EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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UN PAÍS DE HIDALGOS


La revolución industrial pasó de puntillas por España. Se concentró en lugares muy concretos y se financió, básicamente, con capitales extranjeros. Las fortunas españolas provenían de la más rancia nobleza, se habían adquirido gracias a la cercanía al poder y estaban más dedicadas a mantener cotos de caza, explotaciones agrícolas ineficientes y palacios madrileños que a la creación de riqueza mediante el comercio. Aquella España decimonónica de mayorazgos y bienes en manos muertas que hubieron de desamortizar los liberales como Madoz y Mendizábal era la heredera directa de otra España, la de los Austrias que tachaba de viles los oficios y profesiones liberales y vio pasearse por sus calles y plazas una figura tan divertida en lo literario como trágica en lo económico, el hidalgo de babero. Eran miembros empobrecidos de la pequeña nobleza – los hijosdalgo – que preferían pasar hambre y mendigar algún oficio o pensión entre los poderosos de la corte antes que envilecer su linaje trabajando. Tenían la costumbre de salir a la calle y sacudirse las migajas del pecho mientras presumían de haber disfrutado una comilona aunque su triste realidad era que sólo habían desmigado un mendrugo de pan duro sobre su pecho y no habían almorzado más que una sopa aguada y cuatro picatostes.

Es lógico que una sociedad educada durante siglos en el respeto reverencial hacia la propiedad tangible, sobre todo agrícola e inmobiliaria, haya sufrido continuas burbujas, especulaciones y fraudes  inmobiliarios. En España, la sociedad se ha dividido en dos grandes grupos, los propietarios y los que no lo son; división que no equivale con exactitud a la que podríamos hacer entre ricos y pobres ya que la riqueza profesional o mercantil ni ha sido, ni es aún valorada en España. Cuando un español descuella hasta el punto de hacerse con una cierta fortuna, sólo pasa a convertirse en rico el día que adquiere una finca rústica a ser posible con suficiente extensión como para celebrar monterías. En un país en el que las clases sociales eran impermeables, cualquier profesional, comerciante, artista o torero ascendía socialmente el día en el que se erigía un palacete en el ensanche después de adquirir un cortijo de categoría.

Más tarde, ese conglomerado de intereses que fue el franquismo mostró cierta preocupación social nacida del fascismo descafeinado de la Falange y de la tradicional caridad paternalista de la Iglesia española. Así, el intenso éxodo rural iniciado a finales de los cuarenta provocó un terrible hacinamiento en las corralas y casas de vecinos, un gravísimo problema de vivienda que Nieves Conde retrató en Surcos (1951), obra imprescindible del cine español que nadie sabe como superó la censura oficial dado que plasmaba con la crudeza propia del neorrealismo italiano del que bebía directamente el autor, el estraperlo, la pobreza, la degradación moral y la desesperación de los inmigrantes que llegaban a Madrid desde el campo.

Quizás por ese motivo y por el valor que la sociedad española daba al hecho de ser propietario, el régimen basó su longevidad en la creación de una estructura pública de aseguramiento. Ya que eliminaba la libertad del catálogo de valores a los que podía aspirar un españolito de a pie se le compensaba incrementando su seguridad hasta niveles mínimos pero históricamente desconocidos, tanto en el acceso a la vivienda como en el trabajo – gracias a una regulación proteccionista y pro operario – amén de la educación o la sanidad. De ese modo, el franquismo creó un esbozo de clase media de pequeños propietarios de vivienda que dedicaban a su adquisición la renta antes utilizada en el alquiler.

Ya en los años finales de la dictadura se dieron demasiados escándalos financieros alrededor de la especulación inmobiliaria y la construcción desenfrenada en la costa siendo Sofico el más conocido de todos ellos por el volumen de lo defraudado y su repercusión social y mediática. Aún así, en aquel momento la actividad bancaria era aún pequeña y las operaciones hipotecarias no suponían un peso excesivo en el balance de las entidades y además, los problemas derivados del cambio de régimen, la crisis petrolera de 1973 y la inestabilidad económica y política, más o menos controlada del país, suponían suficientes preocupaciones añadidas.

El origen de la actual situación surgió en los noventa cuando la banca, sobre todo las Cajas de Ahorros, apostaron por un crecimiento apalancado basado en la garantía hipotecaria. Un país tan adorador del ladrillo no podía sospechar que ese activo bajara de precio y sin embargo, la historia económica nos dice que el precio de todo activo fluctúa. Así, el círculo se cerraba y con él, la tragedia. El ciudadano compraba, seguro de su inversión y se financiaba con el propio bien mirando tan sólo la cuota mensual, olvidando el plazo y el monto de pagos final. La banca, segura del negocio, hacía de socio financiero de cualquiera y cualquiera se convertía en promotor inmobiliario. Los poderes públicos, en un ejercicio de irracionalidad, populismo e idiocia alentaban la burbuja mediante deducciones y desgravaciones, recalificaciones urbanísticas y, todo hay que decirlo, corrupción. Porque en esta historia de terror no podemos olvidar el papel de los Ayuntamientos como los mayores especuladores del mercado.

Pero además, se incidía en apoyar la promoción inmobiliaria porque absorbía de modo rápido e intensivo mano de obra no cualificada que podía acabar trabajando en el sector turístico una vez finalizada la construcción en la costa. Todo ello hizo que el sector promotor-constructor creciera de modo incontrolado y acabará convirtiéndose en un tumor sobredimensionado que no nos permitía crecer en ningún otro ámbito dado que consumía con absoluta voracidad todo el crédito existente, inmovilizándolo, además a largo plazo. Largo plazo que llegó a ser casi eterno, una vez que las entidades financieras admitieron financiaciones a cincuenta años. Por tanto, las Cajas de Ahorros, que ya habían dejado de lado la prudencia, olvidaron que la diversificación de riesgos es un principio fundamental de la actividad bancaria y apostaron todo a un número como en una tétrica ruleta. Y, lógicamente, perdieron.

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1 comentario

  1. Misael dice:

    D. Luis,

    Entiendo que lo que vd. pretende es comentar la querencia patria por la propiedad y que este cariño nace de un querer y no poder, propio de hidalgos.

    Ser propietario de tu vivienda, ha sido siempre en Expaña una buena opcion. imagínese vd. llegar a los 70 años pagando alquiler y con una pobrísima pensión. Bien es cierto que al expañol medio no le ha gustado la movilidad laboral… y es lógico… todos queremos echar raices… demasiada movilidad no es buena para asentar una familia, y por ello la compra de vivienda ha sido la mejor opción, amén de que los alquileres siempre han estado en consonancia con el recibo mensual de la hipoteca.

    Para mi el caos hipotecario, también llamado burbuja del ladrillo, fue la tormenta perfecta en la Expaña de los sinvergüenzas aprovechateguis. Aprovechados los que compraban con animo de vender y obtener gran ganancia en poco tiempo y poco trabajo. Aprovechados los bancos que vieron oportunidad de hacer negocio. Aprovechados los poderes publicos que obtuvieron pingües impuestos y tasas derivados de la febril actividad ladrillera, y aprovechados los que viendo que se infringían los márgenes, coeficientes y límites bancarios callaron en su obligación inspectora.

    Y sí, le doy la razón, aunque vd. no lo ha dicho propiamente, la burbuja ladrillera era algo esperable en un país como Expaña que tiene unas creencias y valores como los que tiene, donde el trabajo es visto como una maldición y el empresario es villano esclavista al que hay que denunciar y el listo es el que consigue más trabajando menos.

    Saludos

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