad de desvaríos construidos a lo largo y ancho de España tomarán la decisión de derruir muchos de ellas y reducirlos a escombros. El incremento artificial de los precios, la velocidad de generación de expectativas propia de cualquier burbuja y la intensa demanda especulativa no sólo fueron graves corresponsables de la crisis sino que provocaron además un urbanismo caótico de calles imposibles, serpenteantes y empinadas con viviendas mínimas de medidas liliputienses situadas en idílicos paisajes publicitarios generados por ordenador que la realidad convertía en secarrales difíciles de situar en un mapa convencional y dieron lugar a una construcción de muy baja calidad en la que primaba la rapidez en la entrega sobre la consistencia del resultado.

Los miles de millones públicos aportados a las entidades quebradas no han servido para reactivar el crédito, es más lo han restringido dramáticamente porque las cajas de la burbuja lo han necesitado para reequilibrar unos balances claramente descompensados que venían ocultando desde hace mucho una realidad que, en cambio, se palpaba en la calle: la de la crisis latente generada por la especulación inmobiliaria.

De ese modo, el tejido empresarial sano acaba lastrado porque la parte enferma del sistema financiero absorbe recursos públicos para alargar su agonía y estos, sumados a los que gestiona la banca sana, acaban, en un elevado porcentaje creando zombis que entorpecen, sin beneficio alguno para ellos, nuestra actividad.

La aparición de empresas zombis y su enquistamiento en el sistema está generando un claro daño a esa parte del mercado que, siguiendo la idea de Schumpeter, aboga por una destrucción creativa, una renovación del sistema económico que nos permita eliminar lo viejo, liquidar los sectores que nos han llevado a esta crisis y apostar, de una vez por todas por un nuevo modelo económico para unos ciudadanos que parecen abocados, por la ineficiencia de sus gobernantes, a seguir viviendo en un país de albañiles y camareros.

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1 comentario

  1. Misael dice:

    D. Luis,

    Estupendo post. Acabo de leer otro por ahí que dice “ICO Directo, un fracaso con un 32% de mora“, si es que los zombies no pueden volver a la vida.

    Expaña es país de zombies que se resisten a morir por peder su parte de mordida. De hecho la economía nacional vive enchufada a la máquina de repartir liquidez del banco central europeo. Cuando el estado recibe del grifo de Draghi, entonces el gobierno como una madre de zombies se dedica a repartir a sus empresas zombies.

    Hace poco leí la noticia de que en Grecia iban a echar a no sé cuantos funcionarios a cambio de una entrega de no sé cuantos miles de euros ¿ es que si no es enseñando los euros nadie hace lo que tiene que hacer ?

    A ver si un día tiene tiempo y nos explica por qué en Expaña no se han subastado las empresas zombies, ergo las cajas quebradas, en concurso público, permitiendo la entrada de bancos extranjeros, que me huele, pero que me huele fuerte, nos habría salido más barato que regalarlas y luego apoquinar dinero para imprevistos.

    Saludos

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